ENTREVISTA

Cesar Borsani

Entrevistas » 01/10/2019

Ya retirado y dedicando mucho tiempo a la lectura, César Borsani nació el 17 de noviembre de 1943 en una casa ubicada en la calle Tucumán de nuestra ciudad, en un parto realizado, como muchos otros, por la recordada «Doña Tomasa». Fue integrante de la Asociación Sanmartiniana y desde los 6 años está vinculado al Centro Cultural Sarmiento, del que es «socio honorario». Tiene una hermana, Gladys, y está casado con Elvira Bortolin, con quien tiene tres hijos, Liliana, Diego y Cristian, y cinco nietos. Lo apodan «Nucho» y también «Pete». Nucho porque de chiquito le decían Nenucho, y Pete por un personaje con pata de palo, debido a un accidente que sufrió de niño, cuando se cayó en un pozo y se rompió su pierna en tres pedazos. «Hasta hoy tengo una mínima renguera. Me había enyesado el Dr. Sallarés y no me quisieron llevar al Hospital para que no me contagiara la parálisis infantil», relata. También recuerda aquella ocasión en la que el «arquero cantor» de Boca Julio Elías Musimessi vino a Florencio Varela en un gran camión, desde el cual tocaba la guitarra y se repartían colchones de goma pluma a los adultos y pelotas de fútbol que decían «Perón» y «Evita» a los más chicos. En una amena charla con Mi Ciudad, nos contó algunos pasajes de su vida.

-Empecemos con su infancia…
-Fue excelente en todos los sentidos. Tuvimos unos grandes padres, con una educación superlativa… Aunque no tenían mucho estudio, porque papá hizo hasta tercer grado y mamá por ahí. ¿Vos sabés que en mi casa yo nunca escuché hablar de plata? Y eso que habrán tenido sus problemas económicos… Porque éramos una clase media ahí nomás… Pero nos formaron con ética, marcando que el dinero no era lo más valioso.
-¿Cómo eran sus padres?
-Mi papá, Héctor, era serio, muy honesto y muy estructurado. Me enseñaba con su ejemplo. Mi mamá, Teresa, era mucho más divertida. También era muy compañera, conmigo y con mi hermana. Aunque yo soy varón las confidencias siempre fueron con ella. Me decía: «Vos tenés hermana y madre. Nunca trates a una chica de una forma que no querés que nos traten a nosotras». Cuando se enfermaba, siempre alguna vecina se ofrecía a hacerle la comida o los mandados. El vecindario era una gran familia.
-Tiene ascendencia italiana…
-Sí. Según me contaron, mi bisabuelo, que vino en 1870 aproximadamente de Italia, decía que cuando llegó estaba la epidemia de fiebre amarilla. Que en Buenos Aires, a la mañana, la Municipalidad pasaba con unos carros en los que subían a los muertos que la gente ponía en la calle, envueltos en sábanas, y se los llevaba supongo que para quemarlos. Por eso él se vino a vivir a un paraje que se llamaba La Rueda, por esta zona. Después volvió a Italia y se trajo a toda la familia… Mi abuelo vino en 1890 y pico con sus hermanos, la madre, todos. Ya estaba acá Borsani el constructor y unos tíos. Se radicaron en la zona rural de Varela con una granja. Criaban aves de corral y cultivaban alfalfa y maíz.
-¿De qué trabajaba su padre?
-Era mecánico del Ferrocarril. Se fue cuando Frondizi dio los retiros voluntarios, y puso un taller en casa, con un socio, Larribere. Papá también fue inspector general de la Municipalidad en 1955. Una vez venía manejando un camión de la Municipalidad, llovía muchísimo y encontró a mi hermana y mi mamá caminando bajo la lluvia. Pero les dijo «no las puedo llevar, el camión es del Municipio. ¿Y si me ve alguno?» El era así. Honorable. Y no te daba oportunidad de discutir.
-¿Quiénes eran sus amigos del barrio?
-Los dos hermanos Ferreres, Néstor Guimerá, Alfredo Kendell, Enrique Demattei, Carlitos Tipol, Carlitos Piñero. Nos juntábamos en un campito a jugar al fútbol, corríamos carreras de resistencia en bicicleta alrededor de la manzana, jugábamos con autitos … Imaginate lo que era el tránsito que dibujábamos con tiza la pista en la calle… Cuando venía un auto, puteábamos. A los autitos les poníamos masilla y, con un fierrito caliente, se les calentaba el eje y se les apoyaba una hojita de Gilette cortada que les daba una «suspensión».

-¿Dónde hizo la Primaria?
-En la Escuela 11. Me acuerdo de la señorita Leonor Pagani, que era como una segunda madre. Cariñosa, te daba paz hasta al escucharla hablar. Entre los compañeros estaban Freddy Calvi, José Lucero, Alicia Ferrari…
-¿A cuántos de sus abuelos conoció?
-A todos. Mi abuelo materno era piamontés. Era constructor, y muy alegre. Y mi abuelita hacía los ravioles los sábados… Los ponía en una sábana vieja sobre una mesa grande, para que se secaran y se pusieran duritos para comerlos el otro día. Y cocinaba un tuco que todavía me lo acuerdo… Una exquisitez. Y mi abuelo venía del boliche con una botella de Chianti bajo el brazo. Todos los domingos era así. El raviol tenía que tener nueces y sesos. Si no, no era raviol. Estaba el dicho «más ordinario que raviol de fonda: cuadrado y sin sesos…». Mi abuelo también tocaba la «verdulera», una especie de acordeón chiquito, y hasta integró la orquesta de la Municipalidad. Los otros abuelos, los paternos, eran de la Lombardía, y tenían otro carácter. Ese abuelo era serio, sufrido. Una vez se agujereó una mano de lado a lado, se tapó el agujero con el tabaco que estaba masticando, y siguió trabajando. Y mi abuela había trabajado en la casa de Athos Palma, Director del Colón, y tenía mucha educación. Conoció a mi abuelo en ese lugar, donde él estaba encargado de la caballeriza. El era más bruto, de campo, y hablaba muy poco, solo lo necesario. En cambio mi abuela nos contaba historias…
-¿Qué nos puede contar de su juventud?
-Hubo un tiempo en el que como estudiaba en La Plata me desvinculé un poco de Varela, pero acá nos reuníamos en el bar lácteo de Pastor Nieva, en la Monteagudo… Entre los amigos estaban Adalberto y Néstor Cetra, el Vasco Bassagasteguy… Después de las diez de la noche, en Varela ya no quedaba nadie. Y el Vasco corría picadas hasta Sallarés con el Tano Carnevale. El con una cupé del padre, una Ford 34, o algo parecido, y el Tano con un camión que usaba para el reparto de querosén, un Ford 35. Así que imaginate a qué velocidad corrían… No más de 40 o 50 kilómetros por hora… Otros grandes amigos, que ya no están, fueron Carlitos Villar y Juan Carlos Aguirre. Eran dos hermanos.
-Cuéntenos alguna anécdota graciosa…
-Una vez fuimos en una motito inglesa que no tenía luz, ni frenos, ni nada, a la quinta de Scrocchi, porque Ernestito cumplía 18 años. Yo manejaba y llevaba a Adalberto Cetra y a Machito Casares… A la vuelta, con alguna copita que nos tomamos, Adalberto me dijo, con su parsimonia: «Pete, te estás yendo a la zanja…»… Y nos caímos los tres. Terminamos con la moto encima nuestro.
-¿Iba a bailar?
-Mucho, y a mí me encantaba, a Varela Junior, a Defensa y Justicia, a Ducilo, a Mi Club, y a Montecarlo, donde estaba Facturita Vignola y donde una vez, por intermedio de Hugo De Bruna, vino el Club del Clan completo, con Palito Ortega, Violeta Rivas, Néstor Fabián… La década del 60 fue extraordinaria. También se hacían kermeses… En una de ellas, en la Iglesia de Villa Vatteone, la conocí a mi esposa.
-¿Cómo fue eso?
-La vi y la encaré. Estaba en el bar, y yo le dije al barman, dame un «Otard Dupuy» y a la señorita una Coca Cola… Y ella, orgullosa, me dijo: «yo me compro lo que quiero»… Marcó su personalidad ese día, como un sargento prusiano, y la siguió marcando durante toda la vida. Hace 55 años que estamos juntos, y las que hemos pasado… Nos remataron la casa, el coche… Pero siempre tiramos juntos para adelante.
-¿Cómo fue su llegada a «Agrovarela»?
-Cuando mi papá tenía el taller, en 1964 lo fue a ver Ruffo para que hiciera la asistencia técnica a la empresa Periz, Ruffo y Nakandakare, que después fue Agrovarela, y se dedicaba a la venta de tractores. Mi papá me dijo que si yo lo acompañaba, aceptaba, pero que solo no podía. Yo había hecho la secundaria en la escuela técnica Alvarez Thomas de La Plata y estudiaba Ingeniería Electrónica en la Universidad de La Plata. Así que acepté y me pasé a la Universidad Tecnológica, que era de noche. Hasta que en 1968 me casé y tuve que abandonar. Cuando se retiró Nakandakare mi papá le compró su parte, y en 1975 más o menos, se retiraron los Périz, quedando nosotros con una parte mayoritaria. Y por último Ruffo vendió su parte a Pagani, Ferrero y Quaglia, que eran tres vendedores. La luchamos hasta los ochenta cuando se hizo la licuación de pasivos y cayeron miles de empresas, entre ellas, la nuestra. Yo personalmente perdí todo… Y Elvira la apechugó conmigo. A la noche hacía empanadas y salía a venderlas con una canasta, y yo iba con un ciclomotor a arreglar tractores por las quintas. Empezamos otra vez y nos pusimos en carrera… Después puse un taller y luego una empresa vial con mis hijos, que ellos continúan e hicieron crecer.
-¿Está contento con su vida?
-Muy agradecido. Y trato de que a mi entorno íntimo le pase lo mismo. Discretamente trato de influir, porque un viejo que da consejos no sirve, pero, tiro alguna idea para que tengan una buena vida…
-¿Qué le diría a Dios si lo tuviera enfrente?
-Le preguntaría ¿y ahora qué hay que hacer? Porque esto de estar inactivo… También le preguntaría si sabe por donde andan papá y mamá, y si allá se puede leer…


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