EL OTRO VOS

Donde guardar las cosas importantes

Edición Impresa » 01/02/2017

Desde que tengo uso de razón, cada vez que tuve la posibilidad de ponerle orden a algo no lo hice, o lo hice a mi manera como me gusta presentarlo ante el absurdo colectivo. Cuando era chica, mi mamá me enseñó que las “cosas importantes” se guardan en un cajón aparte del escritorio para que no se mezclen con las “cosas que usamos más seguido”. Dentro del cajón de cosas importantes entraban los DNI de la familia, algún certificado importante, los títulos de mis papás y papeles importantes del negocio o de algún vehículo. La plata por ejemplo, nunca se guarda en estos cajones porque es moneda de cambio, se gasta, no vale. De vez en cuando, también se podía encontrar algún boletín del colegio de alguno de mis hermanos, en especial los de Lucas que eran vilmente utilizados por mis padres para competir ante otros más embusteros que ellos, esos que eran para encuadrar.
En mi casa, mis padres tenían un cajón de cosas importantes que estaba en la parte baja de su mesita de luz. Nosotros los hijos, no podíamos tener cajón propio, entonces teníamos uno compartido hasta que cumplimos 18 y ya no había más boletines para hacer roncha. Mágicamente, cada vez que mis padres me decían que algo “es muy importante, no lo pierdas” intentaba guardarlo en un sitio especial para no fallar. Pero casi siempre era inútil, resultaba que era tan buena encontrando sitios particulares para guardar que ni siquiera yo podía recordarlos.
Cuando tenía 12 años le escribí una carta a Matías, un nene canchero que lideraba todas las conversaciones de adultos porque era dos años más grande que yo. Accidentalmente, en vez de guardar la carta en el cajón de las bombachas, la guardé en la póliza del auto de mi papá. La carta nunca apareció hasta que Jorge la encontró en su mesita de luz, el lugar donde él guarda sus cosas importantes. Ese día morí. Me dijo, “encontré una carta” con un esbozo de sonrisa en su rostro. Resucité cuando me dejó de gustar Matías. Ya tenía más de 18 años y él ya no formaba parte de mis cosas importantes.
Siempre pensé que Florencio Varela, es de alguna manera un cajón de cosas importantes de las vidas de las personas que pasaron por esta ciudad y que fueron emigrando con el resto de la población joven. Casi se podría decir, que las casas que quedan en Varela pertenecientes a papás o a abuelos, son depósitos gigantes de cuadernos de primaria, álbumes de fotos y filmaciones jamás vistas. Las casas en Varela son almacenes de vida de los extraños, no por raros sino porque se extrañan. Los patios están llenos de información importante que se guarda en cada uva verde de la parra seca que almacena más datos que cualquier dispositivo USB y resiste el formateo de cada invierno.
Si hay algo que aprendimos a hacer bien los varelenses, es a olvidar donde encontrar nuestra información mientras el tiempo hace que desconozcamos todas las cosas que realmente son importantes. Así como olvidé los boletines, a Matías y a tantas cosas más, me pregunto por qué subestimamos el poder de la información de una uva verde en una parra seca, por qué somos tan malos buscando y tan buenos guardando, olvidando. Si Florencio Varela es un cajón de cosas importantes de la vida de cada uno, entonces deberíamos saber al menos por dónde empezar a buscar.


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