ENTREVISTA

Lucia Baeck

Entrevistas » 01/02/2014

Lucía Baeck nació el 16 de julio de 1940, en Mechelen, Flandes, Bélgica.

Con «Tato» Spinardi tuvo cinco hijos: María Lucía, María Paulina, Martín, Cecilia y Pablo. Vive desde hace décadas en el Pasaje Pagani, al borde de las vías del Ferrocarril. En esa casa, conserva dos tesoros sentimentales: una imagen de la Virgen hecha en telar por su abuela, en 1889, y una imagen del Sagrado Corazón que perteneció a su tío abuelo. Durante muchos años estuvo al frente del puesto de diarios que funcionaba donde hoy se encuentra el paso bajo nivel, además de colaborar en la clásica carpintería de «Tato». Hoy no sale mucho de su casa, ya que prefiere leer y navegar en Internet. Con ella dialogamos en enero de este año.
 
 
-¿Qué recuerda de su infancia?
 
-Eramos nueve hermanos. Mi papá era burgomaestre, una especie de alcalde. Y mamá era ama de casa. Ibamos a la escuela de mañana y de tarde.
 
-¿Su mamá cocinaba algo especial?
 
-Mamá cocinaba liebre, endivias, sopa de papas, fideos con leche, pollo con duraznos, salsa de cebollas, chuletas de cerdo, y muchas cosas agridulces. Todavía tengo algunas de esas recetas. A la mañana se tomaba el desayuno, con panceta y huevos fritos, y al mediodía, el almuerzo, y a la tarde un pequeño té y a las siete de la tarde, el cierre. También hacía un paté con osobuco, panceta… Era una especie de gelatina parecida a lo que acá se llamaba «La Viandada», una comida que se vendía en latas.
 
-¿A qué jugaba?
 
-Los juegos… Eran las cartas, las escondidas, hacer manualidades. Mi abuelo, que fue director de escuela, nos llevaba de paseo al bosque, donde había un castillo. Tenía unos jardines hermosos.  Juntábamos flores y hacíamos coronitas con ellas, y también recolectábamos guindas y nos las poníamos como aros… En invierno, andábamos en trineo… Hacía tanto frío, que para entrar en calor nos lavábamos la cara con nieve. Tuve una infancia hermosa. Solo me faltó que mi padre estuviera para mi Primera Comunión.
 
-¿Qué pasó?
 
-Papá tuvo que exiliarse. De la Guerra nunca se contó nada, pero Een abril de 1948 vino a Argentina, y en diciembre de ese año, viajamos nosotros, con una tía. Llegamos directamente a Florencio Varela, donde ya había belgas, como los Seynaeve, los Friant… Fuimos a vivir a Lavalle y Corrientes.
 
-¿Quiénes fueron sus primeros amigos en F. Varela?
 
-Los de la colectividad y los del colegio. Los Dessy, que iban a la escuela con mi hermano Guido, las hermanas Diana y Mabel Kisler, la chica de Muñiz, Celia Cardozo, que fue mi gran amiga… Los Trebino. Con ellos y los Molteni íbamos todos juntos a misa los domingos. En el Sagrado Corazón había varias pupilas. Mis maestras fueron la Hermana Eligia, la Hermana Loyola, la Hermana Reinhildis, la Hermana Felicitas, la Hermana Leandra, la Hermana Carmela, la Hermana Ida, la Hermana Honorata, la Hermana Candelaria… Y hubo compañeras que se hicieron monjas.
 
-¿Qué trabajo hizo su padre en Argentina?
 
-Papá trabajaba de contador en Hazan y Pichon, la fábrica de medias femeninas Orea que estaba en Saavedra, y después siguió en otras firmas. Iba a tomar el tren con Bracuto, que siempre usaba sombrero. Durante un tiempo nos mudamos cerca del Puente Saavedra, en Olivos, para estar más cerca del trabajo. Y después vivimos en Victoria, muy cerca de la cancha de Tigre. No queríamos volver, pero volvimos a F. Varela por su aire, porque era alta, y le decían la «Córdoba chica». Fuimos a vivir a Alberdi, entre Sallarés y Mitre, al lado del negocio de «Yaya». Y después, fuimos a vivir a la calle Flandes, donde además de los belgas, vivía el Dr. Setter con su familia.
 
-¿Se hacían reuniones de la colectividad?
 
-Muchas. Una vez al año íbamos a Jáuregui, a la Villa Flandria, donde estaban los Stevelynk, una familia de dieciocho hermanos, belgas, que tenían una fábrica y reunían a paisanos de todo el país. También íbamos a reuniones en la calle Cuba, en un local de los padres palotinos, y en F. Varela se hacían fiestas en el campo de la pista de trote. Y nos juntábamos con Denón a guitarrear. F. Varela era hermoso, patinábamos en la calle, íbamos con el break de los Trebino…
 
-¿Qué era el break?
 
-Un carro de dos caballos. Nos íbamos hasta los terrenos de Bassagasteguy, al campo…
 
-¿Está contenta con la vida?
 
-Sí, muy contenta  con la vida, mientras tenga a Dios por cabeza… estoy bien. Soy muy creyente. Todos los sábados viene a darme la Comunión un diácono de la parroquia del Padre Miguel, y cuando puedo, voy. Ahí o a las Marianas.
 
-¿Quién fue su «personaje inolvidable»?
 
-El Padre Pablo Roberto Tissera, que hizo mucho en Merlo, San Luis, y no tiene nada que ver con el Obispo. Era cordobés, estuvo en San Luis muchos años, con el Padre Senda, que era el párroco, y él, el vicario. Era una persona extraordinaria, que se entregaba todo por su vocación. Yo iba a campamentos con él, que fue mi tutor, porque yo era menor. Y algo muy especial: fue el culpable de que yo pisara un casino por primera vez, porque lo habían invitado para inaugurarlo, el Flamingo, de San Luis, y me pidió que lo acompañara, así que fui… Después fue a la Diócesis de San Isidro, y formó la Parroquia de Santo Tomás Moro. Muchas veces lo íbamos a buscar los domingos a la noche y cenaba con nosotros. Murió hace diecisiete años. Y hay otras dos personas muy importantes, un jesuita que está por cumplir 89 años, y es Carlos Alberto Carranza. Y el Padre Orsi, que fue nuestro párroco.
 
-¿Qué aprendió de sus padres?
 
-De mamá aprendí mi vida. Fue la que luchó a brazo partido para darnos todo. Ella y mi padre dieron todo por nosotros.
 
-¿Qué le diría a Dios si lo tuviera enfrente?
 
-A Dios… Que se haga su voluntad. Esas fueron mis palabras, siempre. Lo mismo que dice Su Santidad Francisco.
 
-¿Está contenta con el Papa?
 
-Es un genio…
 


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