ENTREVISTA

Susana Ruiz Díaz

Entrevistas » 01/08/2019

Nacida el 7 de enero de 1940 en Corrientes Capital, Susana Ruiz Díaz viajó con su madre a Buenos Aires cuando apenas tenía algo más de un año. «Mi mamá, que era huérfana de madre y padre, era una mujer muy de no quedarse, de salir adelante. Estábamos en una situación fea, de miseria, y decidió viajar para acá. Llegó a la casa de su comadre y al otro día ya tenía trabajo, como lavandera. Y me llevaba, porque no me quería dejar en ningún lado. Al año, vino también mi papá», nos cuenta. Casada con Carlos Barral, con quien tuvo dos hijos, Carlitos y Horacio, tiene tres nietos y posee una amplia trayectoria como maestra en varias escuelas varelenses: empezó en la 7 de La Carolina, donde muchas veces hizo la comida para sus alumnos más necesitados, y siguió en la Nro. 9 del Kilómetro 26,700, el Instituto San Juan Bautista, la Escuela Nro. 1, la Escuela Nro. 22 como Vicedirectora, la Escuela Nro. 26 como Secretaria, otra vez la Escuela Nro. 1, con Tita Palucito, hasta que se retiró… Pero un año más tarde, ingresó al Colegio San Francisco, donde trabajó por más de dos décadas. Cerca de sus ocho décadas de vida, se entretiene escribiendo y haciendo teatro leído con sus amigas de siempre, algunas veces, a beneficio. Nos recibió en su casa de Aristóbulo Del Valle y nos contó algo de su vida.

-¿Dónde vivían cuando vinieron a Buenos Aires?
-En Dock Sud, frente al club Nuñez. A los tres años tuve a mi primera hermana y a los seis, a la otra… Tres mujeres. En esa misma cuadra vivía una viejita a la que le decíamos la Abuela Hilaria. Cuando mi mamá tenía que salir, me dejaba con ella. Tenía una mesa con un mantel de terciopelo que tenía unas borlas y en el medio, una frutera. Todavía me parece sentir ese aroma.
-¿Cómo era esa «abuela»?
-Era el retrato de la viejita que estaba en la lata del té Masaguate. Con rodete blanco y anteojitos redonditos. Té en hebras. Recuerdo que yo hablaba mucho y le bailaba. Ella me decía «bailame, Susy…» y yo me iba debajo de la casa a jugar con un perro enorme que tenían atado, porque era bravísimo. Un día me buscaban y no me encontraban, y yo estaba con el perro, comiendo dulce de leche a cucharadas con él. Yo tenía unos cuatro años… Después nos mudamos más cerca de Ingeniero Huergo, a una casa un poco más grande, en la que también ayudaba a mi mamá, lustrando los zapatos, zurciendo medias, lustrando el calentador a querosén, haciendo mandados o cuidando a mis hermanas… Y tenía una amiga, Alba Rosa Castrelo, con la que a veces jugábamos, a la escondida, a las figuritas, a la rayuela y leíamos revistas…
-¿Cuándo se mudaron a Varela?
-Nos instalamos en Zeballos en 1955, cerca del puente caído. Me acuerdo el año porque el día de la Revolución estábamos en Dock Sud y veíamos los aviones pasar muy cerca. Me acuerdo de que me metí debajo de la cama… Y también nos empujó a Varela una inundación. Mi mamá agarró una funda muy grande, puso la ropa adentro y nos vinimos. Teníamos un terreno acá porque cuando mi papá estaba embarcado, mamá lo había comprado. Le dijo a mi papá «no traigas nada del viaje, traé la plata, porque compré un terreno». Cuando llegamos yo tenía quince años, y los pasé revoleando ladrillos, ayudando en la construcción de la casa, que tenía piso de tierra. Mi viejo, gran laburador, levantó la casa, con ayuda de sus compadres, hizo la instalación eléctrica… Se daba maña para todo… Y hasta nos hacía la media suela de los zapatos.
-¿Quiénes fueron sus primeros amigos en nuestra ciudad?
-Tito Rodríguez, Eva Pons, que iba a ser su esposa, y Lita Lallardi, la hermana de Eva. Al tiempo, Peto, que era compadre de papá, se fue al Cruce, y a esa casa, pegada a la mía, la compró un turco, que no sé si era turco o árabe, porque nosotros a todos les decimos turcos… Ese turco lo vino a ver a mi viejo y le dijo: «mire Don Florencio, yo tengo tres hijos varones y usted tres hijas mujeres, podemos hacer una linda familia». Quería casarnos con ellos… Y mi papá le dijo que no, claro. Encima había uno que estaba todo el día tocando la misma pieza en el bandoneón. El tango «La Payanca»… Y sólo se sabía un pedacito… Así que con mi hermana Nilda, que era terrible, nos trepábamos al paredón y le hacíamos burla. Escuchábamos que se quejaba a su mamá: «las chicas de al lado me están haciendo burla…» y ella le contestaba: «No haga caso, hijo, no haga caso. Siga tocando…».

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