ENTREVISTA

Roberto Lambardi

Entrevistas » 01/12/2018

Como muchos varelenses de su generación, Roberto Lambardi nació, el 18 de julio de 1950, en el consultorio de la famosa partera Doña Tomasa, que funcionaba en el número 250 de la calle ahora llamada Dr. Sallarés. Es hermano de Ricardo y está casado con Liliana Aón, con quien tiene cuatro hijos y cuatro nietos. Integrante de la comisión directiva de los Bomberos Voluntarios, se dedicó al automovilismo durante once años, logrando consagrarse campeón en 1978, y durante toda su vida trabajó en lo que lo apasiona: mecánica del automotor, estando desde hace décadas al frente del conocido taller de Rivadavia y Estados Unidos, de nuestra ciudad. Con él dialogamos obligándolo a hacer un alto en sus tareas, para que nos cuente algunos de sus recuerdos.

-¿De qué trabajaban tus padres?
-Mi mamá era ama de casa, y cuando era joven trabajó en Orbea. Mi padre también trabajó en Orbea, y después andaba en los colectivos que tenía mi abuelo, que eran escolares, y los fines de semana hacían viajes a Luján, a Punta Lara y a otros lados. Mi abuelo llegó a tener cinco o seis.
-¿Tu abuelo era argentino?
-Sí. Hijo de italianos.
-¿A cuántos abuelos conociste?
-A mi abuela paterna, Teresa Draghi, que era la esposa de Juan Lambardi, y por el otro lado, a mi abuela María Rosa Bonacalza, casada con Videberregain, fallecido antes de que yo naciera.
-¿Qué nos podés contar sobre esas abuelas?
-Mi abuela Teresa era algo fuera de lo normal. Tenía cerca de 70 años y se subía a la escalera a pintar el patio de la casa, o la cocina. Era una mujer muy moderna, una vieja divina y muy compañera.
-¿Qué recordás de tu infancia?
-Me acuerdo cuando aparecieron los primeros televisores en el barrio. Uno era de mi abuelo Juan, el otro era de Ferrari. Venían los vecinos a verlo y ponían las banquetas hasta que se terminaba la transmisión. A veces nos íbamos a pasear con mi viejo a Punta Lara o al río de Quilmes, a Ezeiza, a ver los aviones, o al Tigre, y nos decía «vamos a llegar tarde para ver la Patrulla del Camino o el Cisco Kid».
-¿A qué jugabas?
- Jugábamos a la pelota en un terreno que estaba enfrente de mi casa, que daba a un costado con unos belgas y al otro lado con los Demattei. Ahí también venía el circo. Teníamos que tener cuidado con los animales, como los leones. También me acuerdo que juntábamos cubiertas, palos, o aserrín en la carpintería de Boyer, para hacer la fogata de San Pedro y San Pablo, y teníamos que cuidar que alguno de la contra o al que no le gustaba nos la prendíera fuego… Empezábamos a juntar porquerías un mes antes, y la armábamos a campo descubierto.
-¿Quiénes eran los compañeros de juegos?
-Estaban Tatín López, Pilín Schölottauer, los hermanos Capurro, que eran la peste, Otto y su hermana mayor Lía, que el padre arreglaba motonetas sobre Monteagudo, Pocho y Edgardo López… Era una bandita linda… Jugábamos a las figuritas, a la escondida, a los autitos. En la esquina donde yo vivía había una especie de porche abierto, y hacíamos carreras de autitos ahí adentro. Les poníamos plastilina, y plomo. Fue una muy linda infancia. Con nosotros vivía mi tío Leo, padre de Juan Carlos y de Freddy. Mi tío Leo era mi padrino y tenia adoración por mí. Todos los primos nos queríamos mucho, y fuimos una familia muy unida. Con nuestras diferencias pero siempre con buena onda. Freddy atajaba para el equipo de los Calvi y vivía arriba del taller.

(Ver nota completa en la edición de papel)


TAMBIÉN PUEDE INTERESARTE