Por Federico Ahrtz.
En Florencio Varela hablamos de inseguridad, de baches, de luminarias, de obras que se inauguran tres veces. Pero hay un territorio que casi nadie mira, aunque define el futuro de miles de chicos: la nutrición infantil.
En Florencio Varela hablamos de inseguridad, de baches, de luminarias, de obras que se inauguran tres veces. Pero hay un territorio que casi nadie mira, aunque define el futuro de miles de chicos: la nutrición infantil. Y lo que no se mira, se pudre. Lo que no se mide, se agrava. Lo que no se articula, fracasa.
Durante años señalamos que, pese a tener una Secretaría de Salud con área de nutrición, una Secretaría de Educación con estructura propia y un Consejo Escolar con presupuesto y proveedores, el Ejecutivo Municipal de Florencio nunca construyó un programa alimentario local serio, estable, evaluable y articulado. No por falta de diagnósticos, ni de profesionales, ni de datos. Por falta de decisión política.
Mientras la ENNyS2 confirma que la malnutrición infantil en Argentina combina déficit y exceso, mientras UNICEF advierte que los ultraprocesados dominan la dieta de los sectores más pobres, mientras el ISEPCi mapea barrios enteros con sobrepeso infantil y anemia, la gestión ejecutiva municipal siguió sin un plan propio.
Ahora, querido vecino y vecina, la situación se agravó, la Provincia suspendió el sistema de módulos alimentarios del servicio alimentario escolar (SAE) por resolución oficial, que el municipio conocía de antemano. Esto deja a más de 55.000 familias varelenses sin el único refuerzo alimentario estable que recibían desde la pandemia.
Según informantes off the record, Watson ya estaba al tanto de la medida y, como todo político ventajero, se apuró a coronar el anuncio de que el municipio «se haría cargo» del sistema alimentario, antes de que la resolución provincial se hiciera pública.
Ventaja, querido vecino y vecina, no una estrategia, no una mirada integral sobre lo que significa la alimentación en la escuela pública, no un proyecto, no un programa, no una mirada para mejorar los desaciertos nutricionales que poseía el módulo alimentario. Décadas sin política alimentaria estratégica y, mientras tanto, los proveedores, los de siempre, siguen definiendo qué comen los chicos, no los nutricionistas, no las escuelas, no la comunidad. Eso, vecino, es una renuncia política.
Sí, queridos vecinos y vecinas, la pregunta que duele, si tenemos estructura, profesionales, universidades, datos nacionales y provinciales, décadas de experiencia acumulada y un territorio que conoce sus necesidades. ¿Por qué Florencio Varela no tiene un Programa Alimentario Local?
La respuesta es incómoda, pero evidente, porque la gestión local eligió no construirlo, porque la articulación interinstitucional nunca fue prioridad, porque la política alimentaria no da votos rápidos, porque la improvisación es más fácil que la planificación, porque la mesa chica se llena de leales, no de capaces. Y mientras tanto, la infancia paga la factura
La comunidad lo sabe, cuando una política existe, se nota, cuando no existe, la gente lo dice. Los vecinos preguntan ¿Cómo puede ser que haya nutricionistas, escuelas, comedores… y nadie coordine nada? ¿Cómo puede ser que después de décadas no tengamos un programa alimentario municipal? ¿Cómo puede ser que la alimentación, base de la salud, no sea prioridad? La respuesta es simple y brutal porque estamos gestionados por una estructura que no articula, no evalúa y no escucha.
Queridos vecinos y vecinas, no estamos discutiendo calorías. Estamos discutiendo el futuro. La malnutrición infantil no es un problema técnico, es un problema político, es un problema moral, es un problema de prioridades. Un municipio que no puede garantizar estándares nutricionales básicos para su población escolarizada es un municipio que renunció a su responsabilidad más elemental, cuidar a su infancia.
Este Florencio Varela que no miramos es el que más duele, el que naturaliza que un chico desayune galletitas todos los días, el que acepta que los proveedores definan la calidad de la comida escolar, el que no articula salud con educación, el que no mide, no evalúa, no corrige, el que se indigna por un bache, pero no por un niño con anemia.
Ese es el Florencio Varela que no miramos y es hora de mirarlo de frente, porque la malnutrición infantil no espera, porque la infancia no vota, pero sí enferma, porque un municipio que no alimenta bien, no gobierna bien.
Como decía una organización comunitaria: «Para que los niños de nuestra comunidad coman mejor que las mascotas de los funcionarios públicos.».