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Gracioso Pilot



Historias de Mi Ciudad » 02/02/2024

Gracioso Pilot tiene 79 años, nació en Pordenone, Udine, Italia. Llegó a la Argentina y aquí, tuvo horno de ladrillos y fue carnicero.

Gracioso Pilot tiene 79 años, nació en Pordenone, Udine, Italia. Llegó a la Argentina y aquí, tuvo horno de ladrillos y fue carnicero. Vive en Villa Brown junto a su mujer Beatriz Cioffi con la cual tienen tres hijos y siete nietos. Es fanático de Estudiantes de La Plata y del fútbol en general, amante de los caballos y las carreras de sortijas.
Al llegar a su domicilio, me recibió Agustina, y me presentó a su abuelo, al que con un apretón de manos y mirándolo a los ojos le dije: «Encantada, ¿hace honor a su nombre?» y me respondió: «de chiquito» (risas).

-¿Cómo llegó a la Argentina?
Llegamos el 8 de diciembre de 1947. Mi papá Raimundo, mi madre Blanca Benedet, mi hermano Sergio de 11 años, y mi hermana María de 10. Yo apenas había cumplido en el barco los tres años. Decían que era el segundo barco después de la guerra. Ese viaje duró 23 días.
-¿Por qué decidieron vivir en Varela?
-Mi tío estaba viviendo en Lomas de Zamora y le consiguió trabajo a mi papá en una quinta en Monte Grande, pero solo estuvo seis meses allí porque no se ganaba mucho (solo le alcanzó para comprar un fuentón y una mesa usada). Averiguó a través de unos paisanos italianos que trabajaban en los hornos de ladrillo y decidió venir a Varela sobre la Monteverde a trabajar en el Horno Morassut Da Pieve (los hijos de Morassut eran los dueños del ex boliche Elsieland). Allí mi padre trabajó con mi hermano un tiempo hasta que nos fuimos a Hudson, a trabajar a los hornos de la Maltería. Mi mamá era cocinera ahí, porque era como una cooperativa, y mi hermana la ayudaba.
-¿Qué recuerda de su infancia?
-En Hudson estuvimos un año y medio. El 14 de julio de 1952 volvimos a Varela, al barrio San Francisco Chico hasta 1958. Acá era todo campo. Con mi papá salíamos a cazar perdices y liebres.Una tarde de 1955, serían las 16:30 más o menos, estaba merendando y de repente sentimos un zumbido fuerte, un avión que pasó muy cerca y algo había caído a 150 metros de casa. Yo le dije a mi mamá «una bomba», mi madre no quería creer. Salimos corriendo con mi hermana a ver, y efectivamente eran bombas. Blanca había encontrado en el camino dos chapitas, una decía que tenía 90 kg y la otra, 110 kg y que eran bombas de tiempo, cuando llegamos se veían los boquetes. Para alivianar al avión tuvieron que tirarlas para después poder disparar. Esa noche la policía nos mandó a dormir al barrio de enfrente, a un campo de frutales con unos galpones grandes, por una semana, hasta que hicieran explotar las bombas. Mi padre no quiso dejar su casa y no fue. Un día pasa la policía por allí y le dice: «señor, usted no tiene miedo? Y él le respondió: ¿qué miedo? ¡En Italia vi tantas bombas… tengo miedo de que me roben las gallinas!».

Me acuerdo también que asistíamos a desfiles y fiestas de domas. Nos íbamos en la amansadora a todos lados: a Lomas, Monte Grande. A la cancha de pato de Avellaneda. A la mañana desfilábamos y a la tarde corríamos sortija.
-Cuénteme de su paso por la Escuela 3 de Villa Mónica...
-Recuerdo que había un solo salón y cuatro grados juntos. Una maestra y una directora, que vivía en el fondo del colegio. Iba al colegio a pie, a caballo o en bicicleta y recorría unas 25 cuadras; sino también mi amigo Ricardo Cirinale me pasaba a buscar en caballo e íbamos juntos a estudiar. En 1958 terminé sexto grado y mi papá me preguntó qué quería hacer, si estudiar o trabajar. Y yo le dije trabajar.
-¿Qué hizo cuando terminó el colegio?
-Trabajé 27 años en los hornos. Acá mi papá era socio industrial, después ya éramos propietarios en La Capilla, enfrente del campo del Varela Junior. Colaboramos con donaciones de ladrillos para la Iglesia Santa Teresita de La Capilla, con la Comisaría 5ta, y donde está la salita era la Administración de la Colonia «17 de Octubre», en la época de Perón. Había muchos inmigrantes italianos, portugueses, japoneses, españoles. Cuando se terminó la tierra, se terminaron los hornos; había que irse a otro lado. Nos levantábamos a las tres de la mañana a hacer barro, a pisar el barro con las yeguas y los caballos. Me pongo a pensar: la cantidad de ladrillos que pasaron por estas manos… Millones. Los ponía en la hornalla para quemar, y después los descargaba cocidos… El colegio Sagrado Corazón se hizo con nuestros ladrillos.
-Hábleme de su adolescencia…
-Nos gustaba mucho ir a los desfiles de caballos, vestirnos de gauchos, participar de los festivales nacionales para las fechas patrias. Acá en Varela en la calle Pueyrredón y Tucumán corríamos sortija. En ese lugar nació el Fortín La Tropilla… Éramos como 20. El presidente era Cacho Pérez, el vice era mi hermano Sergio y después estaban Mannarino, el Ruso Renie, Coco Villar... Organizábamos reuniones, asados, fiestas… Y después corríamos en el playón de la estación.
-¿Cómo conoció a su mujer?
-Hace 60 años, ella era amiga de mi cuñada y la conocí en los hornos. Nos casamos y tuvimos tres hijos (Luis, Blanca y Víctor) y siete nietos (Agustina, Lázaro, Genaro, Amparo, Violeta, Fabricio, y Juanita). Y acá estamos, juntos. Pasamos muchas cosas…
-¿Qué hizo cuando dejó de trabajar en los hornos?
-Tuve una carnicería, un colectivo y un criadero de chanchos por ocho años. A los 70 años y después de una operación a corazón abierto, dije «basta de trabajar».

Me despido de Gracioso agradeciendo la entrevista. Un cálido saludo de Beatriz me llega al corazón y me traslada a un recuerdo con mi abuelo, otro inmigrante trabajador, solidario, al que también le gustaba contar historias, hacer chistes. Otra buena persona, que, como Gracioso, dejaron huellas en la historia de Varela.


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