Exijo de inmediato que se haga una residencia literaria en la casa de Adrianita.
Exijo de inmediato que se haga una residencia literaria en la casa de Adrianita. Siempre que paso caminando veo la casa vacía y pienso en el tango de mi abuelo La cama vacía. Me imagino lo que habrá vivido esa familia, qué historia tendrá detrás esa casa tan linda que así como está parece como si estuviera encantada. Estoy seguro de que le hubiese venido bien a escritores como por ejemplo Laiseca o Levrero, escritores que supieron ganar la prestigiosa beca Guggenheim. No pido mucho. Una vez mi papá me contó que leyó una carta ante uno de sus oficiales que había muerto en funciones, valorando su hidalguía y la de sus compañeros que no entraron en pánico y resolvieron la situación. Me dijo que había terminado la carta con la frase: y Dios lo tenga en su gloria. Gran escritor de cartas mi padre, al final va a ser hermanito. Bueno. Acto seguido me contó que la familia había cobrado un monto y con ese monto compraron o refaccionaron la casa, a la que le pusieron una placa conmemorativa. Entusiasmado, fui hasta el cementerio, allí le dije a una señora si no me podía hacer una con los nombres de mi familia. Cuando llegué a casa mi mamá casi me mata. En la tumba de Adrianita, la santita de Varela, es increíble la cantidad de placas que hay. Creo que, junto con Pascual, son dos de los principales referentes espirituales que tuvimos y tal vez no debiéramos dejar de respetar. Por los milagros, las videncias, las cosas que dicen que hicieron gracias a ellos. Dejarlos en paz. Mi yeya contó que una vez estaba en un consultorio médico y de repente la señora con la que estaba hablando le dijo que era la madre de Adrianita. La alegría que le produjo esa situación a mi yeya. En los consultorios mi yeya me leía a Horacio Quiroga.
¿Para qué escribimos? Creo que cuando se empieza a hacer metaliteratura medio que se olvida uno para qué escribir, si lo hacía por juego, placer y empieza a escribir sobre el acto de escribir, sobre los escritores, cosas que en realidad le importan a muy poca gente. A menos que un escritor realice opciones de canjes con las ópticas y el escritor pose o tal vez escriba sobre dichas ópticas que se benefician con su imagen. Y se produzca un círculo vicioso que le dicen marketing. En fin, quería hacer este prólogo para contar que fui a lo de la doctor Rondi el mes pasado luego de mucho tiempo que no iba. Sé que siempre atendió en el mismo lugar, pero estoy seguro de que fue moviendo las cosas, no recordaba la disposición de la última vez que había ido. Entrar de nuevo fue como una especie de pasadizo a otro mundo. La luz tenue. El consultorio silencioso, a pesar de estar ubicado al lado de plena avenida, donde pasan los nuevos colectivos de distintos colores de nuestra utópica y querida ciudad. Emergencia de transporte. ¿Realmente alguien sabe qué colectivos tomar, hacia dónde van? Qué tranquilidad, que silencio, ahí adentro, qué paz. Hay un pequeño escritorio donde su secretaria conserva las fichas de todos los pacientes, bajo la luz de un velador. Ideal para escribir. ¿El trabajo perfecto? Me dieron un sobreturno, Shirley me acompañó porque yo tenía mucho miedo. Tuve de chico terror al dentista y asocio todo a eso. Llegamos justo. Salió la familia que estaba atendiendo. Apareció como si saliera de las tinieblas, la doctora Rondi, nos saludó con un beso. Entré. Al principio creo que no me reconoció, pero luego de ver la ficha sí. Recordó a mi yeya, a mi amigo Julián, que ella había atendido, creo que se operó de presbicia. Recordé el texto La ceguera de Borges. Siempre se prefiere lo personal a lo general, lo concreto a lo abstracto. El hecho es que fui al oculista y la doctora me dio un enigma a resolver. Enigma que no tardé un segundo en responder. Luego de recetarme los anteojos, de felicitarme por haberlos usado. Le pregunté por una posible operación. Si, me dijo, vas a ver bien, pero a partir de los cuarenta vas a necesitar lentes para leer. Para el miope la vista de cerca no es problema, me dijo, lo cual yo ya sabía de antes, porque cada vez que leo siento esa alegría de sacarme los anteojos, predisponiendo mi lectura para bien, para mejor. Por lo que entonces decidí que no me iba a operar. Saludé a la doctora y nos fuimos calle abajo para el barrio. Creo que se escribe para mirar cómo se vacía una casa. O por lo menos, como decía Marguerite Duras, se escribe para mirar cómo se muere una mosca.