Por Lic. Claudia Elena Rial
En el barrio de Santo Tomás, en una casa rodeada de plantas, huertas, perros, pájaros y un loro, nos recibe con café y facturas Margarita Isabel Bravo (70).
En el barrio de Santo Tomás, en una casa rodeada de plantas, huertas, perros, pájaros y un loro, nos recibe con café y facturas Margarita Isabel Bravo (70).
Casada hace 54 años con Tadeo Antonio Ocampo (78), formó una familia con sus dos hijos: Nancy y Javier; sus cuatro nietos: Antonella (27), Fabricio (22), Gabriel (10), y Eugenia (8). Su nuera Silvia y su yerno Ernesto forman parte de esta unión familiar con la que viven brindando tanto amor.
Su historia, sin embargo, va mucho más allá de la vida cotidiana. Es un recorrido atravesado por la fe, la solidaridad y episodios que, para ella, no tienen otra explicación que lo divino.
Isabel fue peluquera durante más de cuatro décadas. Hoy, aún con algunas dificultades físicas, sigue atendiendo en su casa, acompañada por su hija y su nieta. «Mientras pueda, voy a seguir. A la gente le gusta venir, charlar… eso también cura», cuenta.
Pero su verdadero motor parece estar en otra parte.
Desde hace años, junto a su marido, junta ropa, alimentos y todo lo que puede para llevar a pequeños pueblos de Catamarca. »Siempre fui así. Si tengo algo, lo doy. Porque yo también necesité», recuerda. Su infancia no fue fácil: su padre perdió un brazo en un accidente laboral y ella comenzó a trabajar desde muy chica.
-¿Por qué Catamarca?
-Mi marido es de Andalgalá. Vino acá en el ´69 buscando trabajo. Alquiló una casita detrás de la mía, y así nos conocimos. Nos pusimos de novios y en el ´72 nos casamos. Yo tenía 16 años.
En el 2000 compramos una finca con nogales de más de 90 años; hicimos sacar e injertar otros y ahora tenemos más de 60 nogales con nueces de calidad que vendemos. En la pandemia hicimos la casita y vamos siempre. Entonces durante el año juntamos de todo: ropa, alimentos, calzados, cosas lindas que nos dan los vecinos y entramos en los pueblitos golpeando las manos para ofrecerlas.
-Sin embargo, hubo algo en tu vida que marcó un antes y un después... ¿qué pasó?
-Cuando mi sobrino Dieguito tuvo leucemia, los vecinos me ayudaron como nunca imaginé. Llenaron mi peluquería de donaciones, hicieron rifas, venta de empanadas, tortas, bingos en la capilla, y le juntamos dinero. Estaba muy mal, se moría. Y mis vecinos venían a ayudarme. Ahí entendí algo. Sentí que Dios me estaba mostrando el camino, dice, con los ojos brillosos.
-Otro sobrino de mi marido, Juanjo, también estuvo muy grave a raíz de un asalto donde le pegaron un tiro en el pecho. Internado con respirador en Capital para las fiestas… fue terrible… simultáneamente salíamos de un hospital a otro… también los vecinos hicieron de todo para ayudarlo, tenía hijos chiquitos…
Otro día, yo estaba trabajando en la peluquería y siento que una chica (Gisela, sobrina de mi marido) grita: «tía, tía, tía», salgo corriendo y la veo con su bebé (Kevin) de un mes, muerto en sus brazos. Me lo da y ella se tira al piso gritando y llorando desgarradamente. Mis clientas me decían: «movelo, sacudilo». Entonces, lo puse en mi brazo y dije: Dios, ¿qué hago? Automáticamente cerré mi puño y suave se lo puse en la boca del estómago. Abrió los ojos, pero no respiraba. Mi marido sacó la camioneta y lo llevó al hospital.
Cuenta Tadeo, que, en camino, no sabe cómo ni por qué aparece una moto de policía que lo hizo entrar por una calle de contramano al hospital. Al llegar, ya tenía la puerta de emergencia abierta y en ese instante el bebé pegó el primer grito.
«Kevin ahora tiene 17 años, Dieguito tiene tres hijos y Juanjo también se salvó. Fueron milagros de Dios».
Y así nos sigue relatando historias emocionantes como el caso de otro bebé, hijo de su sobrina Elizabeth que nació con problemas intestinales. Internado en el Güemes con tan solo unos meses de vida. Ella iba los domingos a quedarse a dormir y cuidarlo mientras su mamá podía atender a sus otros hijitos. En terapia intensiva, una noche el bebé gritó tan fuerte que los médicos corrieron a su lado. Elizabeth sin esperar hasta el lunes, fue al hospital. Los médicos dijeron: «ustedes, ¿creen en Dios? Al nene se le hizo todo lo posible. Recen, pídanle a Dios porque otra cosa no podemos hacer».
Estuvo internado once meses. En noviembre cumplió 18 años.
Desde entonces, su compromiso con los demás se volvió casi una misión.
- ¿Y vos que pensás Isabel?
- Lo que yo pienso es ¿por qué estoy siempre en el medio?
Una vez, la mamá del Dr. Canullán me hizo pensar también. Resulta que un día traemos a mi suegra de Catamarca descompuesta en el avión. Ella no estaba bien. Era fin de semana y al ver que empeoraba llamamos al Dr Canullán. Nos atiende su madre, también doctora. Al entrar me dice: «Nena, no te conozco a vos», mientras caminábamos al consultorio le digo: «yo soy la tía de Dieguito Bravo» y ella respondió: «ya sé por qué se salvó tu sobrino».
Mientras atendía a mi suegra, la doctora me miró y me preguntó: «¿nena, a vos que te pasó a los 17 años que te marcó con tanto dolor?». Respondí: «perdí un bebé». »¿Y a los 35?» «Murió mi mamá». Yo soy única hija mujer, y su partida me dolió muchísimo. «¿Y a los 42, que te pasó que te cambió la vida para bien?» Nació mi nieta Antonella, la luz de mi vida, ella hizo que yo supere la muerte de mi mamá. Al despedirnos ese día, le dice a mi marido: «Cuídenla, ella tiene espíritu para todos».
Episodios así se repiten en su relato: sobrinos que se recuperan de enfermedades graves, tragedias, encuentros inexplicables.
El más fuerte, quizás, ocurrió durante un viaje a Catamarca.
Isabel, contanos ¿Cuándo fue y qué pasó en ese viaje?
-Fue hace diez años más o menos, un 29 de julio, de día. Viajábamos hacia Catamarca como siempre. En la autopista de Rosario-Córdoba manejaba Tadeo y yo iba seleccionando CDs para cambiar la música. En eso veo de reflejo que nos pasa un auto oscuro a toda velocidad. Y de repente nuestra camioneta, tipo Kangoo, se desvía al costado de la ruta y comenzamos a dar vueltas, llevándonos de todo por el camino, hasta árboles. Yo le gritaba: «¡agarrate, agarrate!». Al parar, la camioneta quedó dada vuelta, y él me gritaba a mí: «¿estás bien?». Estábamos los dos conscientes. Mi marido estaba shockeado. Me saqué el cinturón de seguridad y traté de sacarlo por «una puertita que había». No podía. Entonces me agaché y salí. En eso veo que viene corriendo un muchachito de unos treinta y pico de años, con el pelito larguito, finito, ondulado, con barbita…era un camionero que llamó al hospital. Él me ayudó a sacar a Tadeo. Cuando salgo, había vidrios, me resbalé y me esquincé el pie. Vino la ambulancia. Nos revisaron sorprendidos por estar de pie y caminando frente a tal accidente. Cuando el camionero se estaba yendo, lo miré y le dije: «vení, vení, dame la mano. Gracias por todo» y él dándome su mano me dijo: «vas a estar bien». Yo lo miraba y veía en él a Cristo. Al rato llegan al hospital dos bomberos y dicen: «la gente del accidente traía mucha ropa, la juntamos toda y la dejamos dentro de la camioneta y encontramos este rosario de madera que vinimos a traerlo». Nosotros que estábamos ahí le dijimos: «somos nosotros», a lo que respondieron: «no puede ser…» No teníamos nada, solo golpes. Eso también fue un milagro…
-Lo extraño vino después: la puerta por la que decís haber salido «no existía» en el vehículo… ¿qué habías visto?
-Nos volvimos en el auxilio que acarreó la camioneta. Al llegar mi hija sorprendida me preguntó más de una vez: «¿por dónde salieron ma?» a lo que yo le respondía: «por la puertita, así en v al revés».
Mi hija me llevó a ver la camioneta. Estaba destruida. No tenía ninguna puertita así. Adentro de la camioneta había fierros y un pedazo de árbol. Yo lo cuento ahora y me emociona… ¿Cómo sacamos a mi marido? No sé.
-Tu hija tuvo un sueño la noche anterior al accidente… ¿Con qué soñó?
-Sí, me lo contó después. Soñó que entraba a una iglesia, donde había un padre dando la misa a mucha gente y al pasar vio una virgen con un manto fucsia que cubría a todos los fieles. Un manto así, triangular, como la puertita que vi en el accidente.
Mi hija conmocionada buscó esa virgen con ese color de manto y me dijo: «mamá, esa virgen es peruana, la buscamos, la encontramos… es la Virgen de la Puerta».
«Yo creo que ella nos salvó», dice sin dudar.
Para Isabel, todo está conectado.
«No sé por qué me pasan estas cosas a mí. Pero siento que hay algo. Algo que nos cuida, que nos guía», reflexiona.
A pesar de los dolores, las pérdidas -como la de un hijo en su juventud- y los golpes de la vida, su mensaje es claro y sencillo: «Hay que hacer el bien sin mirar a quién. Eso vuelve. Siempre vuelve.»
«Yo creo en todo… en Dios, en la Virgen, en la energía, en el amor. Pero sobre todo creo en las personas. Porque cuando uno da, siempre, de alguna manera, recibe.»
Antes de despedirnos, llega de trabajar Tadeo (masoterapeuta). Enseguida Isabel prepara un rico café, unas masitas, facturas, una bolsita con nueces de obsequio… y una charla con su marido nos invita a quedarnos unos minutos más. Mientras conversamos, su historia envuelta de amor y milagros, nos deja una enseñanza escrita en el alma: que la fe lo puede todo, que incluso en medio del caos, siempre hay lugar para la esperanza. Nos vamos con la sensación de haber sido parte, aunque sea por un instante, de algo profundamente humano. En sus palabras, en sus gestos sencillos, en la calidez de su hogar, entendemos que hay historias que no solo se escuchan: se sienten, se abrazan, y se llevan para siempre en la memoria y en el corazón.