«El siguiente, es el texto nunca publicado integramente hasta hoy, de la conferencia que dió en el Centro Cultural Sarmiento, el 31 de enero de 1954, al dejar inauguradas sus actividades la Asociación Literaria Musical y Artística (ALMA) que co-fundara y presidiera, Alberto «Chiquito» Noziglia, personalidad valiosa de Florencio Varela
«El siguiente, es el texto nunca publicado integramente hasta hoy, de la conferencia que dió en el Centro Cultural Sarmiento, el 31 de enero de 1954, al dejar inauguradas sus actividades la Asociación Literaria Musical y Artística (ALMA) que co-fundara y presidiera, Alberto «Chiquito» Noziglia, personalidad valiosa de Florencio Varela, donde naciera, que fuera un multifacético y activo ciudadano, de profesión ebanista y también un cultor del ajedrez, logrando el Campeonato Juvenil Provincial, del citado juego ciencia; poeta, cuentista, historiador, filósofo, autor de obras y director de teatro vocacional, incursionando también como periodista, al integrar hace varias décadas, el plantel del primer diario que tuvo el Distrito, aunque de limitada existencia, que se denominara «La Calle» y que fundara y dirigiera su primo, por parte de madre, ese consagrado hombre de letras, que se llamó Pedro César Malvigne.
«Chiquito», tituló dicho texto «Una Ciudad y sus Recuerdos», como parte de los festejos de la fundación del Distrito, ocurrida el 30 de enero de 1891.
Y lo pronunció en el Centro Cultural Sarmiento, ante la presencia del Intendente Municipal Don Luis E. F. Calegari, del Rev. Cura Párroco Dr. Luis P. Vázquez y demás autoridades locales, representantes del quehacer político, social, deportivo y social varelense.
Quienes disfrutamos de esta hermosa exposición de Noziglia, integrando el numeroso y representativo público que colmó el Salón de Actos del Centro en aquella memorable ocasión, escuchándolo en total silencio, hasta que a su término estalló un espontáneo y sostenido aplauso, al que se sucedieron felicitaciones y elogiosos comentarios, no podemos guardar sus alcances sólo para nosotros, en esta «patria chica» vestida de fiesta y con una fraternidad singular como signo reinante.
Es por ello que hoy la rescatamos integra del ayer, para transmitirla en exclusividad los que nunca la conocieron, dedicándola a las generaciones que se sucedieron desde aquel entonces y las que sobrevendrán, Dios mediante, para que tengan acceso de ésta verdadera joya literaria, producida por un hijo de este pueblo al que llamaban «Chiquito», pero que a pesar de su modestia fue siempre un «Grande».
Mi Ciudad publicó su primera parte, en la edición Nº 16 del sábado 3 de abril de 1954, pero al extraviarse el material complementario, quedó inconclusa hasta que lo recuperó felizmente, tras grandes esfuerzos, recién a fines del 2002, su digna esposa, nuestra amiga Ana, quien nos lo facilitó de inmediato.
Noziglia, integrante de los Jurados del Concurso Literario y Artístico de Mi Ciudad hasta su lamentable desaparición, fue un ejemplo ciudadano, por ello, en su memoria, instituímos una hermosa y significativa plaqueta, a quien resulta autor en aquel certamen del Mejor Cuento presentado, y que otorgamos, todos los 22 de agosto, al celebrar con la entrega de otros premios, cada aniversario de nuestra publicación, la que hoy pasó el Medio Siglo de prédica independiente e ininterrumpida.
No puedo dejar de destacar, el episodio que ocurrió, cuando le ofrecí integrar tal Jurado. No sólo aceptó de inmediato y gustoso tamaña responsabilidad y honorario esfuerzo, sino que además, nos dió su visión sobre la proyección inmediata y futura de tal certamen, felicitándonos por la forma que escogimos para festejar cada uno de nuestros aniversarios.
«Chiquito» me expresó: «No imaginan Uds. la importancia que tendrán los mismos... No sólo en la Comunidad local... Mucho más allá de sus límites... Ni los diarios grandes se atreverían a encarar un desafìo tal...»
En verdad que su capacidad e intuición superó el entusiasmo que nos llevó a este tipo de celebración artística y literaria, año tras año.
Y no se equivocó. Tenía noción de la riqueza que yacía anónimamente en esta fértil tierra donde nació Guillermo Enrique Hudson y vislumbró como auténtico bohemio que era, lo que nosotros en verdad y pese al lógico optimismo que teníamos, no nos llegamos a imaginar en las proyecciones alcanzadas.
En momentos en que nos encontramos festejando el Medio Siglo de prédica independiente e ininterrumpida, jamás alcanzada por medio gráfico alguno en este Partido, brindar este texto, recuperado en su integridad para completar la primera parte que publicáramos en nuestra edición Nº 16 del 3 de abril de 1954, lo hacemos con gran emoción, en homenaje a quien «creyó» y «apoyó» con entusiasmo, sacrificio y desinterés, nuestros Concursos Artísticos y Literarios anuales, ya para todo los estratos de la Comunidad y que han superado los 60.000 participates en sus 11º ediciones ininterrumpidas, récord jamás alcanzado por medio de prensa argentino alguno.
El, aceptando el honorario cargo de integrante del Jurado, con una intuición mayor a la de todos nosotros y ahora desde la eternidad que sin duda se ganó, nos estará brindando como siempre en vida lo hizo, su valioso y noble apoyo.
Ramón César Suárez, Fundador de Mi Ciudad. Año 2003. Fallecido en 2004.
«UNA CIUDAD Y SUS RECUERDOS».
Detengamos un instante nuestro pensamiento, sobre las cinco palabras que componen el epígrafe de ésta conferencia.
«Una Ciudad y sus Recuerdos»...
Es posible que a poco de reparar en ellas, os dejen un suspenso en vuestro espíritu y un interrogante en vuestra mente.
«Una Ciudad y sus Recuerdos»...
¿Es que acaso puede recordar una Ciudad?. Y siendo que el recuerdo supone siempre disposiciones afectivas ¿Es que puede sentir?
Sé que vosotros creeís que eso es un absurdo y que los más benevolentes lo aceptareís como una figura poética. Sin embargo estoy dispuesto a afirmar que las figuras poéticas no corresponden solamente a una expresión literaria, sino más bien, a una interpretación que hace el espíritu de las realidades más sutíles.
Y en verdad las cinco palabras de este tema, obedecen a un fundamento lógico y profundo.
¿Quién no ha experimentado alguna vez, la sensación de que las cosas y los seres que le rodean, participan en parte de sus penas y alegrías?.
Visto con los ojos del espíritu, todas las cosas viven. Viven por los recuerdos que nos evocan y las confidencias que nos conocen.
Viven por las ideas que nos sugieren y los secretos que nos ocultan.
Es que el espíritu es demasiada luz para contenerse en un sólo cuerpo.
Se irradia en su rededor y las cosas al reflejarlo se vivifícan.
Hago estas consideraciones porque al hablaros de ésta Ciudad de Florencio Varela, quisiera que haciendo omisión de mi palabra, penetráseis en su propio sentir. Que captáseis, en lugar de mi pensamiento su propio pensamiento.
Quisiera que interpretáseis la emoción que me inspíraron estas líneas una tarde, la primera quincena de noviembre de 1953.
El pueblo trasponía entonces los umbrales de su edad adolescente.
En esos días pasados, los festejos celebratorios, acelerando el ritmo apacible de su existencia, transformaban su fisonomía.
Bajo el influjo de esos acontecimientos, yo ví a este Florencio Varela como desconocido de sí mismo. Sorprendido quizás de su propia transformación. Y me apercibí entonces de que ya no era el pueblo simple de ayer.
Se dijera que había perdido para conmigo, esa cierta intimidad, que me lo hicieran conocer antaño en todos sus secretos, en todas sus confidencias.
Ahora descubría algo nuevo, distinto. Hechos que me lo mostraron en toda la magnitud de su importancia y que me indujeron a decir con aquella misma simpleza de una expresión popular : «nuestro pueblo se ha puesto pantalones largos». Con la misma alegría del muchacho que se siente Hombre, se siente Ciudad.
Al recorrer las calles en esos días de que os hablo, afloraron a mi vista y se acentuaron ante mi observación, los signos evidentes de la nueva edad. Por doquiera, un nuevo matíz, una nueva semblanza, se habían sumado en éstos últimos tiempos, a la apacible fisonomía de sus calles y fachadas de antaño.
Era lógico, pues que toda aquella transformación corpórea ejerciera una influencia sobre el ambiente psicológico de sus gentes. Y ahora, más que nunca durante los festejos celebratorios, se las veía animadas de cierta jovialidad contagiosa. Y así, de esa alegría, se hallaba plagiada la Ciudad entera. Por doquiera se ven leyendas alusivas. Los altavoces pregonan la nueva felíz.
La Ciudad no descansa. Sólo reposa allí donde el silencio hace un paréntesis a la meditación. Es en esos lugares donde la Ciudad así misma es igual que ayer, igual que hoy.
Si llegué hasta ellos en esa noche del 14 de noviembre, inducido no sé porque sentimientos, acuciado no sé porque ansiedad, es algo que no sabría explícaros. Pero lo cierto es que mi imaginación comenzó a bucear por los entretelones del pasado y estuve yo, tan olvidado de mi mismo, que sentí como en mi propio pensamiento, la voz de la Ciudad.
Así, insinuante y queda, la evocación retornó al presente, la visión al ayer...
Muchos otros nombres, muchos más, pertenecen a los más íntimos recuerdos de ésta Ciudad, y quedarán en el silencio de sus noches indescifrables y ocultos.
Nosotros en el modesto homenaje de nuestra evocación no podemos dejarlos relegados en el olvido.
Nombres de los seres ignorados. De los más insignificantes, de los que pudieron ser peones o humildes chacareros. Nombres de aquellos que fueron soledad en la vida. Nombres de los que no tuvieron techo ni heredad. De los prolijados del infortunio... Nombres de los ausentes de todo cariño, de todo recuerdo. Nombres de aquellos que siendo esencia del olvido, los representan mustias flores que manos piadosas, depositan sobre el osario de la fosa común.
Nombres, nombres... nombres.
Es lo menos que podemos recordar.
La historia de los pueblos, es esencia , no es nada más que eso, nombres...
Y en el recuerdo o en el olvido, algún día estaremos representados por un nombre del futuro de esta Ciudad.
Hoy, algunos rostros de aquellos cuyos nombres mencionamos y otros que retuvímos por necesaria brevedad, se esbozarán en nuestra mente, porque sus vidas han estado cerca de nuestro corazón. Ya que no hemos perdido el contacto que nos une a ellos, trataremos de rememorar las imágenes de su vida diaria. Junto a ellos en este presente busquemos en el ayer y contemplémosles como vueltos a la vida, retornados del gran viaje... Esta noche se han acercado todos al viejo hogar...
Incitados por tan respetuosas memorias, rememoremos con ellos las ya desvanecidas estampas de otrora, como cantara el poeta su nostalgia del hogar paterno:
En los vastos y abiertos corredores
que grata sombra dan
en el patio de antiguos paraísos
que destrozados no florecen ya
Cerca del arroyo que las toscas bañan
en ese campo que se extiende allá...
Allí está mi pasado, de mi vida
la inocencia y la paz
allí mi madre me acaricia
y mis hermanos en rededor están.
Estas tierras fueron en el panorama de la Patria una parte de su cielo y su pampa.
En éstos lugares se erigió el ombú, habitante solitario, cuando sus noches no tenían más luz que la claridad de la luna y las estrellas.
Llegó el hombre y abrió una franja gris en sus entrañas verdes.
¡Ese fue el principio! ¡Pampa! ¡Como esmeralda prendida en el pecho de la Patria!
La inspiración del suelo brotó luego, cuando al influjo del mandato bíblico el hombre ganó el pan con el sudor de su frente. Entre ellos hubo esforzados luchadores, como centauros en huéstes de paz.
Si acaso algo más debe agregarse, podríamos decir : «por aquí pasaban las carretas».
¡Benditos son los pueblos que tienen como historia, una página blanca!
Alberto Noziglia»
(Revista Extraordinaria Mi Ciudad, 2005)