Por Alejandro César Suárez | @alecesarsuarez
Pese a los deseos de algún sindicalista trastornado, otro diciembre pasó sin caos, piquetes ni saqueos.
Pese a los deseos de algún sindicalista trastornado, otro diciembre pasó sin caos, piquetes ni saqueos.
También contrariamente a lo que buscan los eternos conspiradores, que volvieron a fracasar siendo arrasados en las Elecciones, el país parece ir encaminándose hacia un tiempo de orden, previsibilidad y normalidad.
La sanción del presupuesto le da al gobierno una herramienta fundamental para profundizar los cambios que la mayoría del pueblo votó en 2023 y revalidó dos años más tarde. Otro de esos cambios deberá concretarse en estos meses, y se trata de la absolutamente necesaria reforma laboral.
En un país en el que no se crean puestos en el sector privado desde hace más de una década, y en el que el empleo informal ya llega al 40 por ciento de los trabajadores, no hace falta subrayar que el actual sistema quedó obsoleto y constituye un verdadero y gigante obstáculo a la generación de empleo.
Es tiempo de que la abusiva carga impositiva que pesa sobre empresarios y comerciantes, el discrecional y muchas veces mafioso comportamiento de algunos sindicatos, con paros y bloqueos salvajes y las descabelladas sentencias que terminaron por fundir a varias empresas, conseguidas en espurias connivencias entre abogados, peritos y jueces, dejen paso a una nueva concepción de las relaciones laborales, en las cuales los trabajadores mantengan sus derechos pero en las que sus empleadores no terminen siendo sus rehenes.
La reforma, que «el pueblo» como les gusta decir a los que sacan el tres por ciento de los votos pero se autoperciben representantes de la gente, apoyó en dos comicios sucesivos, deberá enfrentar mucha resistencia. Y es entendible. Porque en caso de concretarse y profundizarse, serán varios los que perderán su poder y privilegios.
En esa resistencia se unirán, una vez más, los acaudalados sindicalistas a los que nadie vio trabajar en su vida, los alfiles nacionales de la Izquierda cuyas ideas fracasaron en todo el mundo, y los resabios nostálgicos del populismo que empobreció a la Argentina durante más de medio siglo mientras su lideresa se robó millones de dólares y hoy tiene que pedir permiso para salir a tomar sol al balcón.
En ese lado también estará Axel Kicillof, cuya única idea para gobernar una provincia donde reina la inseguridad, la mugre y la pobreza, es seguir aumentando impuestos. Un soberbio aspirante a la presidencia de la Nación que, mientras llora públicamente por la falta de recursos, engorda a su claque de seudo comunicadores sobadores de lomo con la «pauta publicitaria» que pagamos todos los bonaerenses y se da el lujo de crear nuevos cargos, con sueldos millonarios, para sus «compañeros», como hizo en estas semanas nombrando al incompetente ex intendente de Florencio Varela y «Vacunado VIP» Julio Pereyra nada menos que como Director del Banco Provincia. Un gobernador que habla de Economía, y cuando fue Ministro, fue responsable, jactándose por su «hazaña» de una expropiación irregular, la de YPF, que metió al país en un juicio multimillonario cuyos costos aumentan cada día.
La batalla es cultural. Pero principalmente es política. Y habrá que darla con convicción y coraje. Defendiendo la fuerza de los votos, para ir hacia adelante y enterrar un pasado de repetidos fracasos.