El hombre que “no queria” ser Diputado

Edición Impresa » 01/01/2018

«Yo no quería renunciar a la responsabilidad que me dieron los varelenses en 2015 para que fuera Intendente Municipal».
Eso dijo, ante la perplejidad de todos los presentes, el diputado -e intendente con licencia- Julio Pereyra, en una cena en la que el Concejo Deliberante agasajó a los medios de prensa zonales, en diciembre pasado.
Y siguió con una obvia alusión a la tapa del último Mi Ciudad: «acá no hay doble comando. Hay un solo intendente que es Andrés Watson…», aunque aclaró rápidamente: «Pero mi tarea como dirigente político es presidir el Partido Justicialista y como diputado provincial actuar en la política del distrito tanto desde el punto de vista político como desde el punto de vista institucional». Su confusamente expresado intento de desmentida –cursillos al margen, lo suyo sigue sin ser el buen uso del idioma- terminó siendo una confirmación. O sea, no sólo hay doble comando: tal vez haya uno sólo, el suyo.
Pereyra, hombre grande ya, sabe que nadie lo obligó a «hacer algo que no quería». Su postulación como candidato a la legislatura no fue resultado de un clamor popular. Peor aún: más de 13.000 votantes de Cristina cortaron la boleta en la que figuraba el viejo Barón del Conurbano.

Pereyra se fue como diputado en busca de los fueros que lo protejan de las causas en las que está investigado, entre otros temas, por enriquecimiento ilícito.
Y se fue no por la puerta grande, sino dejando una ciudad devastada, en la que se dilapidaron los fondos que fluyeron abundantemente durante los últimos años tanto desde el gobierno nacional como desde el gobierno provincial. Las pruebas están a la vista de todos: durante su gestión, Florencio Varela quedó condenada al atraso más brutal, mientras vimos crecer a los distritos que nos rodean, como Berazategui, Quilmes y Almirante Brown.
Sus repetidas promesas al comienzo de cada uno de sus períodos como jefe comunal quedaron en eso. En nuestra ciudad hay miles de vecinos que viven en calles de barro, a las que no entran ambulancias ni colectivos, que no tienen servicios esenciales como las cloacas o acceso al agua potable. En pleno casco céntrico, no queda una calle en condiciones y los encargados de arreglarlas, lo hacen mal una y otra vez, sin que exista sanción alguna y, muy lejos de ello, premiándoselos con la adjudicación de nuevas obras que también se realizan sin controles, con los resultados imaginables.
Sus ya históricas «gaffes» mediáticas, como cuando mandó a arreglar el acceso a su barrio, pocos días antes de su casamiento, o la admisión de que «no podía vivir» con un sueldo de 50.000 pesos, son también un sello de su personalidad y sus limitaciones. Como decía Perón, la única verdad es la realidad. Y la realidad marca que la prosperidad que Pereyra alcanzó en su vida privada no se refleja en absoluto en la ciudad que administró con total libertad durante más de tres décadas.
El hombre que «no quería» ser diputado no quiere dejar de ser el que manda en Florencio Varela. Por eso, sólo está «de licencia». Por eso, su poder sigue siendo casi absoluto.
Esos fueros que corrió a buscar pueden ser la llave que le asegure su libertad en un futuro que no le permite muchas lecturas, contemplando el impresionante desfile de ex compañeros K que van quedando del otro lado de las rejas.


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