EL OTRO VOS

Madre Teresa I: la belleza

Edición Impresa » 01/02/2018

Antes de ayer encontré una foto de 1999 (creo que era ese el año) en la que estaban unas compañeras de cuarto grado del Colegio Madre Teresa y yo en la ciudad de Tandil. Ese viaje más que cualquier otro, fue de lo mas memorable de la infancia porque creo que era la primera vez que estábamos tres días fuera de nuestras casas, o por lo menos yo. Todo el año planeando con padres en reuniones y discusiones absurdas sobre la comida y el hotel cuando a nosotros lo único que nos importaba era con quién íbamos a dormir, qué nos íbamos a llevar y si alguno iba a dar su primer beso, aunque a los nueve años no usábamos corpiños y los besos me daban asco.
En la foto yo tenía unos pantalones pescadores de jean verde clarito, una remera de Archie que parecía un talle de mi hermano, unas ojotas y sí, un gorro «piluso» que seguro pensé que iba a ser práctico. No sé si esta foto es lo suficientemente referencial pero desató una catarata de recuerdos como consecuencia.
En el «Madre» como lo abreviábamos, todos los años se hacían viajes de fin de curso en los que se terminaban de madurar algunos aspectos sociales que venían siendo sembrados durante el año. Y sembrar suena acorde para hablar del Madre de los '90 y de los ´00, el colegio chico con «orientación ecológica», huerta y granja cuyo micro escolar era una combi.
Acampar y estar en contacto con la naturaleza en cada caso, era el objetivo de la escuela para hacer una salida escolar y por qué no también distraerse de la tarea, aunque seguro éramos desgastantes. Ni siquiera puedo intentar hablar de forma lineal de esto porque los recuerdos disparan imágenes más y menos nítidas.

Nos separaban por grupos y teníamos asignadas tareas específicas para cada día. Nosotros hacíamos desde el desayuno hasta la cena y durante la jornada cumplíamos labores recreativas que año a año ejercíamos con mayor destreza y tenían efectos sociales muy interesantes. Se acentuaban cuestiones como la ironía, lo lúdico, el amor y sobre todo, la perversión, todo esto reunido en lo que el profe de Educación Física Hugo institucionalizó en un juego llamado «el buchón». Se trataba de un buzón en el que durante el día podíamos depositar mensajes y a la noche después de la cena, se leían en voz alta en público. Todos esperábamos ese momento. Era como un twitter analógico pero los participantes éramos anónimos o bien usábamos seudónimos. Los mensajes de los primeros años eran más bien ingenuos, zonzos y los escribían en gran parte los hombres pero luego ya delataban besos con lengua y protuberancias físicas. Para ese momento todos estaban enamorados de dos o tres chicas que iban conmigo a la mañana y también de un par de chicas de la tarde y por supuesto sus nombres predominaban en el buchón de las noches. A nadie le sorprendía eso. Al contrario, lo esperaban. Lo esperábamos.
Eran tiempos donde la belleza para todos era algo objetivo, nadie lo discutía. ¿Éramos como los antiguos que medían la belleza según la simetría de las partes?, ¿Eso era el relativismo estético para nosotros?. ¿Por qué todos los niños de aquella época sudaban feromonas producto de la excitación sexual cuando pensaban en las mismas chicas?. Hay fuerzas que se atraen. Hay misterios, hay destinos, hay razones. Hay un criterio de lo bello que se imponía como prioritario. ¿A partir de qué? Me pregunto si la belleza es subjetiva.
Si pudiera volver a tirar un papel en el buchón de esos años pondría la frase del dramaturgo Henrik Ibsen: «la belleza es una convención, una moneda que tiene curso en un tiempo y en un lugar». No la hubiese entendido y creo que el profe Hugo tampoco la hubiese leído.


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