EDITORIAL

Progresismo puro

Editorial » 01/12/2012

Nada parece ser suficiente para sacar a la Presidenta de la Nación y a su entorno de la burbuja de irrealidad en la que se encuentran encerrados. Ni siquiera la gigantesca marcha del 8 de noviembre, en la que alrededor de dos millones de personas se movilizaron en todo el país, para manifestarse contra la re-reelección, la inseguridad, la corrupción y la inflación. Una marcha a la que la gente acudió sin micros que la traslade, sin choripanes ni planes sociales, y sin punteros que la digitaran, donde primó el reclamo pacífico y democrático, pese al tan repetido –por el aparato mediático K- incidente con un movilero de C5N.
Sin embargo, nadie del oficialismo pareció tomar nota de lo acontecido, y desde su torre de soberbia, funcionarios y repetidores a sueldo se empeñaron en ningunear la contundente protesta.
Hasta hubo que escuchar a la Presidenta decir que los manifestantes estaban «engañados por los medios», y a un diputado de La Cámpora afirmar que la gente que concurrió al obelisco «se movía como zombies».
Del mismo modo, fue descalificado el paro nacional del 20 de noviembre, tratando de quitarle toda legitimidad al reclamo y hasta tildándolo de «poliítico», como si algún paro no lo fuera.
Dicen que el paro no hubiera sido lo que fue sin los piquetes. ¿Y qué serían los actos de Cristina sin los micros a los que suben a la gente arreándola como ganado?
El único objetivo del Gobierno, su única obsesión, es el 7D, el día en que aplicará la Ley de Medios para intentar debilitar a su otrora muy cercano y amigo grupo Clarín, pero no para «poner en regla» a las otras empresas que tampoco se ajustan a la norma, pero aparentemente gozan de un manto de impunidad por su alineación ideológica y estratégica con el discurso oficial.
La «democratización de la palabra» será así, solo una adornada metáfora de la «kirchnerización de los medios díscolos».
La Ley de Medios parece ser la piedra angular sobre la que se edificará un porvenir maravilloso. Una norma, parafraseando a Alfonsín, con la que «se come, se cura y se educa». La solución a todos los males de la Argentina.
Qué bueno sería que tanta energía, tantos recursos, tanto tiempo y tanto dinero público, fueran puestos en las cuestiones que nos preocupan a todos: volver a caminar tranquilos por la calle, tener funcionarios honestos, contar con una justicia independiente, restaurar la capacidad de ahorro, y hasta recuperar nuestra Fragata insignia.
Y también, claro está, terminar con la limosna que somete y controla, para empezar a crear verdadero trabajo, del que dignifica y libera.
Progresismo puro, en la era del «progresismo de pico».


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