Cuando la educación pública interpela a la gestión Watson



Edición Impresa » 01/08/2026 01/08/2026

Hay una escena que vale más que cualquier discurso oficial. En el barrio Luján, en la periferia de Florencio Varela, una estudiante llamada Yamila, madre, trabajadora, construyó con sus propias manos un mapa de su territorio.

Hay una escena que vale más que cualquier discurso oficial. En el barrio Luján, en la periferia de Florencio Varela, una estudiante llamada Yamila, madre, trabajadora, construyó con sus propias manos un mapa de su territorio. Lo pegó en el pizarrón de su escuela. Sobre cartulina celeste trazó las calles de tierra, el arroyo Las Piedras, los microbasurales que el camión recolector nunca visita, las bolsas negras acumuladas en las esquinas, el humo tóxico que sus vecinos respiran porque no les queda otra opción que quemar lo que el Estado municipal se niega a retirar. En el centro del mapa, con letra firme, escribió: «Afectando severamente la salud de los vecinos y el medio ambiente.»
Esa producción escolar es, a su manera, un documento político y como todo documento político incómodo, no aparecerá en las redes institucionales de la gestión de Andrés Watson.
Lo que el mapa muestra y la gestión oculta, lo expresa el trabajo de Yamila, que no es una excepción pintoresca. Es la evidencia sistemática de lo que ocurre cuando el Estado municipal retira su presencia de los territorios que menos rinden electoralmente. El barrio Luján lleva años sin recolección regular de residuos en varias de sus calles. Las familias cercanas al arroyo pierden pertenencias en época de tormentas. Los microbasurales se multiplican en la esquina de Diagonal Los Tilos y la Avenida Portela, en la calle Tero, en los bordes del campo. Organizaciones como TECHO documentan la emergencia habitacional crónica de la zona, mientras el municipio administra su imagen en plataformas digitales con la precisión de una agencia de comunicación privada.
El mapa de Yamila nombra lo que la gestión Watson y la Comisión de Ambiente y Desarrollo Sustentable del Concejo Deliberante prefieren no ver, zonas críticas, reclamos vecinales sin respuesta, quema de desechos como única salida ante la ausencia de un servicio básico, un abandono de planificación territorial y una zonificación ausente. La producción no vino de una ONG, ni de un medio de comunicación, ni de un partido opositor. Vino de una escuela pública que hace lo que debería hacer el Estado local, escuchar el territorio, procesar sus problemas y construir respuestas colectivas.
Paulo Freire escribió que «la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo.» Lo que ocurre en las aulas es exactamente eso, personas que la vida interrumpió, que el sistema expulsó, que Watson nunca visitó, construyendo herramientas de comprensión y de demanda ciudadana. La escuela secundaria de adultos no es el último recurso; en muchos territorios del conurbano bonaerense es la única institución del Estado que efectivamente permanece.
Adriana Puiggrós, una de las voces de la pedagogía latinoamericana, advirtió reiteradamente que «el abandono escolar no es un problema individual sino un síntoma de las condiciones materiales en que viven las familias.» Las familias del barrio Luján viven sin recolección de residuos, sin asfalto en varias arterias, sin transporte adecuado, con la institucionalidad del Estado local que los silenció, con un arroyo desbordante en épocas de lluvia. Que algunos de sus integrantes logren sostener la escolaridad en esas condiciones no es un mérito de la gestión de Watson. Es un acto de resistencia cotidiana frente a ella.
La gestión Watson ha construido con notable eficiencia una maquinaria de comunicación institucional. Las redes del municipio muestran inauguraciones, programas con nombres amigables, funcionarios sonrientes frente a obras, con sus opulentas vestimentas, siempre de traje o camperita y camisa celeste, altos relojes, lentes caros, mascotas importadas y vehículos como la JEEP, además de chofer y secretarios. Lo que no muestran es el barrio Luján, ni el arroyo, ni las bolsas negras que Yamila dibujó en su mapa, ni las familias que autogestionan sus soluciones habitacionales porque el Estado municipal llegó tarde, mal o nunca.
No es casual que producciones como ésta no circulen por los canales oficiales del distrito. La gestión Watson, como tantas otras gestiones municipales del conurbano, ha aprendido a administrar la visibilidad con el cuidado. Lo que no puede controlarse en las redes se silencia, lo que se silencia deja de existir para la agenda pública local. Pero el mapa de Yamila existe y la escuela pública que lo hizo posible también.

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