La piedra en la mochila

Edición Impresa » 01/05/2017

Hoy hice ese ejercicio que todos recomiendan como el mejor para aclarar ideas y pensamientos, limpié mi placard. Como a todos los que nos cuesta separarnos del pasado, perdí toda la tarde leyendo los cuadernos del primario. Encontré apuntes increíbles y me acordé que realmente éramos genios de niños.
No se por qué pero guardé una mochila chiquita que nos había regalado una empresa de esas que hacen viajes para egresados a Bariloche, y que llevaba a gimnasia en el secundario. Estaba pesada así que la abrí. Adentro de la mochila, encontré un llavero gigante que mi mamá me había comprado porque siempre perdía las llaves. También encontré una piedra, aún más grande que el llavero. La piedra ocupaba todo el fondo de la mochila. Por supuesto me acuerdo perfecto del día en que la guardé.
Estaba volviendo de gimnasia camino a casa tipo tres de la tarde, y por lo tanto llevaba puesta la ropa de gimnasia del colegio; unos pantalones de jogging viejos y la chomba estirada (digo esto porque resulta relevante para algunos). Un hombre de unos 35 años de tez blanca y pelo oscuro con camisa y zapatos, me siguió durante tres cuadras. A la cuarta cuadra decidí agarrar un pedazo de baldosa de la vereda rota de la avenida. A la quinta cuadra de sentir sus pasos y darme vuelta como si nada pasara, decidí correr en una dirección diferente. Mientras corría, rebotaba en mi cerebro la voz de Jorge diciéndome que tenga cuidado que la calle está jodida y que no me quede dando más vueltas a esa hora. Llegué a mi casa asustada, sin aliento, con miedo.
Mientras escribo, siento que nadie puede sorprenderse de este relato, de hecho estamos acostumbrados a que lo cotidiano no sorprende.
Le conté a Nora lo que había pasado y no se asombró, me dijo que me tranquilizara, que ya estaba en casa a salvo, sospechando que seguro estaba exagerando un poco.
Una semana más tarde, tres chicas de mi clase de gimnasia, contaron que habían sido asaltadas a la salida del colegio por un hombre con una descripción parecida a la mía y que mientras les robaba, también las había manoseado. La similitud con lo que yo había imaginado, me dio escalofríos, así que guardé la piedra en la mochila porque por más que sabía que no la iba a saber usar llegado el caso, sentía que estaba protegida un poco más que sin ella. A mis dos hermanos los asaltaron dos veces a cada uno por esos años pero ni los tocaron, ni los miraron con ganas de violarlos, ni tampoco les rebotó la voz de Jorge en el cerebro denotando vulnerabilidad porque si lloraban, podían llegar a pecar de maricones.
La piedra me hizo acordar algunos detalles en ésta diferencia. Cuando mis padres tenían el negocio, algunos hombres de la cuadra formaban parte de lo que llamé el COC (Club de Observación de Culos). El COC se reunía una vez al día, allí se sentaban algunos comerciantes en los bancos de madera blanca de la vereda a ver culos durante a veces varias horas, balanceando la cabeza de un lado a otro. Seguían con la mirada el busto después subían a los ojos para ver si les respondían el impulso y se preparaban para la sorpresa de descubrir el tamaño de la mercadería según anunciaba la cadera. Mi papá a veces asistía al COC pero no era habitué. En el lapso entre producto y producto, también salían algunas charlas cotidianas en las que hablaban de las esposas como «la jermu» o de los hijos como «los pibes». Siempre me impresionó la manera como Jorge nos introducía: «tengo dos nenes y una nena pero a veces parece que es al revés». Esto devenía de mi salvajismo versus lo prolijo de mi hermano. En esa época, yo era lo más cercano a un machito que podía existir en mi casa porque admiraba a mi papá y a él le gustaba estar en cuero, en el parque, así que yo lo imitaba. Mi hermano, quizás con más recursos intelectuales que yo, hacía aviones de aeromodelismo en madera balsa. El solía gritar «es injusto» cada vez que mi papá nos retaba sin causa y lloraba un montón. Sin embargo, también tengo que ser justa con él y decir que fue el primero en practicar ideas de respeto, cada vez que tragaba saliva en más de una situación agresiva de mi parte, sin responder porque sabía que esa batalla era, sobre todo, desigual.
Crecí en un patriarcado extraño en el que mis padres presumían que todos dentro de la casa éramos iguales pero teníamos diferentes tareas. Y en algún punto era así, las mujeres eran iguales a los hombres porque trabajaban igual de duro que ellos pero también lavaban platos y planchaban uniformes y se ocupaban del planisferio político N3 el domingo a las 22hs., por propia voluntad. Nací en el medio de dos hombres y no me criaron con princesas, ni maquillajes ni novelas adolescentes. Me escondía para practicar mi feminismo. Ahora que lo pienso con un poco mas de juicio, tiene sentido que alguna vez le haya dicho a mi mamá que quería ser hombre para no hacerme cargo de la diferencia, entendiendo 100% mi heterosexualidad.
En algún momento de este periodo, me di cuenta de que los esfuerzos por mostrarme fuerte, segura, agresiva y también un poco irónica, no tenían que ver con mi masculinidad. Quizás esto fue en el mismo momento en que me di cuenta de que me molestaban comentarios de entre madres como «te va a salir maricón» «esa pibita es una trola» o «dejála es una histérica». Llegó un punto en que la negación a ser mujer, dejó en evidencia mucho mas que pintarme las uñas o leer las revistas femeninas (que sigo sin entender), lo único que cambió fue mi percepción. Entonces pienso que en palabras de Lucas, lo mejor que podemos gritar es que «es injusto». No creo que estas palabras tengan que llegar a crear monstruosas apariencias de supuestas tipificaciones sobre las personas que avalábamos este sistema durante años pero necesito que por lo menos lo sepan.

De la limpieza de placard, saqué dos bolsas gigantes con cosas para donar que tal vez les sirvan a otras personas, como una mochila chiquita para gimnasia, vacía. La piedra la volví a guardar.


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