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EDITORIAL

Como el tero



Editorial » 01/08/2016

Cuando era Presidente, Cristina Kirchner y sus funcionarios despotricaban casi a diario contra los que compraban dólares. Por aquellos no tan lejanos días, los que elegían ahorrar en esa divisa eran tildados poco menos que de «traidores a la Patria». Y aún se recuerda cómo, en una acción olvidable para un primer mandatario, la titular del poder ejecutivo «escrachó» públicamente a un jubilado al que tildó de «amarrete» por la cantidad de billetes que le había comprado a su nieto.
Pero, manteniendo su coherencia ideológica habitual, ni bien asumió el nuevo Gobierno y levantó el cepo que ella misma había impuesto, Cristina corrió a transformar varios de sus millones de pesos a dólares.
Muchos billetes similares se vieron en manos de los socios del poder en «La Rosadita», igual que en las bolsas del ex funcionario kirchnerista José López en el falso convento, en la caja de seguridad de la multimillonaria Florencia, hija de Néstor y Cristina, y en la valija que el ex senador K Nicolás Fernández quiso llevarse a Miami, destino repetidamente escogido por los integrantes del movimiento nacional y popular.
También se encontraron cientos de esos billetes varios años antes, en la valija que Antonini Wilson ingresó al país desde la República Bolivariana de Venezuela y a la que una mujer policía tuvo la poco feliz ocurrencia de revisar. Y hasta alguna vez, antes de su milagrosa conversión, el autodidacta uruguayo Víctor Hugo Morales cuestionó en la radio una millonaria compra de dólares que el propio Néstor Kirchner había realizado, según él, para una «operación inmobiliaria».
El kirchnerismo siempre actuó como el tero: gritando en un lado, pero poniendo los huevos en otro. Chillando en la barricada contra los buitres, pero acumulando riquezas como el más codicioso de los capitalistas. Pregonando su populismo, pero acrecentando sus privilegios. Fingiendo sensibilidad social, pero ampliando la brecha entre su séquito, que se llevó los millones que hoy faltan en todas las cajas de la administración pública, y los argentinos que sumieron en una pobreza a la que se negaban a registrar con estadísticas, «para no estigmatizarlos».
Perón decía que «la única verdad es la realidad». Y la realidad indica que el Nestornauta, al que fanáticos admiradores e interesados distorsionadores quisieron elevar a la categoría de prócer, es en verdad el hombre al que youtube muestra abrazado obscenamente a una caja fuerte, diciendo al borde del éxtasis: «¡Cómo me gustan estas!». Por eso no debería extrañarle a nadie que sus funcionarios nacionales, gran parte de ellos compañeros de sus tiempos de gobernador de Santa Cruz, y algunos hoy asiduos visitantes de Tribunales o moradores de la cárcel de Ezeiza, parezcan todos devotos seguidores de la misma secta, la de los adoradores del dinero.
Hay muchas formas de ser capitalistas. Y una sola forma de ser patéticamente hipócritas.


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