EDITORIAL

Educados o esclavos

Editorial » 01/11/2016

La reciente oposición de algunos docentes a la evaluación realizada a miles de estudiantes no es más que otra expresión de impotencia ante la mediocridad generalizada que invade varios ámbitos de nuestro país.
Luego de años de mentiras en todos los índices, buscando convencernos de que vivíamos en Disneylandia, a través de este examen se intenta ahora establecer cual es el auténtico nivel de la Educación en la Argentina. Los que deberían estar en la primera fila, defendiendo la excelencia y buscando el mejoramiento de sus alumnos, están una vez más poniendo obstáculos, asumiendo de algún modo que ese parece ser su único objetivo: usar a los chicos para hacer política barata. Para «hacer oposición», para «resistir».
Alguien nos hizo creer hace mucho tiempo que Argentina era el país más rico del mundo. Ese convencimiento, fomentado por los manuales de estudio que nos bajaban línea en nuestra época de guardapolvos blancos, nos llevó a la equivocada conclusión de que de algún modo, todo nos tendría que llegar por designio divino, como el maná del Cielo, sin esfuerzo alguno. Sin trabajo. Y también, sin estudio. Las políticas aplicadas durante la última década persistieron en ese camino, a través del cual el Estado debe proveer aún a los que no se esfuerzan por merecerlo. El asistencialismo desplazó a la meritocracia, y todos se creyeron con iguales derechos, sin poner el mismo empeño en cumplir con sus obligaciones. ¿Para qué sirve trabajar si igual el Estado tiene que mantenerme? ¿Para qué voy a estudiar si puedo vivir con un plan asistencial?
La Argentina vio degradarse progresivamente su nivel educativo durante las últimas décadas. Los resultados de la evaluación internacional PISA, que se vinieron haciendo sin tanta bulla por parte de ciertos ahora escandalizados gremios docentes, determinaron que estamos muy lejos de los mejores del mundo.
Las escuelas del Gran Buenos Aires y de otros lugares del país siguen siendo principalmente, un lugar donde los chicos van a comer la que muchas veces es su única comida del día. La existencia de los comedores escolares es una vergüenza para un país con tamañas posibilidades de producción de alimentos. Miles de alumnos mal alimentados difícilmente podrán entender lo que estudian, comprender o sumar conocimientos. Pero esta realidad es ocultada hasta por muchas de las comunidades educativas que la padecen.
Acostumbrarse a la mediocridad es resignarse a un futuro vacío. Aceptar que los chicos tengan que ir a comer a las escuelas, en la Argentina del tercer milenio, que muchos vaticinaban «potencia», es lamentable. Parece mentira tener que decirlo: los chicos tienen que comer en sus casas, con sus familias, con padres que tengan un trabajo digno, creciendo en la cultura del esfuerzo, sanos y tranquilos para poder aprender, progresar, y llegar a algo en sus vidas. Lo otro es más de lo mismo: mantenerlos como eternos esclavos de un sistema perverso que necesita que haya cada vez más pobreza para retener su Poder.
No hay que tenerle miedo a los exámenes y las exigencias. Sólo los desafíos nos pueden ayudar a recomponer ese país que tantas veces amagamos llegar a ser.
Argentina se hizo con millones de inmigrantes que nunca se sentaron a esperar que el maná les cayera del Cielo. Tal vez sea hora de que su ejemplo de siembra y cosecha sea puesto en práctica.


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