Natatorio 2000: una explicación

Edición Impresa » 01/11/2016

Mas o menos cuando empecé el primario en el 96, mis papás cansados de que mi anarquía en el jardín les trajera dolores de espalda, me dijeron que tenía que elegir una actividad. La elección fue una obligación y me anotaron en pintura en la «Casa de la Cultura» y en el «Natatorio 2000» que acababa de abrir. Cuando el mundo estaba desconectado y era casi imposible encontrar a alguien que tenga los mismos intereses, la escuela me llenaba de preguntas y le decía a Jorge y a Nora que yo tenía problemas. Ellos intentaban sortear algunas respuestas que a veces entendía y a veces no pero era el Natatorio 2000 el espacio de las soluciones.
No sabemos muy bien cómo pero todos a los que nos puteaban en la escuela, que nos hacían eso que ahora se llama bullying y antes eran malformaciones traducidas en estigmas sociales, nosotros los deformes, hacíamos natación. Entonces mis primeros amigos eran increíblemente altos, o colorados o muy gordos o muy malos, o como yo, muy enanos.
Lo que pasaba en el Natatorio, era que ya nos habíamos acostumbrado a vernos prácticamente desnudos, entonces nos reíamos de nuestras diferencias porque era lo mejor que teníamos. En el agua éramos todos iguales de diferentes. Por primera vez descubrí que los nenes también tienen tetas y a veces pueden ser más grandes que las de las nenas, que hay ombligos para afuera y para adentro y que a las viejas les gusta caminar desnudas en el vestuario mientras hablan con otras amigas de los precios de la carne. Por primera vez vi una concha con pelos y me dio vergüenza. A partir de ese día empecé a cambiarme sola. Por primera vez vi un chico down y a Graciela, una nena sin un brazo que nadaba conmigo y se reía más fuerte que yo. Me acuerdo de ella porque tenía nombre de tía, no de una nena. Ellos no estaban en mi escuela. Me incomodé porque no sabía y por primera vez, sentí vergüenza de tener los dos brazos y no hacer nada.

Un día el entrenador le dijo a mi mamá que la esperara, que quería hablar con ella. Mi mamá acostumbrada a la escuela, se asustó. Era para avisarle que quería que yo compitiera. Se llamaba equipo y sólo estaba dividido por una soguita de plástico. En el equipo se empezaban a definir las personalidades, se medía la pereza y la disciplina pero nadie premiaba al boludo que decía chistes, nadie cargaba al gordo al que se le caían los pantalones, nadie sabía el color de pelo del colorado porque usaba gorra. En esa etapa de la vida donde se empieza a devaluar la singularidad, el Natatorio nos abrió una caja de ahorro en sensaciones.
Fuimos creciendo todos juntos al mismo tiempo que las tetas y los pelos en las piernas. Estábamos en el andarivel más rápido junto a Miguel el ciego y a Margarita, una vieja con el don de mirar a todos los pibes como si fueran sus hijos, una columna invisible en un lugar sin paredes.
Que el agua, que la caldera, que los vestuarios, que me da asco, que los piojos, que los hongos, ninguna enfermedad nunca fue tan contagiosa como la de la solidaridad.
El lunes 19 de septiembre de 2016 cerró el Natatorio 2000. Dicen los que saben que les faltaba entregar papeles importantes para la Municipalidad. Los que no saben dicen que tal vez faltó devolver algún favor y que probablemente puedan construir un edificio ahí para que «Varela crezca». Capaz le pueden explicar a las señoras del vestuario que ya nadie se va a asombrar con verlas desnudas. Tal vez le puedan decir a Graciela que vaya a otro lugar de 16 a 17 hs. con otros chicos que les falten otras partes del cuerpo. Probablemente puedan explicarle a cientos de niños que la pileta no se llena con lágrimas. Quizás, puedan explicarle a Margarita que ya no nada y prácticamente tampoco camina, que ninguno de nosotros somos hijos suyos, que deje de mirarnos así y que por favor, apague bien todas las luces y se vaya a hacer cosas de gente de su edad.
Ya que eligieron por estas personas, a lo mejor podrán explicarlo desde su lugar porque elegir, elegir es obligatorio.


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