ENTREVISTA

Rodolfo Moreno

Entrevistas » 01/08/2017

A los 87 años, Rodolfo Roberto Moreno sigue con ganas de emprender cosas, como empezar a entender algo de computación. Y también, tomar clases de canto, para darse el gusto de entonar algunos tangos, con el maestro Daniel Alvarez, y recordar aquellos años dorados, cuando las grandes orquestas se presentaban en nuestra ciudad en recitales que nunca se perdía. «Para unos carnavales, vino al Varela Junior la orquesta de De Angelis, siete noches seguidas», nos cuenta. Y se entusiasma: «tocaban en el Varela, en Defensa, en el Nahuel… Algunos de esos bailes los organizaba Luisito Márquez. Acá yo conocí a Julio Sosa, le dí la mano a Aníbal Troilo y hasta charlé con Goyeneche».
Es socio vitalicio del club Defensa y Justicia y de la Sociedad Civil Mi Pueblo, e integró la comisión directiva del Centro de Jubilados Municipales de Florencio Varela.
Nacido en Pehuajó el 9 de julio de 1930, Rodolfo se casó con la recordada Perla Ercolano, con quien tuvo dos hijos: Roberto y Gerardo y tiene tres nietas, Guadalupe, Betsabé y Ambar. Se lo ve bien, feliz con la compañía de su hijo Gerardo, y solo se quiebra dos veces durante la nota, ambas, con el recuerdo de su esposa, junto a quien vivió fuertemente enamorado durante 55 años. Vive en un departamento de la calle Dr. Sallarés, donde nos recibió una fría y lluviosa tarde de julio.

 

-¿Qué recuerda de su infancia?
-Mi mamá era ama de casa, cocinaba pucheros, guisos… Había patos, pavos, vacas… De todo. Comida no faltaba. Y papá era jornalero. Cuando mi hermana y yo éramos chicos, él trabajaba en las bolsas de cereales de Carlos Casares. Después trabajó con sus hermanos en el campo, arando, y haciendo otras tareas. En la década del 40 logró un puesto de capataz en la Estación de Ferrocarril en la Estación de Gobernador Arias, de Carlos Casares. Ahí fuimos a la Escuela, porque cuando estábamos en el campo no estudiábamos.
-¿A qué jugaba cuando era chico?
-Jugábamos mucho a la pelota, que hacíamos con unas medias… Las maestras llegaban en auto desde Carlos Casares y no querían que jugáramos, porque transpirábamos y éramos un desastre. Y nos metíamos a escondidas en el colegio a jugar hasta que venían ellas. Alguien gritaba «¡Vienen las maestras, vienen las maestras!» y saltábamos para afuera… También jugábamos al rescate, entre dos equipos, cinco de cada lado, y si uno te tocaba te metía en el grupo de ellos y tenían que rescatarte… Y a la payana… Y remontábamos barriletes, que nos hacía uno de los hermanos Samprogna. Una sola de esos cinco hermanos queda viva, y todavía seguimos en contacto. Ella bailaba muy bien… Tuvimos una maestra que para mí fue como una madre. Se llamaba María Haydeé Paseiro… Yo era muy llorón, y hasta recuerdo haber llorado en su falda.
-¿Conoció a algún abuelo?
-Sí. Al abuelo Graciano y a la abuela Teófila… Vivíamos en una casita de madera que estaba en el mismo terreno donde vivían ellos. Yo era el regalón, y si me enfermaba, me metían en la cama con ellos. Me acuerdo cuando murió Gardel, en 1935. Yo tenía cinco años. Hubo un gran revuelo.
-¿Cómo se enteraron? ¿Por la radio o por el diario?
-Por el diario. El abuelo siempre compraba «Crítica», que era grande, una sábana, y lo leía en voz alta, para toda la familia… También me acuerdo de otras noticias. Como la de una chica, Martita Stuts, a la que habían secuestrado y después apareció muerta…
-¿Cuál fue su primer trabajo?
-Yo iba a la Estación a practicar Telégrafo para incorporarme al Ferrocarril, cosa que hice a los 17 años. Después trasladaron a mi papá a la Estación 9 de Julio Chico. Y por recomendación de Humberto Mandrioni, padre de Daniel, que era auxiliar ferroviario, yo ocupé su puesto en la misma Estación. Ahí me encargaba de armar trenes. Y papá tenía un salón donde también manejaba un buffet.
-¿Qué era armar un tren?
-Organizarlo de acuerdo al informe que nos enviaban, ver cuantos vagones tenía, si había alguno de carga… En 1954 mi papá se vino a Florencio Varela. Porque allá no había futuro. Y yo también vine, porque conseguí un puesto en una oficina de cargas del Ferrocarril en Avellaneda. Ahí estuve 15 años y renuncié. Ya había entrado a la Municipalidad de F. Varela. Como cobrador, con un sueldo chiquito, y después como empleado. En 1976, cuando asumió Hamilton como Intendente, renuncié y me fui a trabajar con Policiccio, que era gestor. Con él hacía liquidaciones de sueldos, esas cosas…
-¿Tenía algún cliente conocido?
-Muchos. La farmacia de Bracuto y Lorenzelli, las panaderías de Babuin… También trabajé con Monroig, que tenía carnicerías, por nueve años. Y entré como contratado al Registro Civil, para más tarde volver a la Municipalidad, en Inspección General, hasta que me jubilé, en 1990.
-¿Tiene alguna anécdota sobre sus años en la Comuna?
-Tengo un recuerdo de 1955, cuando yo trabajaba en la Municipalidad. En la oficina de Angel Basta, que era el Secretario, estaban además de él, el Intendente Luis Calegari, Juan Ballerini, Abel Muñiz, Estrella Tedesco, Hernández, de YPF, Vaccari, que era el Juez de Paz, y Ramón Suárez, de Mi Ciudad, todos llorando porque había caído Perón. Era un momento histórico.
-¿Quiénes fueron los primeros amigos que hizo cuando vino a Florencio Varela?
-Pipa Romanelli y Alberto Goyena, «Goyo». Porque yo venía de 9 de Julio y ellos eran de Lincoln… Y también Abel Muñiz, que tenía un negocio de cereales en Avellaneda y con quien viajábamos en el mismo tren.
-¿Dónde se instalaron?
-En la calle Rivadavia, entre Bourel y 25 de Mayo.
-¿Quiénes eran los vecinos?
-Casariego, los Zanollo, Juan y Laura Luis, Luis Merigho y sus hermanas, la señora de Schiantarelli… Después vino Ducó, que fue gerente del Banco Provincia… El primer televisor del barrio estaba en la casa de Casariego, así que nos juntábamos ahí todos los domingos, con el mate y con tortas para ver los partidos.

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