ENTREVISTA

Carlos Tokumoto

Entrevistas » 01/04/2019

Nacido en las cercanías de la fábrica Rolito, ubicada en la zona de la Rotonda de Alpargatas, de nuestra ciudad, el 27 de octubre de 1933, Carlos Tokumoto es conocido por tener una amplia trayectoria como odontólogo, actividad en la que se destacó al punto de ser, junto con su sobrino, Héctor Arakaki, los primeros profesionales locales en especializarse en implantes dentales. Sin embargo, este amable vecino nos sorprende con un rol multifacético: ya jubilado, se divierte forjando katanas y construyendo kokeshis (muñecos japoneses) en el taller que instaló en la parte de atrás de su casa, donde también tiene una envidiable colección de bonsáis, que él mismo cultivó, y hasta un hermoso jardín japonés, donde enormes peces anaranjados nadan llenando de color y movimiento el lugar. Casado con Delia Shinzato, su hija es Gisela Mónica y dedica 45 minutos diarios a «estirarse» en la máquina de Pilates que, asegura, es la razón de su evidente muy buen estado físico. Con él, dialogamos para repasar algo de su vida, que comenzó de un modo bastante inusual: «Aunque nací en octubre, me anotaron el 2 de diciembre. Y mi mamá falleció 16 días después», nos dice, y agrega: «en esa época no había leche en polvo ni nada de eso, entonces a mí me llevaban a las casas de los paisanos que tenían hijos de mi misma edad, para que las madres me amamantaran… Me llevaban mis hermanas, caminando kilómetros, de casa en casa. Cuando crecí ya me daban leche que era del tambo de Guzzetti, y siempre de la misma vaca, porque decían que así uno no se empachaba»
-¿Dónde nació?
-En el consultorio de Doña Tomasa, y como mi papá no tenía plata, no pudo pagarle. Cuando al fin consiguió juntar el dinero, fue conmigo ya caminando… Llevó un paquete de masas que Doña Tomasa aceptó, pero no quiso cobrarle. Me acuerdo del Dr. Sallarés porque siempre me atendía. Yo lo veía como un hombre grande… Atendía a toda la familia, y nosotros éramos diez hermanos, cinco mujeres y cinco varones.
-¿Su padre tenía quinta?
-Sí. La quinta era de unas quince hectáreas, donde se cultivaban verduras. Y más tarde, nos dedicamos más a los claveles. Teníamos unos 70 invernáculos, todos de vidrio. Éramos unos de los más grandes floricultores. Después nos fuimos a Villa San Luis, y seguíamos con las flores y mi hermano con la verdura. Hasta que mi papá dejó la quinta y se puso un criadero de ponedoras, quedando mi hermano Héctor y yo con los cultivos de calas.
-¿Cuándo era chiquito también trabajaba en la quinta familiar?
-Sí Atábamos las plantas de tomates, cosechábamos, encajonábamos…
-A su padre le tocó hacer de padre y de madre… No habrá sido sencillo.
-Le costó muchísimo, porque tenía que hacer de todo. Pero estaban mis hermanas, y con ellas siempre teníamos la ropa impecable. Ellas además de las tareas del hogar, trabajaban en la quinta.
-¿Cómo era él?
-Era muy bueno. En aquel tiempo, con la mirada nos decía todo… Cuando empezamos a salir, a eso de los 18 años, nos controlaba el horario en el que volvíamos. Una noche le dijimos que habíamos vuelto temprano y como teníamos un reloj que daba las campanadas, lo señaló y nos dijo: «Llegaron a las seis de la mañana, porque el reloj dio seis campanadas. Yo me hice el dormido pero lo escuché.». El tuvo una vida difícil. Vino de Perú. Lo habían llevado ahí casi como esclavo, y se escaparon porque los trataban mal. Vinieron hasta Buenos Aires caminando. Desde Perú. Siempre contaba con mucho dolor que algunos compañeros se fueron quedando por el camino… Llegó a Avellaneda, trabajó ahí y después vino a Varela.
-Volviendo a su infancia… ¿A qué jugaba y con quiénes?
-A la bolita y al fútbol, y cuando fuimos más grandes, andábamos en bicicleta. Todos los amigos eran japoneses, los Higa, los Arasaki, Yamashiro, Wakugawa, Nakasone… Todos chicos de mi edad.
-¿A qué escuela fue?
-A la Escuela Nº 1. Caminábamos tres kilómetros hasta la Estación de Gutiérrez y ahí tomábamos el tren hasta la Estación de Varela. Llegábamos a eso de las 10:30 u 11, porque no había otro tren más tarde. Entrábamos a las doce al colegio, salíamos a las cuatro y volvíamos a casa.
-¿Viajaban solos?
Sí, pero a la mañana mi papá nos acompañaba a tomar el tren. En invierno hacía mucho frío y se nos congelaban el pelo y los pies por la escarcha, así que llevábamos unas zapatillas viejas, nos las sacábamos cuando llegábamos a la Estación y nos poníamos otras, secas, para ir a la Escuela.
-¿Y dónde ponía a las que se sacaba?
-Las dejábamos en la Estación, al costado del andén, y a la vuelta las agarrábamos. Nadie las tocaba.
-¿Quiénes eran su compañeros?
- Los Godoy, Banco, la chica de Añorga, y la directora del colegio era Amalia Cabral.
-Y después vino la Secundaria. ¿A qué escuela fue?
-Al Industrial de La Plata. Estuve cinco años y abandoné… A mi papá eso no le gustó, por el gran sacrificio que había hecho para mandarme a estudiar. Yo quería seguir Ingeniería, pero cuando ví que no andaba bien para las Matemáticas me dí cuenta de que no iba a poder ser ingeniero, así que cambié. En ese momento me quedé en la quinta, y si terminé el secundario fue por el Escribano Cabral.
-¿Cómo fue eso?
- Un día fue a visitar a mi papá porque era muy amigo, y cuando se enteró que había abandonado el Industrial y estaba trabajando en la quinta, me dijo que fuera al Nacional Yrigoyen, de Barracas,, donde su sobrino era el Director. Me anotó y fui… Ahí terminé el secundario. Iba en bicicleta hasta Bosques, ahí tomaba el Río de la Plata y me iba a Barracas. Pero los días de lluvia no podía ir en bicicleta y caminaba desde Villa San Luís hasta la Estación de Bosques… No había camino, tenía que cruzar el campo. Volvía a las doce de la noche o a la una de la mañana, y me quedaba a dormir en la casa de mi cuñado, en Bosques, y a la mañana siguiente me levantaba para ir a trabajar a la quinta.
-¿Cómo sigue la historia?
-Cuando terminé, le dije a mi viejo que me iba a ir de casa. Y ahí se armó… Me preguntó cómo iba a hacer. Busqué un trabajo en un laboratorio, de once de la noche a siete de la mañana, y me fui a vivir a una pensión en Buenos Aires, en Tucumán y Reconquista, en una zona de night clubs, dancings y piringundines… Y estábamos justo arriba de uno de esos. Una noche escuchamos tiros, miramos para abajo y vimos a un tipo tirado en el piso. Al otro día salió en el diario que lo habían matado. También empecé Odontología…
-¿Cómo hacía para trabajar y estudiar?
-A las siete de la mañana salía del trabajo y me iba a la Facultad, después comía en la pensión, dormía un ratito y otra vez al trabajo… Muchas veces mis compañeros de la Facultad me daban una palmadita porque me quedaba dormido en las clases. Y a veces para ganar más me quedaba a cuidar el laboratorio los sábados y domingos. Fue una época en la que no podía salir, mis amigos me buscaban pero yo me la pasaba estudiando. En la cabeza tenía una meta: o salía con mis amigos, o me recibía. Y si no me recibía iba a pasar vergüenza y defraudar a toda mi familia. Así que me decidí a trabajar y estudiar… Recibirme fue una gran satisfacción. Cuando me recibí me fui del laboratorio. Y les dije que gracias a ellos tenía mi título… Uno del sindicato me dijo que en vez de renunciar me tirara a la retranca para que me echaran y les cobrara, pero no iba a hacer eso. Porque el título era gracias al laboratorio. La pena fue no haberle podido dar el título a mi viejo. El ya no estaba y don Cabral tampoco… A los tres meses de recibirme, me casé.
-¿Dónde conoció a su esposa?
-En los bailes de la Asociación Japonesa. Donde iba solo unas dos horas algún domingo…
-Bueno, por lo que se ve aprovechó bien esas horas…
-Sí, el tiempito que tenía. Ya tenemos más de 50 años juntos, y nos llevamos bastante bien.
-¿Cómo empezó con la profesión?
-Empecé con Pedro Yamashiro. Y con el tiempo fui a la calle Alberdi 15, donde puse mi primer consultorio, en un local que me alquilaba Fernandez, el fiambrero, que tenía el negocio en la calle San Juan y era padre de Piccina. Por suerte tuve mucha aceptación de entrada, venían 70 pacientes por día. Mi señora trabajaba conmigo y fuimos juntando la plata para comprar el terreno donde estamos ahora, en la calle Mitre, donde funcionaba el depósito del Corralón Ferrari. Después levantamos la casa, poco a poco, que diseñó David Dau.
-Lo vemos muy activo, con las katanas y las kokeshis…
-Yo siempre había dicho que a los 80 me iba a jubilar, y lo hice, pero me costó mucho dejarlo. Por eso, estuve mucho tiempo pensando en qué iba a entretenerme cuando dejara de ejercer, me fui comprando herramientas, y armé mi taller. Aunque después ví, en Youtube, que los grandes carpinteros japoneses trabajaban solo con serrucho y formones, sin usar ni siquiera un banco, y sosteniendo la madera con el pie. Así que dije: ¿para qué compré todo esto?

El taller de Carlos es asombroso. Y en él, junto a varias de sus creaciones en madera, sobresalen algunas herramientas, como una sierra eléctrica y una lijadora, que él mismo construyó, utilizando los conocimientos de su época de alumno de escuela industrial. No es todo. También hizo con sus manos y hace varios años una ornamentación de madera que aún está en la entrada de la Asociación Japonesa de Burzaco. Y además de las kokeshis de todo tamaño y color que elabora en madera, hace otras tantas sobre piedra, que pega y pinta una por una, con infinita paciencia oriental. A unos metros de allí, en otro luminoso ambiente, tres espadas se lucen sobre una pared. Y fue él mismo quien las confeccionó.

-¿Y las katanas? ¿Cómo las hace?
-Forjarlas cuesta mucho. Yo aprendí con uno de los mejores maestros de Argentina… Preparar el acero cuesta mucho, se lo dobla como si fuera una masa, y se lo martilla. Se pliega con más de un millón de veces… Hasta que sea maleable, y cuando es maleable, se le pone hierro adentro, para que no se quiebre. Después se hace el mango, la empuñadura…
-¿Cuánto se tarda en hacer una katana?
-Un mes, o más.
-¿Cuántas hizo?
-Habré hecho unas quince. Pero no las vendo. Muchas se las regalé a los amigos.

-Para terminar, ¿Qué le diría a Dios si lo tuviera enfrente?
-Le agradezco que me haya dado mucha aptitud para trabajar con mis manos y también, tener todo lo que tengo. Estoy muy conforme con mi vida.


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