GENTE DE MI CIUDAD

Pina Messina



Entrevistas » 01/04/2026 07/04/2026

En la historia de muchas ciudades hay personas que, con esfuerzo y constancia, terminan convirtiéndose en verdaderos referentes de su oficio.

En la historia de muchas ciudades hay personas que, con esfuerzo y constancia, terminan convirtiéndose en verdaderos referentes de su oficio. Es el caso de Josefa Messina, conocida por todos como «Pina», una mujer cuya vida está marcada por el trabajo, la pasión y la superación.
Nacida en Italia y llegada a la Argentina cuando apenas tenía un año, Pina creció entre dos culturas y muy pronto tuvo que tomar decisiones importantes. Dejó los estudios secundarios para seguir su vocación y formarse en peluquería, un camino que con el tiempo la llevaría mucho más lejos de lo que imaginaba.
Con el correr de los años, su dedicación la convirtió en una destacada estilista de nuestra ciudad. Participó en numerosos cursos de perfeccionamiento y en campeonatos nacionales e internacionales, construyendo una trayectoria que combina talento, disciplina y amor por su profesión.
Hoy, a sus 74 años, Pina sigue trabajando con la misma energía de siempre en su local de la calle Monteagudo. En esta entrevista, repasamos sus recuerdos de una vida dedicada al arte de embellecer.

-Tus padres, Nicolás Messina y Carmen Pecora, atravesaron la guerra y decidieron venir a la Argentina junto a vos y tu hermana Ángela. ¿Cómo fueron esos primeros años?
-Mi papá consiguió trabajo en el puerto de Ushuaia y vivimos allí algunos años. Pero yo me enfermaba mucho por el clima, así que después lo trasladaron a Buenos Aires y nos instalamos en José León Suárez. Mi mamá trabajaba como costurera en casa y allí nació mi hermana menor, Mónica. Además, teníamos un pequeño mercado donde trabajábamos todos. Cuando éramos adolescentes casi no salíamos. Mi papá era muy celoso con sus hijas y pasábamos la mayor parte del tiempo ayudando en el negocio. De vez en cuando, un matrimonio amigo nos llevaba a bailar a algún club social, pero eran salidas muy contadas. También trabajé mucho en la construcción: junto con mi hermana ayudamos a mi papá a levantar la casa familiar. Después se hicieron unas habitaciones en la planta alta que más tarde se alquilaron. Fue así como conocí a mi marido, Juan Carlos Gross. Él había llegado desde Entre Ríos, con 20 años, para alquilar una de esas piezas. Yo tenía 17 cuando nos pusimos de novios y a mis 19 nos casamos. Un tiempo más tarde llegó su hermano que se casó con mi hermana. Me puse en un garaje la peluquería que me la habilitó mi papá porque yo era menor de edad. Ahorré dinero en una alcancía que le llamaba «Pascualito». Yo ahorraba esa plata, y con la de mi marido comíamos. Después de 12 años de casados, nació nuestro primer hijo, Elbio.
-¿Cómo llegaron a Varela?
-Mi marido había conseguido trabajo en Peugeot. Viajaba todos los días de José León Suárez a Berazategui. Con el dinero ahorrado, pudimos comprar un terreno en el barrio La Esmeralda, en Varela. Una casa de material con pieza, cocina y baño, en un barrio de calles de tierra. Nos mudamos cuando mi hijo tenía tres meses. Me puse allí nuevamente la peluquería y edificamos un poquito más y nació nuestro segundo hijo: Mariano. Gracias a una pensión que recibió mi madre porque mi padre había peleado en África, durante la guerra, más la indemnización que recibió mi esposo por el cierre de la Planta de Peugeot, pudimos comprar nuestra casa en Villa Vatteone. Con el tiempo ahorré en dólares y pude comprar unos locales que alquilo. Mis dos hijos se hicieron peluqueros. Atendían conmigo en mi casa. Hasta que Mariano un día me dijo «mami, no sabés lo que es Varela…» y me convenció para poner la peluquería en la calle Monteagudo, y hace 20 años que estamos ahí.
-¿Cómo te perfeccionaste?
-Cuando mi hijo más chico tenía diez años empecé a hacer cursos de peluquería para seguir aprendiendo. Era alrededor de 1985, cuando empezaban a ponerse de moda los reflejos y el brushing. Primero fui a capacitarme a Quilmes y desde allí me derivaron a Capital. Estuve formándome durante ocho años, hasta que un día me dijeron: «Pina, ya no tenés nada más que aprender acá». Después ingresé a la Unión de Peinadores Argentinos (UPA). Tuve que rendir un examen de ingreso y recuerdo que estaba muy nerviosa, pero logré entrar. Ese equipo es el único que puede representar al país en campeonatos mundiales de peluquería. Allí me destaqué mucho en los estudios; siempre era una de las mejores alumnas. Estudié 5 años y dos años de posgrado de maestra. A partir de entonces me enganché con los campeonatos, y desde ese momento hasta hoy sigo participando.
-Contame los comienzos de ese mundo que tanto te apasiona
-En 1997 fui campeona de Argentina. ¡No me lo esperaba! Volví a ganar el campeonato nacional en 2001 y 2002. En 2003 fui campeona de América. También viajé a Perú y a Chile a dar clases.
El primer viaje al exterior, fue como suplente para competir en Corea. Realicé un peinado que se hacía con los dedos y el secador, no se podía usar ni spray ni cepillo. Nos quemábamos los dedos, envolvíamos en los dedos el rulo. Recuerdo que le ponía a la modelo crema detrás de la oreja y sacaba de ahí para ponerle en las puntas, (risas) pequeños trucos. También competí en Perú, Alemania, Rusia, Las Vegas, Italia. En 2005 me retiré de las competencias. Luego hice el curso de jurado, y participé como jurado en el 2006 en Moscú, en el 2008 en Chicago y París.
-¡Excelente currículum! ¿Hay celos al competir entre compañeros?
-Cuando salí campeona de América tenía compañeras dentro del equipo que se pusieron celosas. Había una que me ganaba en Mar del Plata y en Bahía Blanca. Pero yo acá le ganaba a ella. ¡Eran tan grandes los celos que rompía el diploma y lo tiraba! Era buena cuando practicábamos, pero cuando competíamos, ¡nos sacábamos los ojos!
A partir de 2008 soy entrenadora del equipo de la escuela. Enseño allí ad honorem los lunes.

(Ver nota completa en la edición de papel)


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