“Dadito” y la identidad varelense

Opinión » 01/10/2016

Cuando las cosas se compraban no en negocios sino en casas específicas, mi abuelo Salomón fundó «Dadito», una de las primeras casas de artículos de limpieza y perfumería que existió en Varela incluso antes del término «hipermercado». Dadito funcionaba literalmente como el primer hogar y fue la causa de muchas alegrías pero también la de su muerte. Nunca conocí a mi abuelo pero Dadito fue el primer contacto con lo social, con lo ajeno y lo cotidiano, ahí aprendí a caminar, a hablar, a relacionarme, aprendí a pelear y también aprendí a manejar el Mehari de mi abuela . Cada integrante familiar tenia un sector no explicito y un rol propio donde esparcirse dentro de aquellos metros cuadrados.
Cuando empecé a caminar, mi abuela me explicó por primera vez la diferencia entre un trapo de piso que hace bolitas y uno que no. Cuando cumplí cuatro años, mi mamá tuvo que explicarme el ciclo menstrual porque abría paquetes de toallitas femeninas para secarme las manos. El primer día del primario, mi papá me dejó tocar los botones del cajero del banco para depositar plata. Pero no fue sino a los ocho años cuando me egresé del posgrado en búsqueda de cambio para pasar a otra cosa un poco más seria. Un viernes de diciembre de 1998 en vísperas de la Navidad, mi mamá con la creatividad que la caracterizó siempre, terminó un disfraz del personaje del logo de Dadito. Resultó ser que a mi papá le quedaba corto de brazos, que mi abuela estaba recién operada de alguna de las 12 operaciones que tuvo y mi hermano mayor era muy torpe para usarlo. Por su parte, mi mamá tenía que estar presente el día de la celebración interviniendo desde otro lugar, así que me preguntó si me animaba. Acepté el trato a cambio de un Discman y me quedé muy corta. Recuerdo ese día como unos de los peores de mi vida. Descontando que el traje no encajaba en mi metro veinte, tuve que estar cinco horas mirando cómo la gente se reía de mí y según lo disponían o me escupían o se sacaban una foto. Por primera vez me quedé sola en la vereda. Entendí que el traje aún me quedaba grande.
Más o menos a esa edad comprendí que en Florencio Varela, los apelativos son hereditarios respecto del oficio de tus padres. Éste tipo de apodo no reemplaza al nombre sino más bien lo acompaña para darle identidad y referencia de quién sos para los que participan del diálogo o para los que están hablando de vos. Lo peculiar de la situación es que no hace referencia a tu apellido sino al oficio de tus padres. Por eso, mi personalidad la construyó Nahir «la nieta de Dadito» Haber. Primero la referencia familiar y luego el cargo. La raza mata el oficio o se lo suma, es decir, los tanos, los japoneses, los gallegos están antes que su oficio, menos los de origen chino que damos por sentado que son propietarios de un supermercado.

Mi papá por ejemplo, que también heredó el linaje, era el hijo de Dadito que jugaba de chico con el hijo de López (Lopecito) el bicicletero y se mandaba cagadas con el contador Lucio Angrisani (fundador). Para ser fundador del acoplado al nombre, tenés que hacer suficiente mérito para que te reconozcan individualmente. Mi hermano Lucas, se divertía con los japoneses Arasaki, jugaba al rugby con el hijo del entrenador Zapata y a veces se peleaba con los Campostrini hijos del Supercam. Yo en cambio, tomaba helados con la hija del veterinario Lépore, jugaba con las hijas de la calle Mitre, la de Azul, la hija del de la lotería, la nieta de los tanos Loisotto de Mitre (porque hay un montón pero estos eran los de Mitre) y la hija de la casa de deportes. Dos veces por semana iba a nadar con los hijos de Baldino, el mecánico de bigote y cuando salía a veces le rompía las muñecas al hijo del de la disquería Pagano. Un poco más grande, empecé a jugar al hockey con las hijas del contador Campanella y con la hija de Chiche el padre de la F100 y me hice archienemiga del hijo del Dr Oviedo. A veces desde la inconsciencia y a veces consciente, para dar prestigio o denigrar, para excluir o integrar, para identificar o rotular, somos hijos del sudor del trabajo de otro.
No importa la zona en la que vivas, si el abogado pegó algún curro o si el carpintero ahora tiene una empresa constructora: mientras haya varelenses vivos, nunca tu identidad es mérito propio en totalidad. Habrá que ver cómo cada uno se apropia de lo impropio de ésta cláusula, que no está en ninguna partida de nacimiento y que es lo más propio que tenemos.
Algún día de septiembre de 2001 cerró el Dadito para siempre por los motivos político económicos que lloró nuestro país y que ya todos conocemos. Mucho tiempo me pregunté por qué mierda me siguen diciendo la nieta de Dadito habiendo cerrado hace ya tantos años, más allá del esfuerzo por ser lo que quiero.
Ahora, que pasaron algunos comercios más por Mitre, que ya mi abuela vendió el Mehari y el cartel del Dadito, ahora que lo único que me quedan son las cicatrices de abrirme las rodillas jugando salvajemente en la vereda, el traje de Dadito se hizo carne.

 

A mis abuelos con amor.

 


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