ENTREVISTA

Picha de D´ Abrantes

Entrevistas » 01/07/2013

Poca gente sabe que el verdadero nombre de Picha es Amelia. Pero es así. Amelia Dorinda Flamminio de D´Abrantes es parte de la historia viva del Cruce Varela. Y también de la localidad de El Pato, donde pasó su infancia y parte de su juventud. Viuda de Antonio D´Abrantes, madre de Lilian y Walter, con seis nietos y un bisnieto –”Juanito, el sol de mis ojos”, nos dice-, esta querida comerciante, titular del popular bazar “San Cayetano”, recuerda muy especialmente a su tío Rafael Bussolo, pionero de la “López Romero”, -”venía a verme todos los días, aunque lloviera –comenta- y siempre me traía golosinas. Cuando murió se me fue un pedazo del corazón”, agrega, y a los tradicionales festejos de fin de año de su barrio, cuando “cortábamos la calle y todos los vecinos nos reuníamos a cenar y bailar hasta la madrugada, con el bandoneón de Camilo Pasquini”, amplía.

 

Con su amabilidad acostumbrada, Picha dialogó con Mi Ciudad a pocos días del comienzo del invierno y nos contó algunas de sus vivencias.

 

 

 

-Empecemos con su niñez…
 

 

-Nací el 1 de febrero de 1933, en el Cruce Varela. Mis padres trabajaban en una quinta. Papá no sabía leer ni escribir. Vino de Italia a los 15 años. En el campo hacíamos de todo. Cosechábamos los alcauciles, acelga, lechuga… Había vacas pero sólo para nuestro uso. Y cerdos. Todos los primeros de mayo matábamos cinco o seis cerdos y con eso se hacía grasa para cocinar todo el año… Y no nos enfermábamos nunca. Hacíamos la comida para los peones cuatro veces por día. Los llamábamos a comer con un hierro grande, un pedazo de vía, y un martillo, porque el campo era grande, de más de 100 hectáreas… Los lunes, martes y miércoles había puchero, y los jueves y domingos, tallarines. A la noche, arroz con pollo o cerdo… Cuando yo tenía 6 años nos mudamos a El Pato.
 

 

-¿A qué escuela fue?
 

 

-Fui un año a la Escuela 1 del centro de F. Varela, pero después, en El Pato, un vecino, Miguel Camerla, prestó un galponcito de chapa para que ahí funcionara una escuelita. Vino un maestro de La Pampa, Gabriel Guas, una muy buena persona, y daba al mismo tiempo, con un único pizarrón, primero, segundo y tercer grado. Todos los chicos del campo estábamos ahí. Hice hasta tercero, y después tuve que trabajar. Esto era todo campo, íbamos al colegio caminando por la vía, y como se nos mojaban los pies, llevábamos otro par de zapatillas para cambiarnoslas al llegar a la estación Montaraz, hoy Ingeniero Allan. Cuando el tren pasaba frente a casa saludábamos a mi mamá con un pañuelo, para que se quedara tranquila y supiera que ya nos habíamos subido.
 

 

-¿Se acuerda de quiénes eran sus compañeros?
 

 

-Sí… Juan Carlos Lacunza, Borsani, Paoli, Esther Paglia, García, D´Angelo, Clide Quiroga.
 

 

-¿A qué jugaba?
 

 

-A la rayuela, y a las bolitas con los varones. Pero los vecinos estaban lejos. Había que movilizarse en sulky. Ibamos a misa a la Estancia Pereyra Iraola, con René, la hija del casero, que nos prestaba los caballos. Ahí había una planta de peras, y nos traíamos unas cuantas que nos daban, en una bolsa. Después, teníamos la radio a batería, porque corriente eléctrica no había. Escuchábamos la novela… y papá nos llevaba una vez por mes al teatro, en Quilmes. Viajábamos en su camión, con varios vecinos, para aprovechar el viaje. Yo fui por primera vez al cine a los 14 años…
 

 

-Cuéntenos esa primera vez…
 

 

-Nos llevó un vecino, un muchacho más grande, José Jorge, que como trabajaba en “El Cóndor” paró un micro directo a Mar del Plata con una linterna, nos hizo subir a unos ocho, nueve chicos, y nos llevó al cine Pueyrredón de Avellaneda. Estábamos todos sentados, viendo una película de cowboys, y cuando apareció el tren alguien gritó ¡Cuidado!, nos asustamos... y nos levantamos de los asientos…
 

 

-¿Iba a bailar en su juventud?
 

 

-Sí, íbamos a bailar a 25 cuadras de casa, a una pista al aire libre, con piso de portland que rodeábamos con bolsas de arpillera. En cada baile, se nos gastaban las suelas de los zapatos. Venían orquestas, como la de Ernesto Porto. Y los Carnavales… Nos disfrazábamos y nos divertíamos muchísimo.
 

 

-¿Cómo conoció a su marido?
 

 

-Lo conocía de chiquito, pero no nos acordábamos. El venía a visitarme con mi tío a El Pato… Nos pusimos de novios, mi papá le dijo “en un año tienen que casarse”, y al año y tres meses, nos casamos, un 7 de abril. Después trabajé dos años en Alpargatas. Nos llevaba Juan DÁngelo, con su colectivo particular, porque no había micros. Cuando dejé Alpargatas volví a trabajar al campo un año, y más tarde empezamos a luchar en el Cruce con mi marido… El tuvo un camión de fletes, y un negocio de venta de fertilizantes. Después pusimos “San Cayetano”, que empezó como un local de venta de artículos de limpieza y librería, y solo algunas cosas esenciales de bazar. Cuando compramos los terrenos acá, mi papá nos preguntó si íbamos a criar patos, porque todo esto se inundaba… Papá era arador y cuando entraba con el arado a esta zona, los caballos quedaban con el agua al cuello.
 

 

-¿Cómo era el Cruce en esos años?
 

 

-Estaba la tienda de Gutani, el almacén de Blassi, la carnicería de Mico, la panadería de Traverso, y la fábrica de cucharitas. Entre los vecinos, los Ruggere, Farías, Vilchez, Margarita Sosa que era la única enfermera de la zona… Y mi abuelo, Bussolo, que vivía a dos cuadras.
 

 

-Nómbrenos a sus amigos…
 

 

-Clide Quiroga de Cerignale, Sara Bruzzoni, Esther Paglia, Angelita González, Juan Carlos Lacunza, los Paoli, D´Angelo…
 

 

-¿Está contenta con la vida?
 

 

Sí. Agradecida. Claro que quisiera que estuvieran conmigo mis padres y mi esposo, que fallecieron, y que mi hijo Walter y su familia, que tuvieron que irse del país por la inseguridad, pudieran seguir viniendo a comer a mi casa todos los domingos… Pero así es la vida. Además, tengo a mi hija y mis nietos y bisnieto… y a Titi y Esther, que me ayudan en el negocio, que prácticamente las tengo adoptadas desde hace décadas.
 

 

-¿Qué le diría a Dios si lo tuviera enfrente
 

-Que mande un poco de seguridad, que nos cuiden más. Nunca vi lo que se ve ahora. Y que la gente sea más honesta, como era antes.


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