CRÓNICAS VARELENSES

Falsa crónica de unas cuantas verdades



Edición Impresa » 02/08/2023

Es noticia que Nicolás “Chicho” Stefanelli va a jugar con Messi y demás está decir que
es un orgullo para mi haber compartido con él una cancha de futbol en las inferiores de
Defensa.

Es noticia que Nicolás “Chicho” Stefanelli va a jugar con Messi y demás está decir que
es un orgullo para mi haber compartido con él una cancha de futbol en las inferiores de
Defensa. Es más, quiero decir que fui artífice en un partido contra Chacarita de haberle dado el
pase gol para su primer gol en el club en la época en que no había whatsapp ni QR. Recuerdo
que cuando llegó jugaba de defensor y todo el mundo decía que era un perro, un acomodado.
Hasta que lo cambiaron de posición. Y la rompió. Lo equivocados que estuvimos todos. ¿Quién
no ha buscado acomodarse en su camino de adultez? ¿Quién no sintió que alguna vez lo
acomodaron? A veces es una cuestión de moverse un poco, de pasar a hacer otra cosa. Un
cambio de tema. Es un sábado frío y vamos con Shirley a ver a una amiga de ella. Una amiga
que ha dejado de ver hace mucho, que ya no es tanto su amiga, pero lo es. La cita es en Liniers,
donde Luna -su amiga- nos pasa a buscar para llevarnos a un karaoke donde va a festejar su
cumpleaños. Viene acompañada de un amigo que es del pueblo de Saer. Maneja su auto por la
autopista como si fuera una loca, una desquiciada. Una loca desquiciada. Pronto vamos a
entender por qué. Llegamos a la casa en Mataderos. Entramos. Un montón de perros salieron
a chumbarnos. Saludamos a su madre. Pasamos a su pieza. Y ahí ella se tiró porque tenía
mucho líquido en las piernas. Nos pusimos a conversar sobre películas. El amigo casi no
hablaba. Luna tenía diabetes. Cada media hora se controlaba la insulina. El amigo también.
Estuvimos un buen tiempo ahí sin hacer nada hasta que dijimos bueno vamos. Y otra vez a la
loca carretera. Pasaba de primera a cuarta como si fuera meteoro y se mataba de risa de
nuestro susto. Parecía tenerlo todo controlado. Al llegar al lugar apenas abrí la puerta de mi
lado pasó rozando un camión de basura enloquecido. Cerré la puerta de inmediato ante un
grito de Shirley que me alertó. Luna se mataba de risa. Una amiga peligrosa. Entramos al
karaoke -reserva previa- era con pizza libre. Y baile. Mucho baile. Mi amigo Soto dice que la
danza constituía para Nietzsche uno de los fenómenos artísticos donde más claramente podía
verse la expresión de lo mutable, el devenir de la existencia, siempre cambiante. Solo estaban
los amigos de Luna, que también tenían diabetes y también se controlaban todo el tiempo la
insulina. Y Shirley. Empezó a sonar la música. Bailamos como locos. En un momento apareció
un sujeto con la remera PREVENCION que se puso a animar la fiesta. Y cantó la canción I want
to know what love is de una manera inspiradora, emocionante. La fiesta apenas empezaba. Y
no sabíamos que Luna iba a morir dos meses después y ese iba a ser su último cumpleaños.
Cuál va a ser el último baile. Qué vamos a hacer cuando se apague la música. Bailen esa
canción por favor. ¿Bailarán los candidatos en sus búnkeres este año?
La última película del cineasta mexicano González Iñárritu, Bardo, tiene algo de todo esto en
esa escena del baile, juega un poco con eso, que no sé qué es. Y yo caigo, compro. Quizás lo
que es, es que no importa el lugar, hay que bailar. Y creo que esa es la base de cualquier
amistad, cualquier conciliación: bailar. Pienso en Tolstoi, en mi abuelo hace un año muerto, en
su hermana, la tía Mari, a la que le prometí ir a comer fideos, recientemente muerta. Recuerdo
una vez en la casa de la abuela cuando llegué y les pregunté a mis dos tíos que bebían sendos
vasos de vino: ¿Hubo baile anoche? Y ellos me respondieron: hubo baile.


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