ENTREVISTA

Nicola Stagliano

Entrevistas » 01/11/2014

Nicola Stagliano se emociona al relatar algunos momentos de su vida. Y algunas sensaciones retornan fuertes, como cuando nos cuenta que, a los nueve años, casi se ahoga nadando en el Mar Jónico. «Quería apoyar los pies y sentía que no estaba el piso… Tuve que empezar a nadar muy fuerte, y me asusté mucho», relata, remarcando que se le pone «la piel de gallina» cuando revive el episodio. Conocedor como pocos de cada pieza de la estructura de embarcaciones de todo tipo, en el reportaje nos inunda con detalles técnicos que delatan su saber, tan propio de los que hacen su trabajo con responsabilidad. Este respetado y querido vecino nació el 23 de mayo de 1938, en el pueblo de Chiaravalle Centrale, en Catanzaro, Calabria, desde donde cruzó el Atlántico hasta Buenos Aires, radicándose con su familia en Dock Sud, para años después llegar a Florencio Varela. Acá, se casó con Sara Luján Lozano, con quien tuvo tres hijos, Ricardo, Fernando y Gastón, y tiene dos nietos.

 

-Cuéntenos algo de su infancia…


-Éramos cinco hermanos. Mamá era ama de casa y papá era administrador de la tierra de un Barón.


-¿A qué jugaba?


-Jugaba un juego que lo llamábamos la «rayuela», con unas chapitas que se tiraban a una raya y ganaba el que más cerca quedaba. También jugaba al fútbol, íbamos a atrapar cangrejos por los ríos… Pero cuando venía el frío… Allá el invierno era muy crudo. El Día de los Muertos, el 2 de noviembre, yo acompañaba a mi tía al cementerio y las tumbas ya estaban cubiertas de nieve.


-¿Qué comían?


-Comíamos todo casero. Mamá amasaba tallarines, teníamos conejos, gallinas, hacíamos vino, chorizos, salsa de tomate y una vez por mes, el pan: 27 panes de un kilo y pico cada uno. Y no se ponía duro. Una vez al año se mataba un chancho, y se aprovechaba todo, hasta la grasa, que era blanca como la nieve y se usaba en un minestrón o en un tuco. Porque la carne se comía dos veces por semana. Salía 1500 liras el kilo, y el bacalao de Noruega valía 250 liras. Mirá qué diferencia… Y teníamos un cajón grande con los granos y legumbres repartidos en cada compartimiento.


- Vivió la Segunda Guerra Mundial…


-Sí, mi papá estuvo toda la guerra en Albania. Cuando terminó la Guerra, Italia quedó como un suelo arado, todo bombardeado, los puentes destruidos… Los ríos se cruzaban con troncos. Y no había trabajo en ningún lado. Por eso hubo una gran migración hacia Estados Unidos, Argentina y Australia. Mi abuelo se había venido a Argentina, y dejó a mi abuela embarazada en Italia. Los dos tenían un carácter fuerte, y cada uno se quedó en donde estaba. En 1947 vino mi tío a Argentina, y en 1949 vino mi papá. Yo no pude venir porque no alcanzaba la plata para mi pasaje. Papá se instaló en Dock Sud y entró a trabajar en la fábrica metalúrgica Thame, después llamó a mi mamá y mis hermanos, que vinieron. Otra hermana y yo nos quedamos en Italia con mi abuela. Al año y medio mis hermanos volvieron a Italia y en 1953, también retornaron mi mamá con mi otra hermana. Mi papá volvió a quedarse solo. La zona donde vivía era de conventillos, todo chapa y madera, muy insegura y con riesgo de incendios. Pero en 1954 volvió a traer a toda la familia para Argentina. Y ahí vine yo también.


-¿Cómo fue ese viaje?


-El barco tardó más de veinte días. Y crujía que daba miedo… Pasó por Las Palmas, Montevideo, y llegó a Buenos Aires.

-¿A dónde se fue a vivir?


-Vivíamos en la calle Billingurst 1746 de Dock Sud. Ahí había muchos talleres… Yo había aprendido el oficio de sastre, pero no me gustaba. Y acá no sabía qué iba a hacer. Y había un tallercito, de los hermanos Menghi. Un amigo de ellos tenía una concesión para bajar mercadería de los barcos. En esas maniobras se rompían algunas cosas y había que arreglarlas. Para eso contrataban al Taller. Y ahí empecé a trabajar como aprendiz. Tenía 16 años y mi labor era hacer el mate cocido, limpiar y ayudar. Éramos siete obreros. Al año me dieron el carnet de soldador eléctrico. Y empecé a progresar. El primer mes me pagaron 100 pesos. Pero el mameluco me había costado 85 pesos… Y le dí 15 a mi mamá. Me agarré una angustia… El segundo mes me dieron 140, el tercero 190, después 240, y 460… El mes siguiente, no me dieron nada… Le dije al hermano más grande que no me habían pagado, y me dijo que esperara, que no me desespere… Después el Taller empezó a reparar los camiones que traían combustible. Y a mí me pagaban además del sueldo, 50 pesos por cada grampa que arreglaba. En esa época empecé a ir a la Escuela para mejorar el castellano. Yo tenía dos años de secundario en Italia pero acá me costaba el idioma… Y compraba los diarios Democracia y Crítica para practicar.


-¿Qué pasó con el Taller?


-En 1967 Menghi se fusionó con un taller que tenía salida al Riachuelo, frente a la Isla Maciel. Y empezó a reparar barcos. El primero fue un barco de transporte de combustible. De a poco se empezó a hacer fama, por la calidad del trabajo. Y nos pedían mano de obra desde otros talleres. Ese año reparamos el barco Río Tunuyán. Y me llevaron a Puerto Belgrano. Ahí, por las mañanas estaba todo lleno de bicicletas. Y hacía un frío… No hice el servicio militar, pero fue como si lo hubiera hecho. En un mes gané 92.000 pesos, pero trabajaba sábado, domingo y feriado, de 7 a 9 de la noche, y hasta dormíamos a bordo de los barcos, para no perder tiempo. No había nada… para ver una película había que ir a la base militar Reparamos y armamos barcos, barcazas, remolcadores… El tallercito se había transformado en un astillero enorme, primero en Sudamérica, la empresa Principe Menghi y Penco. Hicimos el Bahía Paraíso, de la Armada, el remolcador El Zonda, el Livernia… el Bahía San Blas, el Canal de Beagle… Usábamos 350 toneladas de chapa por mes. Y se incrementaba el personal. Llegamos a ser 460 operarios, 12 ingenieros navales, seis dibujantes técnicos, doce capataces y doce encargados. En 1982 la empresa cerró y me mantuvieron hasta 1985.


-Siguiendo con su trabajo, le tocó reparar algunos barcos históricos…


-Sí. Cuando estuve en Puerto Belgrano yo entraba y salía como quería en áreas que eran de acceso restringido. Reparé muchos barcos, y dos de los últimos fueron el Capitán Canepa, un pesquero que se transformó en un remolcador oceanográfico, y el Almirante Irizar, que se había averiado en la Antártida. Hicimos una reparación que fue una relojería… Nos llamaron del laboratorio y nos felicitaron por la perfección del trabajo. Cuando faltaban cuatro días para terminar, me llamó el comandante, para ver cuando iba a estar listo, porque tenían que hacer un ejercicio… Era sábado, le dije que para el miércoles… Y cumplimos. Tiempo después el Irizar volvió a chocar y me volvieron a llamar. Pero esa vez no fui.


-Pero siguió trabajando…


-Sí… Después me llevaron a hacer un trabajo a Bariloche, en el Cerro Catedral. Hice trabajos para Ford, Volkswagen, General Motors, y todavía hoy hago cosas de herrería.


-¿Cuándo vino a Florencio Varela?


-En 1957, a la calle Urquiza, y más tarde nos mudamos a la calle Italia. Después vine a la calle Pedro Bourel, donde levanté esta casa prácticamente yo solo. Le compramos el terreno a Don Evaristo Rodríguez, que nos dio muchas facilidades, tanto él como su hijo Mito cuando aquel falleció. La escritura nos la hizo el escribano Pereyra, el mismo que nos casó.


-¿Quiénes fueron los primeros amigos que hizo en su nuevo pueblo?


-Marconi, el padre del muchacho que tiene la Farmacia, y su cuñado, Gino.


-¿Y como conoció a Sara?


-La conocí porque vivía acá al lado. Teníamos veintipico de años. La vi barriendo, y me gustó. Me impactaron los ojos grandes que tenía.


-¿Qué hizo? ¿Fue, y le habló?


-No, tuve que pagar el derecho de piso. Me hice amigo de los hermanos, de Hugo y José Luis. Y después, cuando vinieron los carnavales, la invité a bailar…


¿Bailaba bien?


-Y, me la rebuscaba…


-¿Tuvo que pedirle la mano a su suegro?


-Sí. El padre, Don Antonio, era un tipo fuera de serie, un pingazo. Y mi suegra también me trataba muy bien. Estuve un año sin entrar, sin ser el novio, hasta que le pedí la mano… Me dijo que si nos queríamos estaba bien. Estuvimos cuatro años de novios y nos casamos.


-¿De quién aprendió algo en su vida?


- Tuve un capataz del que aprendí mucho. Sabía todo… Se llamaba Rafael Franjabandiera. De mi viejo aprendí a podar, y de mi mamá, a cocinar.


-¿Está contento con su vida?


-Muy contento. Pero de política no quiero hablar porque me despedazo el corazón. Acá en Argentina tendría que haber un solo partido, el nacionalista, para tirar todos juntos por el país…


-¿Y la familia, que tal?


-Bien… Nadie salió revirado…


-¿Qué le diría a Dios si lo tuviera enfrente?


-Muchas gracias por todo lo que me dio.


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