EDITORIAL

Carta Abierta a Francisco

Editorial » 02/03/2016

Podría decir que trabajo desde que tenía menos de 10 años, si cuento como válidas esas tareas pequeñas que el Nono me encargaba para comprarme, a cambio, la revista «Larguirucho».
Pero no seamos tan extremistas, no vaya a ser cosa de que digan que mi abuelo materno era un explotador infantil, y pongamos como edad aproximada de mi incursión en el mundo laboral la de los 12 años, cuando comencé a escribir notas de básquet en Mi Ciudad, o la de los 16, cuando me largué a las calles como promotor, ofreciendo comercio por comercio, espacios publicitarios en el diario.
Como sea, se trata de un largo tiempo, durante el cual, además, no detuve mi perfeccionamiento educativo, pasando por la escuela primaria, la secundaria y la Universidad, de la cual egresé como abogado hace ya casi tres décadas.
Durante todos estos años, ejercí mis labores jurídicas y periodísticas con honestidad, dedicación y profesionalismo. Nunca estafé a nadie, nunca me corrompí, jamás acepté dádivas ni regalitos interesados. De ningún modo sucumbí a las presiones o a los ofrecimientos –varios- que me llegaron desde diversas esferas del poder. No quise ser auditor, ni juez, ni vocero, ni asesor, ni concejal, ni miembro de ningún gabinete, como me lo propusieron durante estos últimos veinte años desde distintos espacios políticos. Mucho menos, engañé a nadie ni me aproveché de los más débiles. Tampoco fui cómplice ni partícipe de los múltiples gobiernos que saquearon a la Argentina, ni de los muchos intendentes que hundieron a Florencio Varela en la pobreza más absoluta.
Me considero un buen cristiano, si tomamos en cuenta las enseñanzas de Cristo y no mi cuaderno de asistencias a misa de los domingos. Y por eso mismo, podría ser también un buen judío, un buen budista o un buen musulmán. Porque todas las creencias fomentan las virtudes de respetar al otro, ser educado, no ser soberbio y ser decente. Y porque nadie otorga la visa para ejercer una religión o ser parte de ella.
Y entre el sinfín de cosas que nunca hubiera hecho ni hice, ni remotamente se me habría ocurrido cortar calles para perturbar al prójimo, ni acampar en lugares públicos para afearlos y destruirlos. Ni ponerme a manejar planes sociales y usar los fondos destinados a construir casas para los más pobres para comprarme un auto de lujo a mí o a mis hijas.
Por eso, no logro entender, Su Santidad, Francisco, Jorge, o como prefiera ser llamado, por qué yo no recibí ningún rosario bendecido de su parte. Y por qué no lo recibieron los millones de argentinos que, cada mañana, se levantan a trabajar para darles de comer a sus hijos, buscar un poco de felicidad, e intentar sobrellevar esta vida terrenal sin joderle la vida a la gente, sin pedirle nada a nadie, ni a los de acá abajo, ni a los de allá arriba.
¿Por qué a Milagro sí, y a nosotros no?


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