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Del “Gran Sur” al Bar del Gato”



Historias de Mi Ciudad » 01/12/2014

Por Carlos Straub

 

Hay lugares a los que la gente los recuerda no por su nombre oficial sino por como eran más conocidos. Así pasa con el ya desaparecido bar “Del Gato”, que cerró sus puertas hace casi una década y funcionaba en Monteagudo 319, casi Dr. Sallarés.
Inaugurado a mediados de los 40, este no era un bar cualquiera sino una especie de club casi exclusivo de los parroquianos que lo frecuentaban, quienes día a día poblaban sus mesas no sólo para beber algún trago o comer alguna minuta al paso sino para jugar a las barajas o a los dados, actividades netamente “ilícitas e ilegales” en el Florencio Varela de hace seis décadas, que ahora al rememorarlas mueven a una risa nostálgica.
Uno de sus dueños fue Meljem George Dau (77), mejor identificado como Jorge Dau para el resto, quien pasa sus días tranquilamente entre la familia y los amigos que ahora se juntan en la Agencia Hípica de la calle España. Bar y juegos otra vez relacionados como para no perder la costumbre.
“Ese bar -comienza diciendo Dau a Mi Ciudad- se llamaba “Gran Sur” y lo tenía Melzi. El petiso García le compró el fondo de comercio en 1958 y entonces me pidió que lo trabaje con él porque yo al bar lo conocía más que bien. Tanto, que empecé a frecuentarlo inclusive siendo menor de edad, a mis 17 años, en 1954, aunque estaba expresamente prohibido -dice guiñando un ojo- y ahí encontrabas siempre a Benito Sanz, Luis Ferreyra, un hombre de apellido Escaray, Miguel Lachovicz, Rodolfo Straub, el taxista Silvio, dueño de uno de los pocos taxis que había… Así que teníamos buena clientela, digamos fija…Abríamos antes del mediodía y cerrábamos siempre de madrugada y en esa época se lo conocía como “El bar de García”.
Por aquellos años, F. Varela tenía muchos más bares y la competencia directa era el Bar “Los Angelitos” al comienzo de Monteagudo, el bar ubicado en Monteagudo y 9 de Julio y, cruzando las vías, el bar “El Líbano”, de Florencio Ganem.
“Desde que abríamos servíamos café -explica Dau- y empezaban a correr los naipes que era el entretenimiento de la concurrencia hasta altas horas de la noche junto con la generala y siempre se jugaba por plata. En una época pusimos billar, siempre con la radio de fondo que acompañaba pero casi nadie la escuchaba. Trabajaba una señora, Marcelina, que hacía la comida, algunas minutas para los que llegaban a la hora de la cena, como el Doctor Albarellos al que le encantaban los sandwichs que le hacían e inclusive Marcelina cocinaba para mi que me quedaba directamente a dormir, ¿para qué iba a volver a casa si después tenía que abrir al rato casi de haber cerrado?”, se pregunta risueño.
Dau estuvo hasta 1963 pero volvió cuando el mismo lugar había cambiado de dueño nuevamente y lo regenteaba Alfredo Ferreyra, teniendo como único mozo al querido “Gato” quien rebautizó al bar, quedándose hasta prácticamente su lento y lánguido cierre en 2002, donde ya funcionaba en el primer piso porque abajo el dueño del edificio había alquilado para que funcionara una casa de colchones.
“Al abrir el Bingo en 2001 se perdió mucho la esencia del lugar, esa cosa única que supo tener en sus mejores años con los clientes de toda la vida, que si bien se iban renovando con el correr del tiempo eran muy queridos y fieles al bar, como Miguelito Haye, Cordo, Julio Alas, que era quien hacía las bromas como tirar petardos debajo de las mesas, Carlos Calvi, Sergio Bengochea, Raúl Dessy, Ricardo De la Fuente que venía a tomarse su cafecito…Pasaron tantos por ahí… Atilio Devincenzi, Facturita Vignola, Alfredo Luz, Raúl “Pishingo” Valle, “Milonguita” Cerignale…Un grupo selecto, algo así como un club que se formó solo, casi sin quererlo. Era muy raro ver que alguien entre a tomar algo y siga viaje como pasaba en otros bares, ahí no. Y ahora bueno… Ya casi ni me cruzo con nadie por la calle, fueron muriendo todos los muchachos que vivimos esos tiempos tan hermosos”, termina con un dejo de nostalgia por el ayer que se fue y que no volverá pero que le dejó no sólo a él y a la ciudad un recuerdo imborrable que supo latir en pleno corazón de aquella pequeña ciudad de Florencio Varela hace más de 60 años.

 

(Revista Extraordinaria de Mi Ciudad, diciembre de 2014)


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