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RAMÓN CESAR SUÁREZ, FUNDADOR DE MI CIUDAD

El hombre que cambió la historia del periodismo local



Edición Impresa » 01/08/2013

Nacido en Burzaco el 22 de enero de 1930, Ramón César Suárez supo desde pequeño que su pasión era el periodismo. Por eso, junto a los partidos de fútbol, las bolitas y todas las cosas que los chicos hacían en esa época para divertirse, “Coco” –ese era su sobrenombre- también disfrutaba pasándose tardes enteras en una vieja imprenta ubicada en la calle Mitre de ese pueblo, donde René Vallo fundó el diario “Tribuna” de Almirante Brown. El dueño de esa imprenta era una figura emblemática de aquella localidad: don Osvaldo Tarasmasco.

 

Siendo Coco un jovencito, editó su primera publicación: una revista de deportes y actualidad, y con solo 14 años, tuvo su primer trabajo, en la Cámara de Comercio de Adrogué, después fue empleado en un bazar, y luego, ingresó a la Compañía Italo Argentina de Electricidad.

 

Escribió en “Tribuna” y con el tiempo llegó a dirigirlo, siendo uno de sus dueños.

 

Llegó a Florencio Varela con su familia en 1947, y a los 23 años de edad fundó Mi Ciudad, cuya primera edición, también fue hecha en la imprenta de Taramasco. Dirigió “Mi Ciudad” hasta agosto de 1999, cuando decidió dejar el cargo a su hijo, Alejandro César Suárez, aunque nunca dejó de escribir en el diario.

 

Durante muchos años, integró y co-dirigió varias entidades periodísticas del país, como ADEPA, ADIRA, Noticias Argentinas y la Cooperativa de Prensa, participando de la fundación de las tres últimas.

 

Falleció el 29 de marzo de 2004, a los 74 años de edad.

 

En ocasión de rendirse un homenaje a su memoria, organizado por la Asociación Histórica Varelense, al año de su muerte, el inolvidable colega Romeo Rosselli manifestó: “me tocó compartir con Coco una etapa de nuestro país y el mundo que fue muy difícil. Coco marcó una línea y una conducta que vale la pena resaltar, y no lo digo desde la amistad, ya que no llegué a cultivarla con él intensamente, sino desde el desencuentro. Hemos estado en veredas opuestas, y hemos superado las diferencias que hemos tenido grandes grupos argentinos durante muchos años. El tenía un profundo respeto por la inteligencia, la capacidad y la decencia. Y uno, que defiende esta profesión, sabe que para ejercerla hay que tener esa preparación, una verdadera vocación de servicio, entendiendo que lo que hacemos si no le sirve a la gente no es periodismo, y un gran equilibrio emocional para tomar decisiones... Con Coco me encontré con un tipo que aunque pensáramos distinto en muchas cosas, coincidíamos en lo fundamental: él tuvo la virtud de lograr darle al diario una línea editorial clara y definida. Y pese a los momentos difíciles, Mi Ciudad resistió desde su conducta cualquier tipo de presión oficial o privada, manteniendo su personalidad e ideología con la firmeza de la convicción”.

A su turno, José Cristoferoni, recordado historiador, dijo: “Coco como amigo fue una excepción, un hombre que puede catalogarse muy simplemente: fue un hombre bueno. Y para eso hay que tener valores como la honestidad, la honradez, la lealtad y por sobre todo, la ética que él tenía. Sin habérselo propuesto, Coco se transformó en un maestro. Yo digo que no murió, que se fue de gira... Y allá nos encontraremos algún día para seguir manteniendo nuestro diálogo. Creo que Mi Ciudad, ese hijo que él parió el 22 de agosto de 1953, está en buenas manos. está en manos de su hijo Alejandro, que va a seguir el derrotero del padre porque es un señor con todas las letras”.


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