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ENTREVISTA

Myrta de Grinstein



Entrevistas » 01/03/2013

Después de años de escribir mal su nombre, aprendimos que va con “y”, y no con “i”.

Myrta Reisner nació un 26 de junio en la ciudad de Buenos Aires, -coqueta, se reserva el año- y, además de haber sido la esposa del inolvidable Dr. Adolfo Grinstein, siempre compartió con él su amor por la solidaridad. Madre de dos hijos, la reconocida Marisa, autora de “Mujeres Asesinas”, y Gerardo, y abuela de dos hermosas niñas, esta querida vecina de Zeballos ganó el Premio “San Juan Bautista” –cuya comisión ahora integra-  y es una activa colaboradora de los Talleres Protegidos “Luis Castaldo”, el Hogar Beatriz Castex, -”Quiero a esos muchachos como si fueran mis hijos”, nos dice- el Centro Cultural Sarmiento y AMEJU (Asociación Médicos Jubilados de la Provincia de Buenos Aires), además de haber sido parte de V.A.R.E.L.A. (Vecinos Autoconvocados para recordar el luminoso ayer), impulsora del primer Jardín de Infantes de Villa del Plata y de tener una extensa carrera como docente durante la cual se destacó por ir mucho más allá de la currícula, para influir positivamente en la vida de cientos de alumnos. Café y masas de por medio, Myrta nos abrió las puertas de su hogar, en la calle que lleva el nombre de su esposo, y donde también tiene tiempo para atender a dos perros y dos gatos. Ahí contó parte de su vida para compartirla con los lectores de Mi Ciudad.

 

 

 

-Empecemos hablando de su infancia…
 

 

-Nací en la calle Azcuénaga, de Capital, en el Sanatorio Otamendi, que estaba al lado de mi casa. Mi papá era médico dermatólogo y profesor en la Facultad. Mi mamá era profesora de Francés, pero como se estilaba entonces, al casarse dejó ese trabajo, algo que ella siempre le recriminaba a mi padre. Cuando era viejita, me contó que tenía dos libretas de casamiento. Porque ella estaba enamorada de mi papá y mis abuelos querían que se casara con otra persona, así que se casó en secreto. Y años después, cuando mis abuelos entendieron por fin que nunca iba a casarse con quien ellos querían, se volvió a casar con mi papá. Por eso, todos los 19 de noviembre él le mandaba a ella un canasto de gladiolos, y ella decía que era “una fecha muy especial”, sin explicarnos por qué.

 

-¿A qué jugaba?
 

 

-Juegos inocentes, las muñecas… Ya quería ser maestra, y les leía cuentitos a los otros chicos. Mi hermano jugaba a las bolitas. Cuando tenía 4 años nos mudamos a La Plata. Por eso hice primaria y secundaria en la Escuela Dardo Rocha.
 

 

-Después se recibió de maestra…
 

 

-Sí. Me recibí con 9,80 de promedio y asistencia perfecta. Me nombraron en La Plata, con dos grados. Tuve un alumno, Bordagaray era el apellido, que era un genio, y el padre no quería que siguiera estudiando. Me decía que él ya tenía todo arreglado para que al terminar la primaria, trabajara de peón de panadería. Y yo le decía que ese era un trabajo honorable, pero que el chico estaba para más… Y así, todos los días le mandaba notas. La directora me dijo “pará, que este hombre va a venir y te va a dar una trompada”. Pero yo insistía. Hasta que vino, y me dijo: “está bien, si usted quiere que siga estudiando, hágase cargo, pero yo no pienso pagarle nada”. Le dije que yo no pensaba cobrarle, que sólo quería prepararlo para el ingreso en la secundaria. Lo preparé, entró… Después fue Contador Público Nacional, y también Doctor en Economía. El padre estaba orgulloso y agradecido. Durante muchos años, me mandó, a mi casa paterna en La Plata, un ramo de flores para el Día del Maestro.
 

 

-A ese chico le cambió el destino…
 

 

-Y, sí. Siempre trabajé con mucho amor.
 

 

-¿Cómo conoció a Adolfo?
 

 

-Me invitaron a una fiesta en Capital, un “asalto”, y no quería ir. Pero tanto me insistieron, que fui. Ahí lo conocí. Era uno de los invitados, ya era médico, y tocaba el piano maravillosamente. Era un gran concertista. Además, era un genio, un erudito. Con él podías hablar de cualquier tema.
 

 

-¿A usted ya le gustó?
 

 

-Yo lo admiraba. Y le conté a mis padres que lo había conocido. Pero no pensaba aún que iba a ser mi novio… Hasta que pasó algo insólito. A los pocos días, consiguió mi teléfono y me llamó. Me dijo “Myrta, yo trabajo de lunes a sábados, así que solo puedo verte el domingo. Entonces, este domingo voy a ir a comer a tu casa y conocer a tus padres”. Yo no entendía nada… El llamado me sorprendió muchísimo. Se lo conté a mi padre, y me dijo: “¡Pero qué caradura este muchacho!”… Y vino. Trajo unas masas, almorzamos, y después fuimos a caminar al zoológico. Cuando volvimos, mi papá le dijo “Es momento de que se vaya”, y lo acompañó a la Estación a tomar el tren. Después de eso, empezó a llamarme todos los sábados, para decirme que al otro día iba a ir a casa a comer.
 

 

-¿Ya eran novios?
 

 

-No… Ibamos a caminar, al zoológico, pero él no me había dicho nada. Hasta que una vez, me dijo que también iban a venir a comer sus padres, llegados de Rosario. Y cuando vinieron, la mamá me miró y le dijo: “¡Qué linda que es tu novia, Adolfo!”… Y yo ni sabía que estaba de novia. Cuando se lo pregunté a él, Adolfo me contestó: “Sí que somos novios, si no, no saldríamos”…
 

 

-¿Cómo siguió la historia?
 

 

-Cuando mi futuro suegro cumplió 60 años, nos invitó a Rosario y mi padre me dejó ir solo porque fuimos con el hermano de Adolfo y su esposa. A la noche, mi suegra me abrió de golpe la puerta de mi habitación varias veces preguntándome “¿Qué tal, estás bien?”… buscando “pescar” algo. Pero no iba a pescarnos en nada. Adolfo era muy respetuoso, y éramos una pareja de las de antes. Yo me moría de risa…Para noviembre de ese año, y a unos nueve meses de conocernos, él ya quería casarse. Pero yo no quería faltar a la Escuela, y esperamos hasta enero. Y, en 1970, vinimos a vivir a F. Varela. Cuando vine, en La Plata me preguntaban si estaba segura de lo que estaba haciendo, pero la verdad es que si hubiera tenido que irme con él a la Quebrada de Humahuaca, también me hubiera ido.
 

 

-¿El ya tenía el consultorio en nuestra ciudad?
 

 

-Sí. Además de psiquiatra, Adolfo era clínico, el médico del barrio, y atendía en una casilla muy humilde. Después alquiló una casa frente a la Estación.
 

 

-El de su esposo es uno de los casos más especiales de la historia de los médicos locales. Pasaron varios años de su muerte y todavía la gente lo recuerda con gran cariño…
 

 

-Era una persona muy especial. Iba a atender a sus pacientes a caballo, en carro, en mitad del barro… No tenía sábados ni domingos, ni feriados, ni horarios. Llevaba medicamentos que la gente no podía comprar, no les cobraba a los que no podían pagarle… Y rechazó muchos ofrecimientos para irse a trabajar a Capital, que podrían haberlo enriquecido. “Yo a mi gente no la dejo”, me decía siempre.
 

 

-¿En qué momento usted empezó a trabajar en Varela?
 

 

-Yo después de casada seguía en la Escuela 9 de La Plata, hasta que me pedí el pase a la Escuela 2, de Zeballos, que estaba en el edificio del actual Instituto de Formación Docente Nº 54. La directora era Felicitas Isolabella. Yo no conocía a nadie… Pero me adapté y llegué a querer mucho a ese colegio, en el que en su momento pedí un segundo piso, que, cuando se edificó, pasamos a dar clases al Club Zeballos, para no atrasarnos.
 

 

-¿Quiénes fueron sus primeros amigos en esta ciudad?
 

 

-La primera familia que conocimos fueron los Galtieri, que vivían cerca de casa.
 

 

-¿Después pasó a la Escuela 15 de Villa del Plata?
 

 

-Sí. Fui como vice directora titular y directora interina, y después fui directora titular por 20 años. Tengo hermosos recuerdos de esa escuela, en la que trabajé con una profesional maravillosa como es María del Carmen Tanga, una asistente social que cumplía su trabajo con una gran responsabilidad. En esa escuela, el 80 por ciento del alumnado vivía en villas. Y recorrimos esas villas muchas veces.
 

 

-¿Nos puede contar alguna anécdota de esa época?
 

 

-Había  un asentamiento muy grande, sobre las vías del Kilómetro 40, con muchos chicos de 12 o 13 años que nunca habían ido a la escuela. Fuimos con María del Carmen y hablamos con un hombre que tenía más de diez hijos, todos indocumentados. Nos decía que no sabía las edades, que no tenía sentido que estudiaran –”¿Y pa´qué?” nos preguntaba- y que él no podía comprarles útiles ni zapatillas… Le dijimos que nos íbamos a ocupar de todo… Que si los chicos se anotaban en el Registro Civil y en la Escuela, él iba a recibir un subsidio… Y nos dijo “Ah, sí, entonces sí, yo por un “suicidio” me casoreo y todo”… Cuando esos chicos finalmente aprendieron a leer y escribir tuvimos una gran satisfacción.
 

 

-Nómbrenos a sus amigos…
 

 

-A ver… Los de la escuela primaria, Blanca Velilla, Susana Santillán, Beatriz Soria y Maruca Azar, que murió en Posadas. De Varela, Gladys Borsani, la familia Spagnol, la familia Negri, los Chinicci, Nelly Juan María Melzi, Lidia Rosón, Naida Helvert, Lyda Borelina, la familia Basta, María del Carmen Canda, Josefina Guastella de Simón, Rodolfo Briata, Angélica Vaccaro de Hermida, Silvia Barzi, Angela de Gerardini, Graciela y José Trodella, Mary Pontín, y toda la gente de las comisiones en las que trabajo.
 

 

-¿Qué le diría a Dios si lo tuviera enfrente?
 

-Que todo lo que hice y hago, es con muchísimo amor. Me gusta que la gente sea feliz, y poder vivir ayudando. Quiero seguir siendo útil, poder ayudar a los demás. Y le pediría poder ver crecer a mis nietos.


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