Ninguna hoguera



Editorial » 01/11/2026 01/11/2026

No vamos a descubrir nada si decimos que a ningún gobierno le gusta el periodismo cuando es ejercido como se debe y no como un apéndice propagandístico y adulón de la acción de los funcionarios.

No vamos a descubrir nada si decimos que a ningún gobierno le gusta el periodismo cuando es ejercido como se debe y no como un apéndice propagandístico y adulón de la acción de los funcionarios.
Quienes ejercemos esta profesión sabemos que en la medida en que denunciemos e investiguemos a quienes están en el poder, estaremos expuestos a su descontento.
En la Dictadura, firmar una denuncia podía significar la detención o directamente la desaparición y muerte de un periodista.
La Democracia trajo otros métodos más sutiles para intentar callarnos. En 2005, Alfonsín hizo detener a doce personas, entre ellas a tres periodistas, denunciando un «intento de golpe de Estado». Durante su mandato, Menem inició decenas de querellas contra trabajadores de prensa y medios que lo investigaron. Pero en 1997 volvió la violencia y la difusión de una foto le costó la vida a José Luis Cabezas.
Durante el kirchnerismo, se disciplinó a los periodistas con el arbitrario reparto de la pauta oficial, se crearon multimedios partidarios pagados con el dinero público, se hostigó a los críticos a través de engendros como 6,7,8 y hasta se instó a niños a escupir fotos de algunos de los más destacados hombres y mujeres de prensa del país.
Ahora, la catarata de insultos a quienes realizaron investigaciones sobre su persona y sus actos de gobierno desplegados por el presidente Milei desde su asunción superó no ya los límites de la tolerancia, sino que roza lo delictivo. ¿De qué otra forma puede interpretarse que en un acto público con una servil platea de focas aplaudidoras se identifique a periodistas con nombre y apellido acusándolos de golpistas para minutos más tarde decir «a los hijos de puta se los debería quemar en la hoguera»? ¿Qué tan lejos están esas expresiones de constituir una amenaza pública y por lo tanto alcanzada por el Código Penal?
Los exabruptos verbales de Milei siguen escalando desde hace meses. Las descalificaciones van desde «cortos intelectualmente», «ensobrados», «mentirosos seriales» y «basuras» hasta el más escatológico «soretes». Y algunos hasta se tornan internacionales, cuando alcanzan a presidentes y periodistas de otros países. Pero no puede ni debe normalizarse que la máxima autoridad de la Argentina tenga un discurso tan violento. El peso de su representatividad es proporcional a la gravedad de sus palabras. Cuando desde el máximo atril del país se señala a alguien, se lo expone con un riesgo cuyas consecuencias nadie puede predecir.
Milei debería saber más que nadie que fue gracias al periodismo libre que se descubrieron cientos de casos de corrupción. Fueron las investigaciones de los Jorge Lanata, Hugo Alconada Mon, Diego Cabot y muchos otros los que llevaron a los tribunales y a la cárcel a delincuentes como Cristina Kirchner, Amado Boudou, Julio De Vido y otros secuaces. Y claro, también fueron esos y otros colegas los que descubrieron el «milagro americano» de Adorni y las excursiones aéreas de Espert.
Porque esa es la tarea del periodismo; mostrar lo que el poder quiere ocultar. Y hablamos de periodismo en serio, no de operadores, que los hubo, los hay y los habrá, porque nuestra profesión tampoco es un convento de carmelitas descalzas.
Que lo entienda Milei y todos los que haga falta: el tiempo de llevar a la hoguera a los disidentes ya pasó.
Ninguna hoguera va a poder quemar la fuerza de la verdad. La historia de la humanidad es la prueba más contundente de esto.


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