Las fiestas varelenses de 15

Edición Impresa » 01/03/2017

Cuando todos andábamos en bicis playeras y no estaba de moda hacer dieta, en Varela las habitaciones de los adolescentes estaban llenas de posters de cantantes pop con ombligos destapados y se usaba festejar cumpleaños de 15. Somos de la generación que deriva de la concepción de cumpleaños de 15 de nuestros padres, esa que entiende esta celebración como el paso de niña a mujer, a otra más moderna, donde la hija arma listas de cumpleaños por whatsapp.
Cuando la tecnología no estaba al servicio del amor, nosotros los que no festejamos, teníamos que pelear para que nos inviten a aquellos mega eventos del año y a las demás fiestas seculares donde podía pasar nada o podía pasar de todo. Los preparativos para la fiesta empezaban uno o dos años antes según la intensidad y la mesura que cada padre le ponga a sus hijas, junto con el trabajo de esforzarse para asistir a todos los que pudieras. Las que hacían fiesta de 15 tenían doble trabajo. Por un lado tenían que pensar en la propia como superadora de tantas otras más, en cuanto a creatividad, lujo, sencillez, fiesta, descontrol o buen catering. Por otro, tenían un arma de doble filo porque si no las invitaban a su fiesta, ellas podrían no invitarte a la suya. Es por estos años, donde empieza a funcionar el engranaje del estrés.
El cumpleaños de 15 como bien de cambio, era la droga más potente por esos tiempos. Mucho más que el cigarrillo, los tatuajes, el alcohol y cualquier canción de los BackStreet Boys, actualmente comparada con la ansiedad por recibir corazones de aceptaciones en Instagram. Conozco gente que llegó a niveles insospechados para tener presencia. Por ejemplo, entregar un hermano «buen mozo» era equivalente a una de las 15 velas personalizadas (eso quiere decir que eras unas de las 15 más importantes de su vida); si ayudabas en un examen o lo hacías por completo podías elegir mesa con sus integrantes. Solía suceder que si tu cumpleaños de 15 se aproximaba, probablemente la gente en el recreo te devolvía más sonrisas de las comúnmente recibidas, tus compañeros te devolvían los útiles que utilizaban y copiaban tu tarea del pizarrón por vos. El trabajo empezaba en marzo y finalizaba durante la semana del cumpleaños.
Entre septiembre y diciembre era la temporada alta de cumpleaños de 15, con lo cual entre las calles Mitre y Monteagudo mas o menos en marzo (junto al comienzo de clases), se abría un almanaque invisible donde las cumpleañeras colgaban su fecha para que no se pisara con otras listas de invitados similares.
Llegada la fecha, según el abanico de cumpleaños que tuvieras, se evaluaba la vara de popularidad que conseguías, algo así como sumar «me gusta» en Facebook. Conozco casos que tenían cumpleaños viernes, sábados y domingos. Eran como una estrella de cumbia con tres puntos por noche.
La fiesta la definía la creatividad de la entrada, el vestido de la cumpleañera y los invitados. Para la entrada se usaba el máximo aproximado a una novia que encontraras. El vestido merengue, el coche antiguo o el moño rosa gigante dividido en cuatro, todo reunido en una foto con cara de virgen aniñada. Podía pasar que en la entrada explote un cartel con tu nombre o toque una banda de cumbia. Los hombres haciendo fila descolgando el saco de la silla para bailar el vals con cara de resignación, la corbateada en la frente, el tajo en las primeras minifaldas y el tío borracho con la camisa mojada, son piezas que no podían faltar, así como Tony (Campostrini) y Alejandra (Viña) bailando tango. El éxito de tu cumpleaños se media en cuantas semanas posteriores se hablaba sobre eso.
Si conseguías algunas presencias hologramadas, podías llenar el álbum de fotos de la fiesta para hoy rememorar cuánto pelo tenían o qué tan delgados eran.
Los cumpleaños de 15 tenían esa cosa especial, irrepetible, virgen, ingenua y pura que hacia de estas tipificaciones de realidad, momentos que pensamos para toda la vida.
El derecho a perseguir la felicidad muchas veces sesgado por diferenciaciones materiales dentro de las aulas de la escuela, podía ser el momento más feliz de nuestras vidas o el más difícil aunque jamás ingenuos.
Las fiestas de cumpleaños de 15, un capital devaluado en la actualidad que pierde adeptos frente a la resignación monetaria frente a la inflación y a aquellas familias afortunadas que resuelven expeditivamente con un viaje, no son nada sin todos nosotros sufriendo la ansiedad por llevar una petaca con whisky de nuestros padres y a la particular sensación de darte tu primer beso con lengua.
Ahí mientras nos ocupábamos de empeñar la apariencia, estábamos decidiendo qué atesorar y con quiénes. No nos dábamos cuenta que a veces las cosas más memorables ocurren en lugares inesperados.


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