Cómo funciona la música



Edición Impresa » 04/04/2025

Le dedico mi silencio es la última novela del último Nobel latinoamericano, le pese a quien le pese, don Mario Vargas Llosa.

Le dedico mi silencio es la última novela del último Nobel latinoamericano, le pese a
quien le pese, don Mario Vargas Llosa. Trata sobre un músico peruano que soñó con
la unión de su pueblo a través de la música, y dejó la misma, por el amor de una
mujer. ¿Cómo pudo haber sido esto posible? De eso va la novela. También sobre un
escritor que dice adiós, después de años dedicados a una labor, cansado tal vez, ya
galardonado. Como cuando Alice Munro dijo adiós a la literatura después del premio
Nobel. Haciendo caso omiso a esa vieja leyenda del pintor chino que a medida que
pasaba el tiempo pintaba mejor. Según me contó mi tío Calixto. Leí la novela con
fervor, esta temporada que estuve un poco en el pozo, acostado todo el día al compás
del ventilador, en la cama, como lo hacía el viejo Onetti, o cualquier escritor que piense
que la mejor forma para leer e incluso escribir es en forma horizontal. Amén de
Roberto Juarróz. El final de la lectura de esta novela coincidió con la muerte del profe
Carlos, “el negro” López, que fue compañero de mi papá en la escuela y le enseñó a
mi hermano a tocar la guitarra. Recuerdo su sonrisa barbada a lo Dumbledore, el sabio
mago de Harry Potter. Sus palabras de aliento. Su voz tabacosa. Su elegancia. Tenía
con su hija y su mujer un conjunto, todo el mundo lo conoció, llamado La Brocha, con
el cual tocaban música por toda la ciudad. Hacía ya varios años que se habían
mudado a la costa y prácticamente hacían lo mismo que hacían acá, parafraseando
ese viejo koan zen que decía que donde vayas, la gente será como sos vos, porque lo
que hacían desde La Brocha, era dar amor. También hacerlo de manera impecable, sin
buscar el aplauso, ajenos a los reconocimientos, zorra posteridad. Me hubiese gustado
que Shirley los hubiese conocido cuando fuimos a Santa Teresita. A veces uno
compadrea, sobre todo en el mundo de las letras, de una presunta superioridad y eso,
si uno se pone a pensar un poco, se da cuenta que no sirve para nada. Hace un
tiempo me había fanatizado con la lectura de los escritos de Enrique Vila-Matas y
César Aira. Hay un video en el que se los ve juntos en una feria del libro, quietos,
esperando no sé qué, como si estuvieran obligados, tan distintos a su literatura, que lo
que me dijo don Marcelo Zabaloy me lo confirmó. La tristeza de todos los escritores
que se creen escritores y las cosas a veces no salen como uno quiere. Zabaloy, que
está reseñando los libros de Aira sin usar la letra A, me contó una historia algo
graciosa que le sucedió con Vila-Matas. Cuenta que leyó algunos libros que no
recuerda. Y que cuando salió el Ulises le mandaron a V-M desde el Cuenco del Plata
un ejemplar de cortesía (por DHL, una fortuna) y dos o tres e-mails que V-M jamás
contestó. A partir de eso Marcelo lo pasó de columna. A él no le importa, y a mí
menos, agregó. Es amigo de Eduardo Lago, a quien sí Marcelo conoce
personalmente. V-M y Lago formaron una de esas extravagancias de literulos, una
fraternidad llamada "Los caballeros de la Orden de Finnegan"; se reunían en Dublín
para Bloomsday y leían (y promocionaban) la traducción del capítulo ocho (amén del
Chavo) del Finnegans Wake que Lago venía traduciendo a razón de una página por
año, o algo así. Cuando apareció la traducción de Finnegans Wake de Marcelo
Zabaloy se acabó la orden de los caballeros. Cuando apareció el rap, el hip hop, el
trap, toda esa música del diablo, mi hermano, en pantufla, dijo una mañana que se
vaya todo al carajo y revoleó la guitarra por la ventana.


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