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Myriam Peiti y los recuerdos del CINE PALAIS



Historias de Mi Ciudad » 01/11/2026 01/11/2026

Myriam Peiti acaba de cumplir 88 años y nos contó sus recuerdos sobre el viejo Cine Palais, que fue el primer cine de Florencio Varela y con el que tuvo una especial relación, ya que su padre.

Myriam Peiti acaba de cumplir 88 años y nos contó sus recuerdos sobre el viejo Cine Palais, que fue el primer cine de Florencio Varela y con el que tuvo una especial relación, ya que su padre. Juan Carlos Peiti, trabajó en ese lugar donde se juntaban chicos y grandes para disfrutar de las grandes películas de ayer.
Cuenta Myriam a Mi Ciudad: «En particular yo recuerdo la época en que el dueño era Ernesto Mayol y Zapiola, propietario además de unos campos sobre la antigua avenida Sarmiento, donde hoy día existe un barrio que se conoce justamente como el barrio Mayol. Era todo un personaje, con su barba y su nariz aguileña, usando además del sombrero un poncho sobre los hombros. Tenía una personalidad muy especial. En una época, durante el gobierno peronista, se prohibieron los nombres extranjeros. Entonces Mayol cambio el nombre del cine, que pasó a llamarse: CINE DE LOS GENERALES JOSÉ DE SAN MARTÍN Y MATORRAS Y JOSÉ MATIAS de ZAPIOLA Y LEZICA, este último compañero de San Martín en su regreso al país y ancestro del propietario del cine». Mi padre trabajaba para Mayol como administrador del cine. Además, al lado del cine mi padre tenía un comercio donde vendía artículos para electricidad, electrodomésticos y se hacían reparaciones de radios y luego de televisores. Hasta mucho tiempo después en que cerró el local, estuvo el cartel que decía: Casa Peiti.
Continíua Myriam: «El cine convocaba cada fin de semana a mucha gente del pueblo, con tres funciones; Sábado a la noche, domingo a la tarde y domingo a la noche. Tal como era costumbre en esos tiempos, se exhibían dos películas, variedades y un noticiario con los hechos salientes generalmente del país. Tenía plateas en planta baja y pullman arriba, además de los palcos, que siempre eran ocupados por las mismas familias. A la gente del pueblo se sumaron alrededor del año 46 o 47, muchos belgas que también se hicieron asiduos concurrentes a las funciones. Se accedía a la sala a través de una puerta tapizada en cuero mullido, los cortinados de pana verde cerraban cuando comenzaba la película. En invierno a veces se encendían las salamandras que estaban debajo y en cada costado de la pantalla. Cuando la luz se apagaba, las salamandras brillaban como si fuesen los ojos rojos de un dragón. Cuando se apagaba la luz, desde la sala de proyección, a través de un cuadrado de 15 por 20, salía un haz de luz color azulado. Y nos sumíamos a la magia del cine».

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