ENTREVISTA

Angel Panno

Entrevistas » 01/06/2015

Angel Guillermo Panno es uno de los pioneros del barrio La Colorada, donde impulsó muchas mejoras para la zona. Nacido en Lomas de Zamora el 31 de marzo de 1925, vive en Florencio Varela desde la década del 50.

Tenía diez hermanos, pero algunos de ellos murieron muy jóvenes por causa de la tuberculosis. Está casado con Piedad Argentina Millos, quien le dio dos hijas, María del Carmen y Graciela, y tiene dos nietos y dos bisnietos. Regenteó un criadero de pollos y una granja sobre Avenida Sarmiento y Gentile, en un local que le compró a un japonés de apellido Ohara, y trabajó durante más de tres décadas en el Banco Hipotecario.
A los 90 años, se lo ve admirablemente activo. En su casa de siempre, lleva adelante una productiva quinta orgánica, y pasa horas frente a la computadora jugando al ajedrez. «En realidad, ella juega conmigo», nos dice, risueño. Además, es un destacado escritor, aunque, con humildad, advierte: «Tengo muchas inquietudes, y me animo a querer escribir. Necesito alguien que me oriente, porque no soy una persona de estudios, solo tengo sexto grado». Con él dialogamos en una fría tarde de mayo.

 

-Háblenos de su niñez… ¿Quiénes fueron sus padres?

-Mis padres se casaron en Buenos Aires en 1904, pero vinieron de Cosenza, Calabria, Italia, en 1890. El tuvo muchos trabajos, fue alambrador, pocero, estuvo en Aguas Corrientes de Lomas, y durante mucho tiempo en el Ferrocarril Sud, en los talleres de Remedios de Escalada. Cuando murió yo tenía trece años. Fue bueno conmigo, nos contaba cuentos cuando venía de su trabajo, hacía su huerta, iba al almacén a jugar a las cartas. Mamá era una luchadora.

-¿A qué jugaba?

-A los juegos propios de aquella época, como el rango y mida, el hoyo pelota, las bolitas, el barrilete… Juegos atractivos, muchos de ellos, hechos por nosotros mismos y recibidos por herencia. También me atraía el ajedrez, pero no sobresalí mucho.

-¿Se casó joven?

-Sí, nos casamos en la Catedral de Lomas, en 1948. Ella era muy jovencita cuando nos conocimos. Vivíamos en el mismo barrio. Ella tenía doce años y yo diecisiete… Un día pasó y yo estaba en la puerta de mi casa. Nos miramos y ahí fue el primer flechazo… Su padre fabricaba dulces y los sifones y gaseosas Millos.

-¿Qué nos puede decir de ella?

-Que siempre fue una mujer muy perseverante y compañera. Ahora la valoro más que nunca. Es linda físicamente y espiritualmente.

-¿Cuál fue su primer trabajo?

-Primero entré a la fábrica Merlíni, que trabajaba con rieles de ferrocarril, y después ingresé al Banco Hipotecario, en 1942. Ahí estaba en la Biblioteca, que había fundado mi hermano.

-¿Cómo decidieron mudarse a Florencio Varela?

-Allá por 1954, cuando yo todavía trabajaba en el Banco, tuvimos un impulso interior de salir al campo, sin ser personas de campo. Y se nos ocurrió instalar un criadero de aves. Para eso compramos una fracción de tierra en Florencio Varela, con un préstamo bancario. Y vinimos acá como toda una aventura. El criadero era una novedad, porque esta era una ciudad de tambos, verdura, flores y hornos de ladrillos. Yo muchas veces me preguntaba ¿dónde traje a mi familia? No había colectivos, no había luz, no había gas, ni había teléfono… Acá andábamos con sol de noche. Esto estaba alambrado con tres hilos de alambre, entraban las vacas…

-¿Criaban pollos?

-Eran pollos de doble pechuga. Y también producimos huevos, entusiasmados con una película de Cary Grant, que se llamaba «El Huevo y yo»…

-¿Cómo era «La Colorada» en esos años?

-Acá estaba la quinta de Botanelli, el almacén La Colorada, de la familia Buzzetti, al que concurrían los que trabajaban en los hornos de ladrillos… Por entonces había 150 hornos. Y ahí también se recibía la correspondencia. Algunos dicen que el almacén se llamaba así porque estaba pintado de un colorado fuerte, y otros dicen que la primera dueña fue de cabello colorado.

-¿Y cuál es la verdad?

-Y… No se sabe. Pero terminó siendo costumbre decir que se iba a «La Colorada», como también se dice «la Curva de Berraymundo» y otros lugares tradicionales de la ciudad.

-¿Quiénes más vivían en el barrio?

-Don Raúl Bacigalupo, Monroig… Y estaba la peluquería de Renato Di Corinto, la verdulería de Pepe, el tambo de Pascale, el campo y vivero de don Mario Pizzorno, donde había muchos frutales. El era representante de CLESA, la cooperativa eléctrica. El tema de la electricidad me interesaba mucho, porque acá no había mucha energía. Queríamos poner una usina… Pero no se pudo.

-Aunque después consiguió que llegue la luz… Cuéntenos sobre eso.

-En 1954 presenté una carta a la Dirección General de Energía, en Buenos Aires. La energía llegaba hasta lo que es la Escuela 3. Villa Mónica no existía, y tampoco Los Pilares. Había una gran extensión de campo que era de la familia Oldani… Se intentó traer un cablerío, pero no prosperó. Tiempo después tratamos de conseguirlo nuevamente. La obra que queríamos hacer salía un millón y medio de pesos… Así nos lo había informado el Ministro Alsogaray. Después, logramos que SEGBA nos proveyera de los cables y el herraje, y nosotros teníamos que comprar los postes y poner el trabajo. En esa época había pequeños grupos que hacían esa labor. Pedimos varios presupuestos y nos quedamos con uno. Con un préstamo se hizo frente a ese gasto. Cada propietario tenía que poner 25.000 pesos… Y así lo hicimos. Tuvimos la energía eléctrica, y yo fui uno de los últimos en tenerla, por respeto a los demás. Para que no haya malos entendidos. Y además, sobró el dinero, y con eso compramos 25 columnas de alumbrado, muchas de las cuales todavía están.

-Digamos que usted fue el impulsor principal…

-Fui solo cabeza de un clavo…Acá había mucha gente y yo llegué de otro punto, pero sin ayuda de los demás no hubiéramos podido hacer nada.

-Pero usted revolucionó bastante a la zona…

-Sí… Era un impulso heredado de mi hermano mayor, José, que estaba en cuestiones sociales.

-Y también creó la Sociedad de Fomento…

-Sí. En 1955. Un panadero llamado Cristóforo nos ofreció dos terrenos. Se hicieron reuniones, vino Pizzorno, un señor que se llamaba Arnés, Bacigalupo, Pascale, y se compraron con un subsidio que llegó del gobierno provincial. En la parte de atrás se empezó a construir un local, y en los cimientos se puso una moneda. Ahí funcionó el Jardín 912, con la maestra Graciela Cabello.

-¿Cómo fue lo de la moneda?

-Ah… Esa es una vieja costumbre, poner una moneda en los cimientos de una construcción, o debajo del mástil mayor de los barcos, para que traiga suerte.

-¿Ese Jardín llegó a funcionar en su casa?

-Cuando empezó a crecer la cantidad de alumnos y hubo que ampliar el Jardín, necesitábamos un lugar… y ofrecimos mi casa. Acá se hicieron tres aulas, y el Jardín funcionó por un tiempo acá, con más de cien alumnos. Eso fue en 1996.

-¿Como llegó el colectivo «El Halcón» al barrio?

-El Intendente era Julián Baigorri y el Secretario de la Municipalidad era Angel Basta. Fui a hablar con las autoridades de la empresa y se interesaron. Hasta ese momento acá solo entraba el Expreso Varela, al que llamábamos «El Blanquito», que era propiedad de un señor que se llamaba Malceñido. Hicimos los trámites en la Dirección de Transporte y finalmente se logró. Primero llegó hasta La Colorada, después a El Alpino, y se fue extendiendo hasta el cementerio y La Capilla.

-Angel, usted fue un visionario...

-Yo tenía mucha imaginación… Siempre creí que la Avenida Sarmiento iba a progresar… y una vez lo hablé con el Intendente Pereyra, pero no este, sino el Escribano Pereyra, a quien le dije, un día charlando en la Estación, que la Avenida Sarmiento era la columna vertebral de Florencio Varela, y que iba a ser la continuación de la Avenida 9 de Julio…

 

 

Don Angel Panno, 90 años de lucha y de trabajo. Un ejemplo de vida, que tuvo su reconocimiento con el Premio «San Juan Bautista». Un hombre de los que hicieron mucho por esta comunidad. Y dueño de un bajo perfil y una auténtica modestia que lo hacen aún más grande.


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