Por Federico Quinteiros
Cuando estoy quieto no puedo pensar ni actuar, sino repetir, pero para repetir hay que recordar, y de un tiempo a esta parte, en épocas de exámenes y multitareas realizadas para no terminar realizando ninguna, la memoria empieza a fallar...
Cuando estoy quieto no puedo pensar ni actuar, sino repetir, pero para repetir hay que recordar, y de un tiempo a esta parte, en épocas de exámenes y multitareas realizadas para no terminar realizando ninguna, la memoria empieza a fallar. Les pido perdón a los lectores de mi querido diario, realmente estuve escribiendo poco, leyendo poco, como que el mundial me dejó secuelas. Entonces empezamos a salir a caminar y llegamos a la conclusión de que los mejores pensamientos se nos ocurren cuando vamos caminando, como por ejemplo esa idea de si vivimos en el mejor o en el peor de los mundos posibles, cómo serán los otros, de Voltaire en El cándido, cuando hizo ese libro para hablar mal de Leibniz y su pensamiento tan optimista y no hizo más que elevar su idea. Ideas que brotan por todas partes cuando se lee a Jiddu Krishnamurti, un tipo al que le creo todo lo que en esos libros que llevan su firma dice, un maestro que no deja tomar nada en serio a sus educandos. Libros que leo de a poco, como si me quisieran decir algo que no entiendo, tiro dos o tres frases al azar para pensarlo un poco: Una mente llena de conclusiones es una mente muerta, no una mente viva. Una mente viva es una mente libre, que aprende y nunca llega a conclusiones. Donde hay división, jerarquía, dependencia y búsqueda de control, no puede haber amor. El amor no es una emoción, es una acción constante. Tiene algo del famoso libro del Kybalión, ese libro de revelaciones del que no se sabe quiénes fueron esos tres iniciados que lo escribieron, pero arrojaron al mundo siete leyes y desaparecieron. Lo mismo podría decirse de Byung Chul Han, el filósofo surcoreano que mintió a sus padres diciéndoles que iba a trabajar en la industria metalúrgica y se fue a estudiar a Alemania, cuya perfección como diagnosticador del presente muchas veces estremece. Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando. Al mundo no le gusta el silencio. El silencio no produce. Frases algo molestas, medio duchampianas, como las que no entendieron de Byung Chul Han cuando dijo: más siesta y más fiesta, frases propicias al juego y un poco a la tomadura de pelo. Son gente que se divierte, de la cual rescataría algo que tienen en común: no tomarse en serio. Todas estas literaturas para personas sentimentales tienen en común el humor intrínseco que pocas veces se ve, lo cómico en lo trágico. Es como si se estuvieran riendo de las cosas que escriben, porque han dado en el clavo. A veces es eso de lo que se trata es de eso, de dar en el clavo. Y santo remedio. Se aprobó el examen, se logró la carrera, se llegó a la cumbre eclesiástica, se obtuvo reconocimiento, dinero. Por más que nos hayamos copiado o hayamos usado la bendita inteligencia artificial. Y todavía nos permitimos el tupé de decir que el crimen no paga. No recomiendo leer al Marqués de Sade, que tiene esta frase que podría estremecer a más de un alma sensible: Cruel es la naturaleza. ¿Por qué habríamos de ser nosotros compasivos? Si ella nos da el ejemplo a través de las destrucciones que perpetra a diario, ¿por qué nosotros [...] no habríamos de imitarla? Bueno, paro acá porque sino sigo.