Ñuma de Martell

Entrevistas » 01/12/2016

Estamos en Traslasierra, Córdoba. Sonriente y bien dispuesta, con un colorido mantel desplegado, amigable siempre y de buen humor, ella se prepara para la entrevista. Es una soleada tarde cordobesa. El mate y unos pastelitos en el centro de la mesa nos aguardan. Los pastelitos son de Doña Pepita, la premiada en la feria artesanal de Mina Clavero.

«Yo nací en Rivadavia y 25 de Mayo de Florencio Varela. En esa esquina, después vinieron los Fava...». Así Norma Martell, bien conocida como Ñuma, a charlar con Mi Ciudad.

-Me encanta el empedrado, nunca quisimos que la asfaltaran. Con Lita Genoud y su marido escribimos cartas y cartas para preservar la calle 25 de Mayo. Era nuestra calle principal, la que iba a la Plaza y a la Iglesia. Todos firmábamos para que no se asfaltara y lo conseguimos. El ruido y el tránsito iban a cambiarlo todo y no queríamos.


-¿En qué año nació, Ñuma?


-Yo nací el 3 de mayo de 1931 y años más tarde fuimos a la última casa que tuve, en 25 de Mayo 252. 74 años viví en esa casa y después nos vinimos para acá, para San Lorenzo; ahora tengo 85...


-¿Cómo estaba compuesta su familia?


-Por mi papá, mi mamá, los abuelos.. Mi abuela vivía en el campo, en La Capilla y se vino para esa casa con sus tres hijos, entre ellos, mi mamá que tenía doce años. Mi abuelo era mayordomo de unos ingleses en la Estancia de La Capilla y se llamaba Vicente Issuribehere, aunque le decían Juan. Esos son los abuelos por parte de mi mamá. Y por parte de mi papá (Martell), el abuelo Gabriel era canario y mi abuela Manuela Díaz, descendiente de los Matacos. Mis hermanos eran: Gabriel, Poqui, así lo llamaban y Raquel, Queca. Poqui trabajó en el Banco Provincia y mi hermana trabajó en F.I.F.A. y allí se jubiló. Yo también trabajé en la fábrica y fueron los años más felices de mi juventud. También trabajé en el estudio contable de Policicchio.


-Ñuma le confieso que envidio su memoria y por eso le pido historias de Varela...


-Quiero aclarar una cosa, no me acuerdo quién -en las entrevistas de Mi Ciudad- recordó el primer ascensor de Varela. Y puedo asegurar que ése no lo fue. El primer ascensor de Varela estaba en La Estancia donde nació mi mamá, donde mi abuelo «Juan», el abuelo vasco, era mayordomo de los Robinson, los ingleses. Ángel Demattei subía a «la Patrona» (porque era «la Patrona») en ascensor a las habitaciones de arriba... y cómo funcionaba, con una rueda que se accionaba manualmente con una manija. Sé eso porque una vez mi tío, el nacido en La Estancia y después de muchos años, quiso volver para ver la casa y yo también fui, de curiosa nomás. Estaba el hueco del ascensor, la casa cambiada, con otros dueños por supuesto. Y me contó cómo funcionaba. Ese fue el primer ascensor de Florencio Varela. Estamos hablando de los años veinte, mi mamá había nacido en el año 1905.

-¿Cuál fue su escuela?


-Hermosa Escuela, la de Hermanas. El Sagrado Corazón. Desde los cinco años hasta los trece. Hice el Jardín porque mis hermanos iban y yo quería ir. La Hermana Loyola me metió un día y no salí más. Ella fue mi Maestra preferida. Algunos de mis compañeritos fueron Sarita Jarvis, Nino Spagnol, Clemente Sbarbatti. La enseñanza era muy buena. Los sábados íbamos a «Urbanidad», así se llamaba la materia. A la tarde íbamos a Labores con la Hermana Purgeria. Me quiero acordar de otra chica... Herminia Balmaceda, una chica divina. Y Gloria, y otra era Álvarez, creo que de nombre Ramona. Después, de jovencita, trabajamos como modistas, Queca y yo, nos quedábamos hasta las cuatro de la mañana cosiendo, teníamos catorce, quince años. Estamos hablando de los años 40 y 50.


-¿A qué jugaba en su niñez?


-Ah.-Sonríe- Jugábamos a las figuritas, al tatetí, a las bolitas; teníamos una canchita en la vereda. Durante el verano era el Carnaval, con baldazos de novela. Los carnavales en Varela eran hermosos. El corso se hacía en la Calle Monteagudo, después en la Av San Martín. La infancia la pasamos con vecinos como Coco Bruno, los Merighi, los Villa Abrille, la gorda Ana María y Beatriz. A Ana María le decíamos la gorda sin ser gorda. La Negrita Gabia que murió hace poco... Después, de más grandes íbamos a los bailes en el campo. Se bailaban chacareras. Más adelante, íbamos al Club Zeballos, y venían las orquestas de D´Arienzo, Castillo, De Angelis al Club Defensa. Todas las chicas iban con las madres, nunca solas como ahora. Los muchachos, del otro lado cabeceaban y las madres ahí sentadas mirando. (ríe)


-¿Cómo fueron sus trabajos?


- Trabajé catorce años. Ibamos contentos a ese trabajo, no te miento, desde las seis de la mañana hasta las tres de la tarde. Y en época de verano, cuando se necesitaban los rollitos para las fotos, trabajábamos hasta los fines de semana. Los jefes que tuvimos eran muy buenos y eso también hacía que nos sintiéramos bien. Había un gran comedor para todos... Más adelante, en el 82 empecé a trabajar con Policicchio, el estudio contable. Allí tenía unos compañeros bárbaros también, Mary Haye, Horacio, Rodolfo Moreno, Marta Quint y Rubén Policicchio, el hijo de Horacio.


-¿A qué se dedicaban sus padres?


-Mi padre trabajó en el Instituto Biológico y como mozo. Mi mamá era ama de casa. A tres años de jubilarse, mi papá salió para el almacén de Pablo Armanini donde jugaban a la paleta (él miraba, no jugaba) todo bien vestido, con traje con moñito y sombrero, sin una pelusita, un primero de septiembre del 55 y volvió en un cajón. Lo trajeron a las once de la noche, había muerto del corazón, tenía 58 años. No fumaba ni tomaba, tomaba leche con la comida. Ese fue el primer golpe brutal que me dio la vida. Y fueron muchos cachetazos. Mi mamá murió de una enfermedad larga cinco años después. La muerte de mi hermana y dos días después la de Andresito, mi nieto en febrero del 2003, fueron golpes muy duros. En 2005 nos vinimos para Traslasierra con un emprendimiento turístico.


-¿Qué le enseñaron sus padres?


-Mi papá era muy pobre y aprendió valores que ahora faltan. Él hizo de madre y padre a la vez y la mejor enseñanza la recibí de él, fue un modelo para nosotros. Tan trabajador. Nos decía cosas sencillas como «siempre que caminen por una vereda, el lado de la pared es para la gente mayor, no se olviden». Él, con su tercer grado, les enseñaba muchas cosas a los doctores químicos que venían al Instituto. Ellos sabían con los libros pero mi papá sabía porque estaba cerca de los experimentos del laboratorio.


-¿Qué negocios había en F. Varela?


-Las Tiendas «El Morenito», «Gutani» y «Las Locuras» en Sallarés, que atendían Elizabeth Unamuno y Pucho Morbelli. Mi almacén era «Angarola», queridos e inolvidables vecinos los Angarola. De la Tienda de los Bengochea, me acuerdo también. «Cukilín», el Cotillón adonde compraba «todo» para mis tortas, de los Souto, en Av. San Martín, al lado de la Panadería. Ahh… Saludos a las chicas de la Panadería San Martín, Nélida y Mary.


-Cuéntenos sobre su casamiento…


-A Andrés lo conocí en el 54 porque Poqui, mi hermano, lo trajo y nos casamos en el 56. El nombre completo era Andrés Juan Niedojadlo, era polaco y marino, trabajaba como electricista en los barcos. El 6 de julio del 59 nació Claudio, nuestro hijo, que vive acá en San Lorenzo. Otro cambio que viví fue la llegada de los extranjeros, los italianos, entre ellos los Nespeca, los belgas y los vascos. Cuando llegaron los Unamuno, allá por el cincuenta, todas las chicas estábamos embobadas, eran unos «más lindos que otros», cantaban y eran muchos. (vuelve a reír con ganas). El que usaba boina era Ignacio. Cantaban hermoso en la iglesia. Varela se alborotó con esas llegadas. Pero yo te quiero hablar de lo que quedó en Varela, mis vecinos, mi barrio, mis recuerdos...De esa época debería nombrar a Cacho Rey y a mi amiga Chichí, una de las mejores. Mi prima Piru, como una hermana para mí, decía: «La mejor cuadra de Varela es la 25 de Mayo, el mejor barrio es el de la 25 de Mayo...», así decía. Y los quiero recordar, Lita, la mamá de Luis Genoud, era una amiga extraordinaria. Cacho Suárez… Saludos para ellos. Adelina Angarola, ¿cómo no nombrarla? Para mí fueron tan importantes. La familia Collazzo, Beba y Julio Corbella, vecinos bárbaros. Mirta Sosaya de Supercam, Jorge Ghio y Nelly que vienen todos los años a visitarnos. Negrita y el Negro Noziglia. Jesús Unamuno es mi consuegro y gracias a él tengo el Diario Mi Ciudad que me trae todas las noticias desde allá. Eso es lo que extraño de mi barrio, los vecinos, las amigas y los sábados de tejidos, mates y charlas con Lita, Nati Zanollo y tantas. Y no me quiero olvidar de Dolly Fernández de Mingote, a «La Negra», Celia Martel de Castelaro, a Gladys Borsani y a Teresa Gangoitti. Para mí Varela fue mi vida, siempre me gustó y la extraño. Uno hace su vida en otro lado pero los recuerdos quedan. Acá tengo a mis nietos, Ana y Lucio. Pero Varela sigue siendo mi lugar entrañable. Los cambios me los perdí -ríe- el paso a nivel, la peatonal y todas las confiterías que abrieron.


-La llevo otra vez al pasado, ¿quién era el médico que iba a los domicilios?


-El Doctor Sallarés iba a las casas, donde lo llamaran. Y más adelante el Dr Mandirola que atendió a mi papá. El Dr. Castellanos era amigo de la familia, muy querido.


-Usted cocina muy bien, ¿de quién aprendió?


-Le debo eso a mi abuela. Se levantaba bien temprano para hacer dulces de frutas, a las cuatro empezaba, se ponía un delantal blanco y pulcro, tomaba una enorme olla, un brasero y un palo. Se educó con los ingleses, había quedado sin mamá cuando tenía nueve años y se crió en el campo, en la Estancia. Toda la cocina la aprendí de ella, todo lo aprendí de ella. Después vino a Varela y se compró la casa. Se separó de mi abuelo y más adelante puso una fonda en Monteagudo y Boccuzzi frente al Banco Provincia, era un Café pero le decían «La Fonda». Decía, por ejemplo: «Hoy viene el Juez de La Plata, tengo que hacerle ravioles caseros...» Cocinaba para vender ahí, con Ángel Demattei con el que fue pareja, quien tenía el Café.


-¿Qué hace actualmente en San Lorenzo?


-Tenemos un grupo, Las Chicas del Rosario en la Capilla todos los jueves. Día de mates, rezos y rifas. Con los beneficios compramos regalos para los chicos. Tenemos el Grupo bíblico también, cerca de Mina Clavero. Ahí nos reunimos cada quince días, rezamos, leemos el Evangelio… Soy muy devota del Cura Brochero.


-¿Nos cuenta su receta para vivir bien?


-Soy «amiguera», me gusta lo social, recibir gente y que se sientan bien en mi casa. Hacer buñuelos y mates. Siempre me gustó estar entre la gente, no quiero estar sola, no me gusta la soledad. Te cuento, si me iba a hacer los mandados no tardaba media hora, tardaba una hora o más porque me quedaba charlando con todo el mundo.
Y antes de que me preguntes, te digo: Si Dios me viene a buscar le voy a pedir cinco minutos más. Porque me gusta demasiado la vida. A pesar de la ausencia de mis seres queridos, estoy agradecida por la vida que tuve y que tengo. Estoy con mi familia, vivimos bien y no me falta nada. Acá ya hice otra vida, no me quedé ni deprimida ni añorando, me adapté y me hice amigas. Vamos al Casino y tomamos cerveza en la plaza durante el verano. Me gusta ir al Casino. Con Elvira de Espinoza, cuando viene con su familia, nos vamos al Casino de Mina Clavero. Mi consuegro, Jesús, es un compañero de charlas también y lo agradezco.
A Dios le pediría entonces, cinco minutos más porque a mí me gusta mucho la Vida. A pesar de todo lo que lloré, a mí me gusta la vida. Cerralo así. Gracias.

Y me da un abrazo.


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