Por Federico Quinteiros
Le decíamos el Paragua, pero su nombre era, seguirá siendo, Esteban Daniel Del Valle. Era un chico muy gracioso.
Le decíamos el Paragua, pero su nombre era, seguirá siendo, Esteban Daniel Del Valle. Era un chico muy gracioso. Hace poco me contó una historia que paso a contar. Esto el Paragua me lo contó cuando nos vimos en la óptica, yo andaba leyendo un libro de Robert Walser que Coetzee le había recomendado a Shirley, y me acuerdo patente que era el aniversario del nacimiento de Roberto Arlt y de Roberto Bolaño. Con toda la mística literaria encima...la realidad me había pegado un cachetazo: había perdido mis anteojos en el tren esa mañana en Constitución y ahora estaba en la óptica de mi queridísima ciudad esperando que me los hicieran. No saben lo que fue ese día de niebla. Decí que en la óptica los hicieron en una hora. Decí que apareció el Paragua para hacerme reír a carcajadas. Decía.
Che, mirá lo que me pasó, arrancó el Paragua. Hacía literal como quince años que no lo cruzaba, desde el secundario, pero lo saqué al toque: gordito, petiso, colorado, con esa cara de nene que no se le fue más. Lo único nuevo era el bigote, los cortes a los costados. Y el apellido, claro, que no te lo olvidás ni en mil años: De la Olla. Fue un encuentro inevitable. El tipo me reconoció enseguida y me encajó un abrazo totalmente exagerado; si en el colegio ni bola nos dábamos. Él andaba con su grupito, yo con el mío, y dudo que hayamos cruzado más de dos palabras sobre minas, política o fútbol. —¡No, no, pero mirá quién es! —exclamó De la Olla después del tacle ese que me dio (el Paragua jugaba de wing en el Varela Junior). —¡De la Olla! —le dije, medio por compromiso. No tuve escapatoria. El tipo arrancó con una catarata de palabras, festejando el encuentro, tirándome flores por lo bien que me veía (según él, igual que la última vez, aunque yo no recordaba cuando había sido esa última vez) y jactándose de su salud de hierro. Metió dos o tres bocadillos más y no me dejaba ir, viste cuando la conversación no quiere terminar. Miré el reloj de reojo, el tipo ni se daba por aludido. Me agarró del brazo con una confianza que jamás tuvimos. —Che —me dice—, ¿te enteraste lo de Sabadía? —¿El que jugaba en el Defensa? —No, boludo. El Sabadía de la escuela. —Ni idea. Hace años que no sé nada de nadie, igual que con vos. —Murió hace quince días. —No puede ser. —Un ACV. Fulminante. Fiestas electrónicas. —Qué bajón —tiré por decir algo, me seguía contando el paragua. Ya termino. —no somos nada —dije, pensando que en el caso de Sabadía era real, porque no tenía la más puta idea de quién era Sabadía. —¿Y Antonio el de las mudanzas? —siguió sin respirar. —¿El que el viejo tenía un camión de caudales? —arriesgué. —De mudanza—me corrigió—. Murió en el veinte veinte. Plena Pandemia. Una cirrosis galopante que se le fue a los pulmones. En fin, para qué seguir. Me despachó tres o cuatro finados más y de golpe soltó que lo esperaban en la escribanía por un tema urgente. Se despidió a las corridas, tirándome un "¡nos hablamos!" vacío, porque ni yo tengo su número ni él, por suerte, el mío.
Luego de ponernos al día con cosas académicas, amistades, Yamila y Pancho, le conté a Soto la anécdota.
—El otro día me crucé a De la Olla —le conté entre vino y vino. —¿A De la Olla? —repitió él, extrañado. —Sí. Ahora usa un bigotito. Fue un encuentro raro. —Imposible —me cortó Soto. —Te lo juro, lo tuve a diez centímetros. —De la Olla vive en Australia y el Paragua, hasta donde sabía, estaba en Paraguay. Cómo pasa el tiempo, dijo Soto, reclinándose sobre la reposera.
No nos sobró tiempo para hablar de poesía.