Por Federico Ahrtz.
Hay una escena que vale más que cualquier discurso oficial. En el barrio Luján, en la periferia de Florencio Varela, una estudiante llamada Yamila, madre, trabajadora, construyó con sus propias manos un mapa de su territorio.
Hay una escena que vale más que cualquier discurso oficial. En el barrio Luján, en la periferia de Florencio Varela, una estudiante llamada Yamila, madre, trabajadora, construyó con sus propias manos un mapa de su territorio. Lo pegó en el pizarrón de su escuela. Sobre cartulina celeste trazó las calles de tierra, el arroyo Las Piedras, los microbasurales que el camión recolector nunca visita, las bolsas negras acumuladas en las esquinas, el humo tóxico que sus vecinos respiran porque no les queda otra opción que quemar lo que el Estado municipal se niega a retirar. En el centro del mapa, con letra firme, escribió: «Afectando severamente la salud de los vecinos y el medio ambiente.»
Esa producción escolar es, a su manera, un documento político y como todo documento político incómodo, no aparecerá en las redes institucionales de la gestión de Andrés Watson.
Lo que el mapa muestra y la gestión oculta, lo expresa el trabajo de Yamila, que no es una excepción pintoresca. Es la evidencia sistemática de lo que ocurre cuando el Estado municipal retira su presencia de los territorios que menos rinden electoralmente. El barrio Luján lleva años sin recolección regular de residuos en varias de sus calles. Las familias cercanas al arroyo pierden pertenencias en época de tormentas. Los microbasurales se multiplican en la esquina de Diagonal Los Tilos y la Avenida Portela, en la calle Tero, en los bordes del campo. Organizaciones como TECHO documentan la emergencia habitacional crónica de la zona, mientras el municipio administra su imagen en plataformas digitales con la precisión de una agencia de comunicación privada.
El mapa de Yamila nombra lo que la gestión Watson y la Comisión de Ambiente y Desarrollo Sustentable del Concejo Deliberante prefieren no ver, zonas críticas, reclamos vecinales sin respuesta, quema de desechos como única salida ante la ausencia de un servicio básico, un abandono de planificación territorial y una zonificación ausente. La producción no vino de una ONG, ni de un medio de comunicación, ni de un partido opositor. Vino de una escuela pública que hace lo que debería hacer el Estado local, escuchar el territorio, procesar sus problemas y construir respuestas colectivas.
Paulo Freire escribió que «la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo.» Lo que ocurre en las aulas es exactamente eso, personas que la vida interrumpió, que el sistema expulsó, que Watson nunca visitó, construyendo herramientas de comprensión y de demanda ciudadana. La escuela secundaria de adultos no es el último recurso; en muchos territorios del conurbano bonaerense es la única institución del Estado que efectivamente permanece.
Adriana Puiggrós, una de las voces de la pedagogía latinoamericana, advirtió reiteradamente que «el abandono escolar no es un problema individual sino un síntoma de las condiciones materiales en que viven las familias.» Las familias del barrio Luján viven sin recolección de residuos, sin asfalto en varias arterias, sin transporte adecuado, con la institucionalidad del Estado local que los silenció, con un arroyo desbordante en épocas de lluvia. Que algunos de sus integrantes logren sostener la escolaridad en esas condiciones no es un mérito de la gestión de Watson. Es un acto de resistencia cotidiana frente a ella.
La gestión Watson ha construido con notable eficiencia una maquinaria de comunicación institucional. Las redes del municipio muestran inauguraciones, programas con nombres amigables, funcionarios sonrientes frente a obras, con sus opulentas vestimentas, siempre de traje o camperita y camisa celeste, altos relojes, lentes caros, mascotas importadas y vehículos como la JEEP, además de chofer y secretarios. Lo que no muestran es el barrio Luján, ni el arroyo, ni las bolsas negras que Yamila dibujó en su mapa, ni las familias que autogestionan sus soluciones habitacionales porque el Estado municipal llegó tarde, mal o nunca.
No es casual que producciones como ésta no circulen por los canales oficiales del distrito. La gestión Watson, como tantas otras gestiones municipales del conurbano, ha aprendido a administrar la visibilidad con el cuidado. Lo que no puede controlarse en las redes se silencia, lo que se silencia deja de existir para la agenda pública local. Pero el mapa de Yamila existe y la escuela pública que lo hizo posible también.
Este Florencio Varela que no miramos, que no sale en las publicaciones institucionales de la gestión, es el Florencio Varela que madruga para llevar a los chicos a la escuela, continúa su trabajo y vuelve de noche para estudiar. El que espera el camión de la basura que nunca llega. El que construye su vivienda con lo que tiene porque la lista de espera municipal no avanza. El que no tiene cómo llegar al centro de salud porque el transporte no llega a su barrio. El que sobrevive, organiza, reclama y produce conocimiento en el aula, aunque nadie lo fotografíe.
Rodolfo Kusch escribió «la cultura popular no es un residuo del pasado sino una forma de estar en el mundo que el sistema dominante prefiere no ver.»
Lo que sucede en las aulas de la periferia de Florencio Varela es esa forma de estar, digna, productiva, radicalmente alejada del show institucional que la gestión municipal ofrece como sustituto de la política real.
La escuela de Yamila no tiene nombre en las redes de Watson. Tiene, en cambio, un mapa pegado en el pizarrón que dice más sobre el distrito que cualquier spot de campaña. Tiene estudiantes adultas que, entre el trabajo, la crianza y las urgencias cotidianas, encontraron en el aula el espacio para nombrar lo que les pasa y pensar cómo cambiarlo. Eso es educación pública. Eso es lo que la gestión Watson no financia, no visita, no fotografía y, cuando puede, ignora.
Hay un costo político del abandono y es por eso que las gestiones que administran la necesidad sin transformarla suelen durar, a pesar de muchos varelenses que vieron crecer en producción y trabajo este distrito. Watson lleva años en este y otros cargos municipales y eso, en la política argentina, es un «mérito» en sí mismo. Pero las gestiones que abandonan territorios también dejan marcas que no se borran con likes ni con inauguraciones. El barrio Luján tiene memoria. La escuela tiene registro. El mapa de Yamila es un documento que quedará mucho después de que esta gestión termine.
Cuando el Estado local abandona el territorio, la escuela pública lo sustituye como espacio de construcción ciudadana. Es un elogio para la escuela. Es una condena para la gestión y es una interpelación a la que ninguna estrategia de comunicación digital puede responder con un reel bien editado.
El mapa de Yamila sigue pegado al pizarrón. El arroyo Las Piedras sigue desbordando. Los microbasurales siguen ahí y la gestión de Watson sigue mirando para otro lado. Hasta que no pueda o hasta que los ciudadanos hagan el POGO más grande del mundo…