ENTREVISTA

Marta Noziglia

Entrevistas » 01/01/2018

Nacida el 9 de agosto de 1929 en Villa Vatteone, Florencio Varela, Marta Noziglia tuvo seis hermanos: dos mujeres y cuatro varones. Todos ellos estudiaron piano, que una profesora iba a enseñarles a domicilio, pero el más destacado fue «Chiquito»: el recordado Alberto, escritor y jurado de los Premios Mi Ciudad. También estudió Humanidades pero abandonó la carrera al casarse con Eduardo Cerullo, con quien tuvo tres hijos: Gustavo, Sergio y Esteban. Tiene nueve nietos y cinco bisnietos. Su vocación fue la docencia y la ejerció durante más de tres décadas. Su memoria asombra y su vitalidad es una alegría para su familia. Hasta no hace mucho, manejaba la moto de agua de uno de sus hijos, y a los 88 años, acaba de editar su primer libro, «Historias de Pupitres», donde reúne vivencias de su paso por las aulas, aunque reconoce que siempre fue una gran lectora y la literatura y la poesía la apasionaron desde muy joven. En su charla, nos cuenta que cuando Gabriela Mistral ganó el Premio Nobel alguien le preguntó en forma despectiva: «¿Usted es nada más que maestra?» Y ella contestó: «Nada más ni nada menos que maestra». Marta también es así: ni más ni menos que eso.

-¿Qué trabajo tenían sus padres?
-Mi papá era ferroviario y mi mamá, ama de casa.
-¿Cómo eran?
-Papá era muy católico y faltar a misa era un pecado. A la noche recorría las habitaciones a ver si habíamos dicho las oraciones. Mi hermana Amelia dirigía el Rosario. Íbamos caminando desde Villa Vatteone a la Iglesia de la Plaza, que era la única que había. Yo le pedía a Dios vivir cerca de la Iglesia… Ahora vivo a dos cuadras y no voy más. Mi papá murió a mis 18 años, y yo le preguntaba a mi hermano Pepe por qué no íbamos más a misa. Me contestó: «porque papá era la sustancia y nosotros la cáscara vacía». Como mi marido era evangélico me hice evangélica. Me gustaba leer la Biblia. Pero después nos hicimos ateos. Y más tarde, agnósticos. Finalmente volví al catolicismo.
-¿Quién cocinaba?
-En casa el que más cocinaba era mi papá, que ya estaba jubilado. Como buen italiano hacía polenta, fideos. Teníamos muchos árboles frutales, y yo me la pasaba arriba de los árboles comiendo naranjas y mandarinas.
-Parece que le hizo bien…
-Sí. Nunca me resfrié en mi vida, nunca tuve una gripe.
-¿Cómo era aquel Florencio Varela?
-Nos conocíamos todos. En las noches de verano nos sentábamos en las puertas de las casas con los vecinos, los mayores conversaban y los chiquitos jugábamos… Pasaba el panadero de la panadería de los Rodríguez con la jardinera, casa por casa.
-¿Recuerda alguna anécdota?
-En los terrenos de Mayol había muchas historias. El campo era enorme. Llegaba hasta Progreso, desde la Avenida Sarmiento. El era de la sociedad de Buenos Aires y tenía estancias en otros lugares. Tuvo varios hijos con una mujer que vivía ahí, aunque nunca los reconoció. Una de esas hijas era Teresa Selva, que era bellísima. Y como no la había anotado no podía conseguir empleo. Pero un escribano la terminó inscribiendo, calculando su fecha de nacimiento, que no sabía. Esa mujer fue mi madrina y con ella andábamos a caballo. Mayol tenía un burro que se llamaba Pitágoras y era bravísimo. No podías tocar el alambrado porque se venía como loco, porque era guardián… Uno no se podía ni asomar. Un día lo mataron y Mayol estaba enloquecido. Nunca se supo quien lo mató. Mayol hizo el primer cine de Varela, el Cine Palais, en la calle Sallarés. Y quería construír un túnel desde su casa hasta Sallarés, para ir al cine. Una vez había un hombre arreglándole un molino, subido a la punta, con una pipa en la boca. Y Mayol le apuntó desde abajo y le sacó la pipa de un tiro. Era así de loco. Otra anécdota… Antes a los muertos los llevaban en una carroza, con caballos, por la avenida Sarmiento, que era de barro. Dos por tres los cajones se caían. Una vez un cajón se cayó tantas veces que lo terminaron enterrando en la avenida. Y los familiares iban a ponerle flores ahí. Después el asfalto le pasó por encima.
-¿A qué escuela fue?
-Fui a la Escuela 10. Tuve maestras muy exigentes, sobre todo respecto a la Educación. Nos enseñaban a dejar pasar a los ancianos primero, a darles el lado de la pared, a levantarnos cuando entraba una persona mayor… Y también se enseñaba mucha Historia Argentina.
-¿A qué jugaba?
-Jugábamos mucho en la calle, que era de barro. A la escondida, a la mancha, a las figuritas… Fue una infancia muy linda, no había peligros. Y a la noche nos gustaba hablar de la luz mala, de los fantasmas. Yo vivía en 3 de Febrero y Florida. La Directora nos hacía firmar a los alumnos pidiendo que asfaltaran la calle… La calle Progreso se llamaba así porque era la única empedrada. Después asfaltaron todas las de alrededor y esa quedó con las piedras…

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