EDITORIAL

Los mejores del mundo

Editorial » 01/07/2018

Hace más de 45 años, cuando estábamos en la escuela primaria y estudiábamos con el «Manual del alumno bonaerense», nos enseñaron que éramos el «granero del mundo». Que «teníamos todos los climas» y todos los paisajes. Que éramos un país rico, con los mejores recursos naturales. De algún modo, fuimos construyendo la idea de que por alguna gracia divina, el nuestro era «el mejor país del Mundo».
Después vinieron los guerrilleros y los militares, y lo hicieron pedazos. Unos querían convertirnos en «la Patria Socialista» y los otros nos decían que éramos «derechos y humanos». Entre bombas y desaparecidos, nos metieron en la Guerra de Malvinas y nos dijeron que «íbamos ganando». Cayó la Dictadura, volvió la Democracia y nos hicieron creer que con ella «se curaba, se comía y se educaba», mientras la hiperinflación nos aplastaba los sueños. Nos prometieron la «Revolución Productiva» y el «Salariazo» y vendieron las joyas de la abuela. Apareció la revolución ética que iba a acabar con la corrupción, y terminó con un helicóptero y otra masacre. Entonces alguien, volviendo a aquellas enseñanzas infantiles, nos recordó que estábamos «condenados al éxito». Y después, llegó la Década Robada, sucia de corrupción y coronada con el asesinato de un Fiscal de la Nación. Lo último en lo que creímos fue en el cambio, que por ahora, sigue esperando el segundo semestre… Sólo que no se sabe de qué año.
En todo lo que nos pasa y nos pasó hay una constante: la creencia de que estamos destinados a la grandeza, o porque un mesías nos lleve indefectiblemente hacia ella, o porque los astros así lo dispondrán, pero nunca por nuestro esfuerzo ni por planificar qué país queremos.
Y si en vez de unificar criterios y fuerzas seguimos autoboicoteándonos, seguiremos sin encontrar una salida. Continuaremos siendo un país mediocre, donde la pobreza y la incultura se potencian mutuamente para beneficio de los mismos de siempre.
Algo similar ocurre con la Selección Argentina en el Mundial de Rusia. Las peleas y conventillos nos sumergieron en las sombras, pero cuando el equipo se abroqueló y puso toda su voluntad para alcanzar el objetivo, salió adelante. Para algunos habrá sido un milagro, para otros, el resultado de la unión del conjunto en pos de un fin común.
En el fútbol, claro, también nos consideramos «los mejores del Mundo». ¿Cómo no creérnoslo? Si tenemos a los mejores jugadores, si tenemos la genética de la redonda en la sangre… Y si hasta «Dios es argentino»…
Pero no. Para ser los mejores hay que esforzarse y trabajar. Algo tan simple de entender como eso. Algo que desde hace décadas, en la Argentina se ha venido reemplazando por la cultura de la vagancia, la «viveza», la corrupción y la impunidad, en todos sus órdenes.
Así estamos, entre gobernantes que no encuentran el rumbo y opositores que buscan el caos, esperando que, una vez más, algo milagroso pase para sacarnos de nuestras penurias.
Y quién sabe… Tal vez el éxito no esté tan lejos. Si por lo menos una vez en la vida todos nos pusiéramos de verdad la misma camiseta…


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