ENTREVISTA

Eduardo Moreno

Entrevistas » 01/03/2017

Nacido el 19 de diciembre de 1943 en el barrio de Mataderos, en Capital, a la vieja usanza, con una partera y en la casa de su abuela materna, Eduardo Moreno pasa hoy sus días entre Florencio Varela y Mar del Plata, al lado de su esposa y compañera de siempre, Edith Pizzorno. Creó la empresa «Credivarela» y estuvo al frente de la popular Tienda «El Morenito», fundada por su padre, don José, durante décadas. Su actividad comunitaria es amplia: colaboró en varias entidades locales, algunas de ellas, como la Sociedad Civil «Mi Pueblo», desde su fundación. Con su mujer también comparte el ámbito de «Encuentro Matrimonial», a través del cual, y dentro de la Iglesia Católica, dan charlas prenupciales a quienes planean unirse ante Dios. Agradecido y feliz, menciona con cariño a su ahijado, el joven sacerdote Lucas Smiriglia, quien en la actualidad está estudiando en Roma. Con él dialogamos una lluviosa tarde de febrero.

-Hablanos de tus padres…


-Mis cuatro abuelos descienden de árabes libaneses de Beirut. Mi mamá era de una familia medianamente acomodada, pero mi papá la remaba bastante…Ella tenía cuatro hermanos e iban a bailar a los clubes libaneses. Una vez, fue al Club Libanés de Quilmes y ahí se conoció con mi papá. Y así empezó todo… El era de Rauch y tenía diez hermanos. En la década del 30 mi abuelo no podía levantar la hipoteca de su casa y papá cuando era muy chico vino a trabajar a una tienda de Once, a una tienda mayorista que estaba en Avenida Corrientes. Ahí conoció a Abdala Gutani, que compraba en ese lugar y le ofreció venir a trabajar por un sueldo mejor con él a su negocio de Varela. Acá vino, y trabajó por un tiempo, hasta que vio que se alquilaba la esquina donde hoy está «Los Angelitos». Habló con el dueño, que se llamaba Grosso, y abrió ahí la Tienda «El Morenito», el 15 de noviembre de 1937. Sus hermanos tuvieron tiendas con el mismo nombre. Llegaron a ser nueve… Todas independientes, pero las compras las hacían al por mayor, así les salía más barato. La Tienda de mi viejo fue la primera que abrió y la última en cerrarse.

 

-¿Qué recordás de tu infancia?

 

-Me habían regalado un remo ciclo, y con eso me movía por toda la manzana. Cuando me buscaban, había que ver donde estaba estacionado el remo ciclo. Seguro que estaba con algún vecino. Es que en esa época la vecindad era una familia… Yo pasaba por la frutería de Risso, y doña Julia siempre me daba una uva, una pera… Todo era así.

 

-¿Cómo era aquella manzana de tus juegos? ¿Te animás a recorrerla de nuevo con la memoria?a

 

-En la esquina estábamos nosotros. Al lado había una familia Torrecillas, después vino Enrique Romero, un zaguán, la frutería y la casa de los padres de Taco Calvi, después la familia Gagliolo, la cochería Scrocchi, lo de Wasghington, un baldío, la zapatería y la compostura de zapatos de Pedro Vecchio, una casa de fotos, la oficina de Alfredo Scrocchi, y una agencia de NCU Prince, unos autos que vendía Bracuto. Al lado estaba La Giovanna, una hermosa casaquinta con cascadas donde vivían tres mujeres solteronas, donde años después estuvo Callot y ahora está Tarjeta Naranja, en la esquina la carnicería de Miaca, del otro lado el Hospital Boccuzzi, al lado la Colorada… Después estaba la esposa de Benito Sáenz, que enseñaba piano, una peluquería, y lo de Hasen Gutani. Y un terreno que llegaba hasta la Patriótica. Pegado a La Patriótica, la librería de Villano, y en la esquina nosotros.

 

-¿Quiénes eran tus compañeros de juegos?

 

-Ernestito Scrocchi, los chicos de la Escuela 11, Freddy Calvi, Néstor Guimerá, Hugo Morbelli, Julio Alas, Susana Comerón..

 

-¿Jugaban a la pelota?

 

-Sí. En el parque de enfrente que ahora se llama Luis Calegari estaba el bar del padre de Tito Belmonte. Y atrás teníamos la canchita de fútbol, donde jugábamos todos los chicos del barrio y también los lustrabotas, que eran muchos. Y la canchita de bolitas, que nadie pisaba, ni cuando llovía. Era intocable.

 

-¿Trabajabas en la tienda?

 

-Aprendí a contar acomodando los jabones, porque no sólo vendíamos ropa… Todavía tengo un tarro de talco de aquella época. Y vendíamos zapatos marca Mérito, que mi viejo me hacía acomodar por número.

 

-¿Te daban algunas monedas por ayudar?

 

-No… ¡Que me iba a dar monedas…! A lo sumo me daba algún coscorrón cuando me equivocaba…

 

-¿Vivían en el negocio?

 

-Al principio sí. Y supongo que a mí me gestaron adentro del negocio. Donde estaba la tienda también estaba el dormitorio, la cocina y el baño…

 

-¿Te iniciaron en la comida árabe?

 

-Mi abuela materna, María Name, hacía keppe, crudo y cocido, y la hoja de parra…

 

-¿Cómo se prepara la hoja de parra?

 

-Se la tiernizaba con una pasada en agua caliente y se envolvía con arroz y carne picada, se ponía carne en la parte de debajo de la olla y se acomodaba lo otro alrededor, se le agregaba agua o un caldo, se tapaba y encima se le colocaba una pesa.. Y eso se cocinaba… Edith todavía hace esta comida a veces.

 

-¿Cómo los carnavales de aquellos tiempos?

 

-Hermosos. Se hacían en la calle Monteagudo, que estaba llena de plantas de tilos. En el medio de Monteagudo y Vázquez había una farola. Como Vázquez era mano y Monteagudo se daba la vuelta en esa esquina y se volvía. Pocho López y otros armaban carros con rulemanes y los tiraban con bicicletas… Todos nos disfrazábamos y divertíamos mucho.

 

-¿El de la Tienda fue tu primer trabajo?

 

-No. Mi primer trabajo fue de celador cuando se inauguró el colegio San Juan Bautista. Estuve tres años ahí, mientras estudiaba en la Facultad. Tenía dadas algunas materias de Farmacia, pero no era muy bueno para estudiar y decidí dejar. Pasé a dedicarme al negocio, algo que hacía cuando mis padres se iban de vacaciones.

 

-¿Tu papá te enseñó como tratar a los clientes?

 

-No… Lo llevás en la sangre. Los genes están. ¿O no?

 

-¿Cómo era don José?

 

-Papá era tremendamente afectuoso. Sabía que con mi hermano Roberto le afanábamos el auto, aunque no nos decía nada. Una vez, cuando yo tenía 18 años, le choqué un Chevrolet 400 nuevo que tenía contra una planta… Y el auto no sirvió más. El seguro pagó y con la diferencia, papá compró un auto nuevo porque ese fin de semana quería irse a Mar del Plata. El viernes llegó el auto, yo estaba todavía con un parche en la cabeza y me dijo «llegó el auto. Andá a buscarlo. Y que no se te cruce ninguna planta». Se lo traje a la puerta del negocio. Y me dijo «andá a guardarlo». Ese sábado andábamos con mis amigos muy preocupados porque era el cumpleaños de Edith, que vivía en el campo, en avenida Pisani, y no teníamos cómo ir, porque no había colectivos ni nada. El viejo se dio cuenta y me dijo: «andate en el auto». Era el 0 Kilómetro, que solo tenía un día… Ese voto de confianza me sirvió y comprometió para toda mi vida. Así era mi viejo, mi mamá era mucho más severa. Menos mal…

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