CRÓNICAS VARELENSES

Historia de un taxi



Historias de Mi Ciudad » 02/03/2026 02/03/2026

Recuerdo cuando con Mario veíamos pasar los taxis allá lejos y hace tiempo en el cyber Japan. El me decía que siempre los veía pasar, y como si fuera una especie de mago, un mago jugando, me decía: te apuesto que en diez minutos pasa uno...

Recuerdo cuando con Mario veíamos pasar los taxis allá lejos y hace tiempo en el cyber Japan. El me decía que siempre los veía pasar, y como si fuera una especie de mago, un mago jugando, me decía: te apuesto que en diez minutos pasa uno. Y siempre acertaba. Empecé a pensar en los taxistas porque mi abuelo y mi tío lo fueron. Y porque fue una de tantas profesiones que tuvo para «reinventarse». Leí «Magnetizado» de Carlos Busqued, una historia tremenda sobre cuatro asesinatos de taxistas en los años ochenta. Entonces recordé la vez que lo quisieron asaltar a mi yeyo. Una parejita lo había abordado en la María Mater, que era donde estaba la parada, y tomaron viaje. Como a la altura de la autopista lo encañonaron y le dijeron que siguiera hasta que pudieran desviarse del todo, sacarle el coche, y listo. Pero mi yeyo era loco y en un momento de descuido le agarró el arma al hombre que lo encañonaba y estuvieron forcejeando rato largo hasta que el auto se desvió en esos pastos que hay a los costados de las autopistas. La mujer le pegaba en la cabeza con una cartera mientras duraba el forcejeo. Entonces se escapó un tiro y el auto frenó. Imagino que hubo una pausa cinematográfica. En ese momento mi yeyo le sacó el arma al hombre y le dijo que se fueran. Pudo zafar. No recomiendo hacer eso que hizo mi abuelo.
Estoy viendo la serie «Hal & Harper» a raíz del hermanito que vendrá y es increíble como toca cada punto de manera delicada. Hubo una vez que fuimos con mi mamá, mi papá y mi hermano un día a San Clemente. Fuimos un domingo a la mañana y volvimos a la tarde noche.
Estoy leyendo un libro que se llama «De parte de las cosas», de Francis Ponge. Un libro que pensé que hablaba sobre objetos y en realidad habla de otra cosa. Una carpa podría ser una especie de casa, de hogar. También un auto.
El golcito Volksvagen avanzaba por arriba de un puente a todo lo que daba, yo manejaba y en el asiento de atrás iba mi abuelo. Hubo una curva muy pronunciada, como la Curva de la Muerte. No pude doblar y la inercia hizo que el coche se diera vuelta y cayera al mar. Antes de tocar el agua me desperté de ese sueño exaltado y llamé a mi yeya Chiche para ver como andaba. Conversamos dos o tres cosas de rutina, de lo caro que está todo. Cuando le conté del sueño que había tenido me dijo: tengo que contarte algo, en la semana vendimos el cochecito del abuelo.
Entre la mudanza que tuvimos con Shirley- buscar techo no es nada fácil- el trabajo y el calor que hizo estos últimos días, poco tiempo tuve para recordar algunas de las tantas aventuras adentro del auto más divertido que conocí en mi vida. Una vez yo tenía que ir a un cumpleaños y no encontrábamos la calle Rio Atuel. Mi abuelo se puso a cantar la calle muchas veces: Rio Atuel, Rio Atuel, Rio Atuel. Y el auto luego de muchas vueltas la encontró. Ese auto al que mi abuelo le decía el cocheciño. Confieso que me costó asimilar la noticia pero también, con la vorágine de la vida, la asimilé. Terminamos la llamada con mi abuela e intenté hacer un poco de memoria, pero no pude. El único auto que me atreví a manejar sin que nadie me lo pidiera, el único auto que era cálido en invierno y fresco en verano. Todavía recuerdo aquella vez en que lo vi allá abajo desde lo alto del puente de Etcheverry. La alegría que me produjo verlo. Una vez me hizo hacerle con la computadora un cartelito que decía LIBRE. Escuchaba la radio del tango, el programa de la 2x4. A ese libro del tango mi abuelo prácticamente le hizo el amor, hay veces que lo extraño y me pongo a leerlo. Lo compraron unas personas de Wilde o de Villa Dominico. Tenían que arreglarle el motor, hacerle muchas cosas para ponerlo en funcionamiento. Ojalá lo hagan. Me gustaría ir a esa ciudad, meternos en alguna confitería y ponernos a mirar los autos. Si ven a la nave alguna vez, quiero decirles que su patente termina con el número 238, que a mí me gustaba jugar a la quiniela y a mi abuelo no, obviamente, déjenlo pasar y trátenlo con cariño. Para el daltonismo de mi abuelo y el mío ese coche era verde, pero para los demás era marrón, bordó. El libro de Francis Ponge de las cosas puede explicarlo mejor: Oh coche, consolación mía y consuelo mío, coche que me consuela, donde me consolido.

 


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